25 de Mayo de 1810

Crónica de una patria que nació de noche

por Eduardo Diana

Una reconstrucción -minuto a minuto- a través de archivos e investigaciones históricas. Traiciones, alianzas y secretos de una jornada que cambió la historia argentina para siempre. 

“Sí, juro”, dijeron con voz firme los nueve hombres. Las dos palabras llenaron el salón central del segundo piso del Cabildo. Unos instantes antes, cada uno de ellos había apoyado una mano sobre el hombro de quien tenía a su lado. Y así, entrelazados y arrodillados ante los Santos Evangelios, los nueve hombres y su juramento terminaron con cuatro días agitados, inciertos, cargados de tensión. En ese histórico acto, esos mismos hombres también habían dicho basta para siempre a la sumisión ante la Corona española.

Mientras tanto, frente al Cabildo, en la Plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo), el pueblo soportaba la lluvia. Hacía muchas horas que estaban allí, entre el barro. Habían llegado a la mañana para exigir la renuncia definitiva del virrey Cisneros y formar una nueva junta de gobierno de criollos y patriotas. El clima político en la aldea colonial de Buenos Aires aquel histórico viernes 25 de mayo de 1810 había llegado a su punto máximo de ebullición.

Las ilustraciones de la plaza del 25 de mayo con los patriotas cubriéndose de la lluvia con sus paraguas, según la mayoría de los historiadores, responde a un mito.

Por la razón o la fuerza

Apenas tres días antes, el 22 de mayo, se había celebrado el Cabildo Abierto en el que se votó que el virrey Cisneros fuera destituido y que se eligiera una Junta para que gobernara en nombre del rey Fernando VII, quien había sido tomado prisionero por Napoleón. El Cabildo, con mayoría de españoles, traicionó la voluntad popular, ya que si bien designó una nueva Junta, ubicó justamente a Cisneros como presidente.

Los días que siguieron fueron de una gran tensión en Buenos Aires y el 24 de mayo los miembros de la flamante Junta debieron renunciar. Habían jurado a las tres de la tarde del 24 y seis horas después, frente a la presión de los criollos, se vieron obligados a dimitir.

El 25 de mayo todo empezó en la madrugada, con acaloradas conversaciones entre los patriotas que buscaban un cambio político. “En el amanecer del agitado viernes 25 de mayo de 1810, la reunión en la casa de Rodríguez Peña transcurría sin resultados. Manuel Belgrano, exhausto por la agotadora vigilia de esos días, ingresó en la sala donde se debatía acaloradamente. Con la mano sobre la espada, exclamó que si a las tres de la tarde de ese día el virrey no abdicaba, él se encargaría de derribarlo con las armas”, cuenta el historiador Roberto Elissalde en su libro Diario de Buenos Aires 1810.

Las ilustraciones de la plaza del 25 de mayo con los patriotas cubriéndose de la lluvia con sus paraguas, según la mayoría de los historiadores, responde a un mito. El investigador Alejandro Fensore indica que “el paraguas era un objeto caro y de lujo en estas pobres colonias, pues eran importados de Inglaterra, y solo una tienda los vendía en el viejo Buenos Aires. Solo los ricos accedían a comprarlos”.

Domingo French y Antonio Beruti, quienes dirigían la milicia civil Legión Infernal, lideraban y movilizaban a los criollos en la plaza. Y fueron quienes franquearon el acceso de mucha gente al Cabildo para que presionara por la renuncia de Cisneros. “French y Beruti fueron los agitadores de aquella jornada. Su tarea consistió en reclutar gente de los arrabales y movilizarla a la plaza y sus adyacencias. Una de las principales tareas fue interceptar a los cabildantes de conocida posición realista para evitar que llegaran hasta el Cabildo, incluso se cree que hubo agresiones y secuestros. Ya en la plaza, este grupo actuó para generar un clima de revolución, mediante la propalación de consignas y el reparto de símbolos identificatorios. El objetivo era generar un clima de agitación que llegara hasta los oídos de aquellos que se encontraban dentro del Cabildo”, explica Pablo Camogli, autor del libro Contame una historia.

La jura de los nuevos gobernantes no se hizo enseguida. Según los testimonios dejados por Juan Manuel Beruti, se concretó minutos antes de las nueve de la noche en el salón central del segundo piso del Cabildo. Allí

El historiador Bartolomé Mitre había afirmado que “los infernales” repartían escarapelas celestes y blancas entre quienes estaban en la plaza, sin embargo varios historiadores posteriores ponen en duda que esos hayan sido los colores de los distintivos. “No repartieron cintas blancas y celestes, como se creía, sino cintas blancas y rojas, según recuerdan algunos de los que dejaron sus memorias por escrito”, señala el investigador Martín Cagliani. Por su parte, Fensore indica que “Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López fueron los primeros historiadores que afirmaron que French y Beruti repartieron cintas celestes y blancas. Sin embargo, Mitre reconoció que no se valió de documentos para tamaña afirmación, sino de la endeble tradición oral, lo mismo que López. Lo cierto es que las cintas fueron presumiblemente blancas y rojas: con estos colores se quería significar la unión existente entre americanos y europeos. Según otra postura, el color blanco representaba la paz y el roja la guerra: de esta manera, la gente elegía su opción”.

En Memorias curiosas, Juan Manuel Beruti, hermano de Antonio, señaló que los revolucionarios llevaban una “cinta blanca, señal de la unión que reinaba, y en el sombrero, una escarapela encarnada y un ramo de olivo por penacho”. En Diarios de varios sucesos, de autor anónimo, consta que “el día 25 las cintas blancas y los olivos (símbolos de paz) fueron sustituidos por cintas rojas (símbolos de guerra)”.

En la cuenta regresiva

Los partidarios de Cisneros se habían reunido temprano en el Cabildo. Y alrededor de las nueve y media de la mañana decidieron no aceptar la renuncia de los miembros de la junta y subieron la apuesta: si era necesario, usarían la fuerza para mantener a las autoridades elegidas el 23 de mayo. El realista Julián de Leiba se oponía tajantemente a las pretensiones de los revolucionarios. Su posición se basaba en un error: creía que el ejército apoyaba al virrey y que iba a avanzar contra el pueblo.

En la plaza, pese al frío de la mañana, los ánimos estaban cada vez más caldeados. Alrededor de las diez y media, encabezados por French, Beruti y Vicente López y Planes, un grupo de patriotas entró en el Cabildo y llegó hasta la sala donde estaban reunidos los partidarios del virrey. Los patriotas argumentaron que el pueblo estaba muy enojado y que había que anular con urgencia la Junta que se había elegido el 23 de mayo. Leiva abrió la puerta del salón al escuchar a los criollos gritando por los pasillos. “¿Qué es lo que ustedes quieren?”, los encaró. “La deposición inmediata de Cisneros”, le contestaron los criollos, según documentos de testigos.

Los patriotas argumentaron que el pueblo estaba muy enojado y que había que anular con urgencia la Junta que se había elegido el 23 de mayo.

Los cabildantes lograron calmar a los revolucionarios y los convencieron de que volviesen a la plaza a la espera de novedades. En realidad, solo querían ganar tiempo para contener al pueblo mediante la fuerza militar. Sin embargo, a los pocos minutos se enteraron de que no tenían el apoyo del ejército.

Al rato, la gente volvió a golpear las puertas del Cabildo. Y esta vez lo hizo con fuertes exigencias y amenazas. Algunos gritaban el célebre “el pueblo quiere saber de qué se trata”, en alusión a lo que se estaba tramando en el segundo piso del Cabildo. Cada vez había más personas en las galerías y por todos los rincones del edificio. Leiva le dijo a los cabildantes: “No hay más remedio que consentir”.

Ante este panorama, el Cabildo cambió su postura y le pidió la renuncia a Cisneros, quien no tuvo más remedio que acceder. Apenas se conoció esa ansiada noticia, los delegados de los revolucionarios volvieron a irrumpir en el Cabildo y dijeron que no se conformaban con la renuncia de Cisneros, que el pueblo debía asumir el gobierno. Pero los miembros del Cabildo pusieron otra traba y pidieron que esa petición fuera presentada por escrito. En poco tiempo, los patriotas estamparon unas 400 firmas. Junto a la firma y aclaración de French y Beruti, cada uno de los firmantes había agregado “por mí y por seiscientos más”.

A las 15.30 Leiva recibió la petición pero puso un nuevo obstáculo, que sería el último. Pidió que el pueblo se reuniera en la plaza para ratificar la lista de los nueve hombres postulados para integrar el nuevo gobierno. Era una jugada astuta. Mucha gente ya se había ido de la plaza debido al mal clima y otros permanecían bajo los aleros de la recova y los techos de la actual calle Defensa refugiándose de la lluvia.

Saavedra habló desde el balcón del Cabildo a los criollos que quedaban en la plaza y les pidió que mantuvieran el orden, la unión y la fraternidad.

A las cuatro de la tarde, Leiva salió al balcón con un grupo de patriotas. Cuando miraron hacia la plaza, el líder realista formuló la pregunta que tenía preparada: “¿Dónde está el pueblo?”. En la plaza había poca gente. Beruti le dijo que el pueblo estaba armado en los cuarteles, esperando para ir hasta la plaza, en cuyo caso “sufriría la ciudad lo que hasta entonces se había procurado evitar”. Leiva se vio obligado a ceder. “Esa fue, curiosamente, la última resistencia del poder real en Buenos Aires”, apunta Camogli.

Nueve nombres, una idea

A las cuatro y media de la tarde, Martín Rodríguez leyó desde el balcón los nombres del nuevo gobierno, la Primera Junta, que quedaba a cargo de la autoridad del virreinato. “Sin duda que los grandes protagonistas del 25 de mayo fueron French y Beruti, ya que aseguraron el clima de revolución indispensable para torcerle el brazo al virrey. También fue importante el papel de Cornelio Saavedra, sobre todo porque se negó a reprimir a los manifestantes y aseguró que sus tropas no estaban en condiciones de sostener al virrey, lo que era lo mismo que decirle que se vaya. Otra figura importante fue Juan José Castelli, uno de los encargados de articular la conformación definitiva de la junta”, afirma Camogli.

La jura de los nuevos gobernantes no se hizo enseguida. La espera fue bastante larga. Según los testimonios dejados por Juan Manuel Beruti, se concretó minutos antes de las nueve de la noche en el salón central del segundo piso del Cabildo. Allí, los nueve hombres juraron desempeñar lealmente su cargo y conservar esta parte de América para el rey español Fernando VII, aunque el verdadero propósito –según la mayoría de los historiadores- era independizarse de España.

A los pocos minutos, Saavedra habló desde el balcón del Cabildo a los criollos que quedaban en la plaza y les pidió que mantuvieran el orden, la unión y la fraternidad. Después atravesó la plaza y se trasladó hasta el Fuerte, entre salvas de artillería y toques de campana. Caía el Virreinato español y nacía el primer gobierno patrio. En la plaza seguía lloviendo, pero el Sol del 25 venía asomando