COMPORTAMIENTO CULTURAL

¿Por qué los millennials quieren vivir viajando?

por Victor Laurencena

¿Es una moda o una verdadera transformación cultural? Cuáles son las expectativas y necesidades de una generación que no entiende de fronteras ni piensa a largo plazo.

Los millennials vinieron a cambiarlo todo. Si para las generaciones anteriores “hacer carrera” en una misma empresa era sinónimo de ser exitoso, los jóvenes de hoy sienten que eso es “estancarse”. Si antes, el sueldo era el factor más importante, hoy se prioriza la libertad y la flexibilidad.

El derrotero esposa->casa->auto->hijos ya fue, porque los pilares de la sociedad tradicional fueron dinamitados: las familias son modelos para ensamblar; adquirir bienes de consumo es como acumular lastre; y tener un título universitario está muy lejos de garantizar el ascenso social, ya que ni siquiera sirve para conseguir trabajo… Pero eso no significa que hayan dejado de haber imperativos sociales, sino que fueron mutando por otros. Y uno de las mayores imposiciones de esta época es el “viaje” como experiencia transformadora. Y eso es una de las tantas cosas que las generaciones anteriores no pueden entender…

Viajar no es “turismo”

Es difícil imaginar que un señor feudal del siglo XIII haya estado dispuesto a dejar su castillo para a descansar unos días a los alpes italianos. Dinero, claro está, no le faltaba. Pero antes, no sólo no había hoteles cinco estrellas: los caminos estaban repletos de bandidos y enemigos y no se dejaba la seguridad de las ciudades y fortalezas salvo en situaciones de verdadera necesidad. La inmensa mayoría de las personas pasaba toda su vida atada a unos pocos kilómetros cuadrados, presos de sus cosechas y animales de granja, y sólo conocían las tierras lejanas a través de historias fantásticas que se contaban a la luz de una fogata.

Pero incluso volvamos más atrás. En la Grecia antigua, solo se viajaba para participar de los Juegos Olímpicos (que se celebraban en la ciudad de Olimpia), y por motivos religiosos. Y los romanos ricos solo vacacionaron en tiempos de relativa paz y prosperidad para el Imperio, siendo las termas sus destinos favoritos.

Pero luego, la conflictiva Edad Media cerró el mundo a sus habitantes. Los únicos viajes eran por motivos militares, comerciales y religiosos (como las peregrinaciones).

Recién en el siglo XVI, los jóvenes de la aristocracia inglesa comenzaron con una tradición que se llamó el “Grand Tour” (de ahí viene la palabra el turismo y toda su familia). Consistía en un viaje de entre 3 y 5 años que hacían por distintos países europeos luego de finalizar sus estudios, con el objetivo de formarse para gobernar el imperio británico.

Sin embargo, el turismo propiamente dicho recién aparecerá 300 años después, a fines del siglo XIX y principios del XX, acompañando a la revolución industrial, la aparición de la burguesía y las transformaciones del transporte y las comunicaciones.

Hoy, el turismo es la mayor fuente de ingresos del mundo, y los millenials le sacan el jugo. Hoy hay más vuelos que nunca y el inglés es una llave que abre puertas en casi cualquier parte del mundo.

Pero hay un actor clave cuyo impacto no puede ser menospreciado: internet. Si bien ahora la damos por sentada, la web permite cosas que eran inimaginables hasta su aparición. Como consultar trámites, conocer los lugares antes de visitarlos, estar en contacto con nuestros seres queridos, viajar más barato (gracias a Couchsurfing, Airbnb, Bla Bla Car, y decenas de otras plataformas), trabajar a distancia, y conocer la experiencia de otros viajeros, entre infinidad de posibilidades.

Pero así como da, luego exige. Nada es gratis en la vida. “Internet lleva la cultura de viajes al extremo. Si no estás publicando sobre viajes, apenas nadie sabe que has viajado; si no has viajado, obviamente no puedes publicarlo en sus redes sociales. La idea de que cualquiera de esas cosas me pase me hace sentir como si estuviera dejando pasar el mayor tren de mi generación”, dice Rachel en una nota que ella misma escribió en la plataforma Medium.

Tras visitar varios hostels de distintas partes del mundo, uno descubre que, salvo contadas excepciones, las personas que deciden salir a recorrer el mundo son jóvenes profesionales; y los que no, no dejan de venir de familias “acomodadas”, donde tanta seguridad empieza incomodar. Y si bien muchos viajan gastando apenas cinco dólares por día, haciendo dedo y durmiendo en cualquier lado, no dejan de llevar la tarjeta gold de mamá para casos de emergencia.

Pero si algo tiene en común la generación millenial a la hora de viajar, es que no tiene rutas preestablecidas, que el viaje no son vacaciones sino un estilo de vida y que no hace falta ser millonario para recorrer el mundo entero.

De Córdoba al mundo

“Estudié administración de hoteles en Córdoba y con el tiempo empecé a escalar de hotel en hotel con hambre de ‘ser alguien’”, recuerda Benjamín Arregui y agrega: “El tiempo pasaba y tenía todo lo que un joven de 20 y pico de años necesita para ser feliz, como vivir solo, buen trabajo, y todos los gustos que uno quisiera”. Pero eso a él, al igual que tantos y a diferencia de lo que pasaba en generaciones anteriores, no le alcanzó.

Benjamín Arregui, su mochila y la ruta (Facebook)

“Sentía que la vida estable de la que todos hablaban (y la que yo me repetía para convencerme) cumplía el efecto contrario al hacerme sentir más inestable que nunca”, dice. Por eso, aplicó a la visa Working Holiday (de trabajo y vacaciones) para Nueva Zelanda y “dejé mi novia, trabajo, familia y me fui sin saber qué iba a hacer ni qué sería de mí. Pero me fui más feliz que nunca”. Era el 2011 y Benjamín tenía 26 años.

A los dos años se dio cuenta de que quería seguir viajando y se fue a Asia por 6 meses. Ese es un itinerario bastante frecuente: juntar dólares en Oceanía para gastarlos en Asia, donde los precios son varias veces más bajos. “La experiencia fue impresionante, en especial India y sus lecciones de vida, lo que me marcó para siempre. Era posible vivir con tan poco y aún ser feliz, un concepto que no tenía registrado del todo“, cuenta. Luego llegó el turno de Australia. Allí conoció a su novia y juntos recorrieron el país en una camioneta. “Hasta llegamos a trabajar en Melbourne durmiendo por 3 meses en nuestra van sin ser descubiertos por la policía [en Australia es ilegal dormir en un vehículo y gastando unos 5 dólares por semana entre los dos, en total”.

Luego llegó el turno de Japón: “Estaba en uno de los países más caros del mundo gastando no más de 5 dólares por día. Hasta salí en uno de los programas de TV más conocido de Japón, al seguirme dos días mientras me movía con el pulgar”. Luego el cruce de los Himalayas y la meseta tibetana en invierno; Mongolia y Rusia; de ahí a vivir casi un año en Dinamarca. Allí, probó hacer un viaje en bicicleta por todo el país durante un mes y también cuidó una casa (house sitting), otra manera de viajar sin gastar en alojamiento.

“Después se me ocurrió hacer un viaje totalmente a dedo y carpa por Europa. Empecé en Dinamarca, y a medida que el invierno se me acercaba empecé a amasar la idea de trabajar como voluntario a cambio de techo y comida durante el invierno, momento crítico para acampar y para hacer dedo. Con esta nueva idea, ya no había más dudas que mi viajar no tenía límites”. Fue voluntario en Transilvania, Rumania, ayudando a restaurar una casa de 500 años en una aldea perdida en el bosque. Ayudó en la creación de Liberland, una micronación entre Croacia y Serbia, manejando las lanchas (sin previa experiencia) por el río Danubio esquivando a las patrullas croatas que se oponen a la idea de que ese país vea la luz. Por esos tres meses en los círculos íntimos de Liberland le dieron la ciudadanía y hasta unos metros cuadrados.

“Vengo de un entorno donde el viajar es algo que se hace dos o tres semanas por año y demanda ahorrar todo el año. Hoy hace 7 años que decidí dejar la Argentina y convertir el viajar en un estilo de vida. Me cuesta verme de otra manera y planear mi futuro a largo plazo, algo que me estresa de a ratos, pero que al mismo tiempo me dice que estoy viviendo mi sueño, algo que hago con pasión”, concluye Benjamín quien deja plasmadas cada una de sus aventuras en su blog Mochilas Peregrinas

De acá a la China

El caso de Joel Mainero es distinto, pero a la vez similar. Él unió Inglaterra y China, todo gracias a su poderoso pulgar. “Todo empezó un año antes de terminar la carrera”, cuenta.

En 2014 se recibió, renunció a su trabajo y se fue de viaje.

¿Hay un momento de la vida ideal para viajar?

En realidad no; es cuando uno quiere, siente y puede. Esas frases que te dicen “aprovecha ahora que después no vas a poder”… las detesto, porque es mentira. Yo creo que usualmente la gente de más de 30 lo dicen como para justificar que ellos no lo hacen. Como ya tienen familia o un trabajo estable o ya son grandes, creo que es una forma de autojustificarse de por qué no lo hacen. Pero conocí gente de 60 años viajando, gente de todas las edades. De hecho, creo que viajar a los 18, apenas terminás el secundario, te puede ayudar a abrir la cabeza y a elegir una carrera. A mí nunca se me ocurrió porque crecí en un ambiente que no es común terminar el secundario e irte. En otros países sí se hace y me parece muy saludable. muchas veces a los 18 no sabés lo que querés.

La idea estaba clara: irse; pero no tenía muchas más certezas. “Al principio no había considerado lo de hacer dedo, nunca se me había ocurrido. Y después entrando a páginas de viajes, blogs de distintos viajeros, cuando buscaba distintos destinos empecé a leer cómo viajaban otras personas, me parecía que podía ser una buena oportunidad.

¿Por qué?

Para hacer algo más que ver paisajes, arquitectura y todo lo que cualquiera puede hacer de manera sencilla y simplemente yendo al lugar. Me pareció que era una buena forma de mezclarme con la gente local, aprender, escucharlos, hablar con ellos, preguntarles cosas, me pareció que le daba un toque distinto y mucha más adrenalina, aventura y me dije: ‘si lo hacen ellos, ¿por qué no yo?’ No necesitás ningún talento específico, ningún don, para simplemente ir a una ruta, levantar un dedo y esperar. Es más mérito de la gente que por suerte todavía existe gente que confía y está dispuesta a ayudar.

¿Y siempre el plan fue llegar a China?

Siempre el fin era China por tierra. Empezar en Europa porque era verano y quería ver los países nórdicos, donde en invierno no se puede acampar.

Joel Mainero, camino a su destino: China. (Facebook)

¿Nunca sentiste miedo?

Sí, cuando empecé a hacer dedo, porque pareciera que es una pavada y que si bien cualquier lo puede hacer, tenía los miedos lógicos que cualquier persona puede tener. Que si me van a parar, si me va a pasar algo, no quiero aparentar como que soy re canchero. Porque estaba re cagado al principio. De hecho, en Inglaterra esperé a Agustín,un amigo, para empezar a hacer dedo juntos.

¿Y qué pasó?

No fue fácil, al principio era por no gastar mucha plata porque sabía que iba a ser un viaje largo, de hecho viajé con un presupuesto de 5 dólares por día. Pero una vez que empezás es como una adicción, le agarrás el gustito y está bueno. Yo lo disfrute.

¿Por qué decidiste viajar?

La motivación era ver el mundo a través de una experiencia personas, sin que nadie me lo cuente. Y ver hasta donde uno es capaz de llegar, hasta donde uno es capaz de aguantar y aprender lo máximo posible. No solo de otra gente, otras culturas, de otros puntos de vista o modos de ver la vida, sino también aprender sobre uno mismo.