Luis Puga: “Es impresionante ver la fuerza que tenemos dentro y no conocemos”

por Silvia Brandariz

En una charla altamente inspiracional, Luis, piloto excombatiente de Malvinas, cuenta en detalle su hazaña y reflexiona acerca de las claves que lo mantuvieron vivo.

El comodoro retirado Luis Puga piloto de la Fuerza Aérea, veterano de Guerra de Malvinas, cuenta como sobrevivió en el mar helado tras eyectarse de un Mirage M5 Dagger, al ser derribado por aviones británicos el 24 de mayo de 1982.

“Toda la formación que me dio la Fuerza Aerea sirvió para defender a la patria“, se sincera el piloto. “Cuando yo ingresé a la fuerza pensé en volar y me preparé siempre para que la guerra no viniera“.

“Cometí una locura. Mi esposa me acompañó al aeroparque antes de volar al Sur y en ese entonces mi hijo Rodrigo tenía 6 años. Yo le dije sos el varón que queda en la casa. ¡Qué locura y qué mochila le dejé!”, reflexiona.

Pero esa expresión se dio vuelta y reconoce que “esa mochila la cargué durante todo el tiempo que duró el conflicto. Era el 3 de abril y rápidamente me absorvió la guerra. Había gente que decía que los ingleses venían a tomar el té pero yo sabía que eran jóvenes soldados, eran profesionales de la guerra. Por lo tanto, iba a haber guerra”.

Llegó el 1 de mayo, día del Trabajador, y la Fuerza Aérea trabajó y tuvo su bautismo de fuego. Ese día a las 4.40 de la mañana bombardearon la pista de Puerto Argentino para sacarla de combate.

Pero no lo lograron. De 8 bombas que tiraron, una hizo un cráter en la pista, que se recuperó rápidamente y la pista de Puerto Argentino estuvo operativa durante los 75 días de la guerra. Y no sólo eso, sino que ese día hubo una fuerte baja de aviones, hundieron dos fragatas, dos aviones de combate, helicópteros y así “rechazamos la invasión inglesa”.

Luis remarca que, “con la bravía de estos soldados argentinos que pusieron todo lo que tenían, con aviones atados con alambres demostramos que cuando uno se propone algo lo puede hacer“.

Inglaterra tuvo que replegarse, pedirle apoyo a Estados Unidos, quienes los equiparon logísticamente, le dieron aviones nuevos, misiles y volvieron a la tercer invasión inglesa un 21 de mayo.

“Ese día me tocó, como integrante de la Fuerza Aérea, conjuntamente con la Armada y el Ejército con quienes todos juntos peleamos, tratar que, con la superioridad aérea, impedir que atacaran la pista de Malvinas para seguir operando. Es así que salimos en oleadas de 30 aviones de 5 bases del continente y el tema es que teníamos que coordinar todos para llegar todos juntos y no chocarnos entre nosotros.

Era una operación de cirugía y se trataba de llegar, atacar los distintos blancos y replegarnos. Sabíamos que teníamos superioridad aérea porque ellos tenían sólo 8 Harriet. Nosotros teníamos 30 aviones y allí salió esa famosa frase entre jocosa y triste de: “Pasará, pasará pero el último quedará”, porque en efecto, al último siempre se la daban.

“Ese día hundimos la fragata HMS Ardent, me tocó participar del hundimiento de la Fragata HMS Brillant y perdimos tres aviones de mi escuadrilla, aunque a los pilotos los encontramos vivos”, recuerda.

Los ingleses, muy buenos profesionales, habían pensado este ataque para consolidar lo que el 1 de mayo no pudieron. Mal tiempo por tres días en Malvinas. 22 y 23 de mayo pésimo el tiempo, no pudimos operar. Consolidaron la cabeza de playa y el 24 volvimos.

“Con 20 o 30 aviones, en la guerra el silencio es central, no se puede hablar. Allí alguien rompió el silencio y dijo: Apurese. Yo miré la virgencita de Loreto que me acompañaba y le dije: hoy te voy a necesitar”.

“A dos minutos del ataque literalmente explotó en el aire mi numeral, Castillo. Instantes después explotó mi avión. Un misil lo partió en dos. Y por ese preaviso que tuve, pude saltar accionando el asiento eyectable. Qué sentí? Miedo, terror. Al instante siguiente se abrió el paracaídas y sin solución de continuidad ví que rebotaba en el agua. Habré estado a 6 metros de altura, el avión se estaba invirtiendo y salí lateralmente” explica Puga.

“Primer milagro fue salir vivo, pero el segundo milagro es que pude salir. Y el tercero, impactar en el agua. Flotó el paracaídas, floté yo y todo empezaba de nuevo. ¿Cuántos segundos quedaban? No lo sé”.

Continúa explicando que “veía que flotaba el velamen y flotaba yo y no me podía sacar las cuerdas del paracaídas porque estaba totalmente enredado en ellas. Tuve que desatar de una en una con una paciencia que no era mía. Hasta que recordé que llevamos un cuchillo de superviviencia en el tobillo, pero en seguida noté que el cuchillo había volado… ya no lo tenía”.

“Así que seguí cuerda por cuerda, hasta que en un momento veo el velamen en una ola, más arriba que yo. Dije este es el final, ahora me tapa el velamen y me entregué a Dios, deseando que cuide a mi esposa y los chicos”, se emociona Luis.

“En eso veo que el velamen sube, yo subo, el velamen baja, yo bajo. Claro, en la costa las olas rompen, pero en altamar son ondas, ¡Callate y seguí peleando!”

Cuenta que “quedé enredado con la última cuerda del paracaídas y entonces recordé que llevamos también un bote en el asiento. Lo desconecté y pude desenredarme y el paracaídas se fue al fondo. Pero atrás de él me fui yo, por lo que tuve que dejar ir el bote con el paracaídas y así salir a flote”.

“Había caído a 8 km de Islas Malvinas, pero no veía nada, ni Africa, ni las islas, nada. Pero algo había que hacer. En ese momento, me quedé sin aire y llegó otro milagro. Me quedé sin aire porque recordé que el equipo de emergencia de eyección tenemos un tanque de aire de 10 minutos, que se agotaron en la caída. Me saqué la máscara y sentí ahí el frío de 4 grados que hacía en Malvinas”.

Bueno, “sabía que la Fuerza Aérea nos estaba buscando, siempre nos busca. Yo pensé que venían por mí y eso me dio fuerza para empezar a nadar, a pensar cuán lejos estaba la costa. Al principio no veía nada pero empecé a nadar hacia el sur. Me orienté porque sabía que la oleada de ataques argentinos después del ataque volvían hacia mi derecha. Y a la izquierda estaba Sudáfrica”.

“Y efectivamente hacia la tarde, yo caí a las 11 de la mañana, al subir con la onda veía la cuesta de un cerro que cada vez se hacía más grande e iba avanzando hacia él”, dece Puga.

“Y en la desesperación por ver que ya estaba anocheciendo y la isla me quedaba lejos, comencé a nadar croll, y eso fue lo último que hice porque ni bien puse la cabeza debajo del agua me desmayé. Perdí el conocimiento y esta parte de la historia se la tendré que preguntar a Dios si llego algún día, porque no sé qué pasó”.

Sí sé que un tiempo después me despierto y no entiendo si estoy vivo o muerto. Veo algunas nubes blancas. Pero no estaba muerto, las nubes que veía eran las olas rompiendo contra las rocas ya que mientras me desmayé el remanso me llevó a la costa. Es así que salí, subí arrastrándome y cuando llegué a la tierra de Malvinas la besé y me eché a llorar”, finaliza su relato.