Por Fabricio Esperanza.

"El primer error puede ser el último". Así de simple. Así de breve. Así de fatalista. En esa frase de sólo ocho palabras que se pronuncia en un par de segundos, resumen su trabajo los integrantes de la División Explosivos de la Policía de la Provincia.

Un laburo en el que cada vez que salen de operativo, deben convivir con la tremenda incertidumbre sobre lo que puede llegar a pasar si algo mínimo logra escaparse de los procedimientos o protocolos de seguridad que deben seguirse. Esa presión de ponerse frente a un artefacto que puede estallar es la rutina de los efectivos que conforman esta brigada creada en diciembre de 1955.

A pesar de sus 38 años, el subcomisario Hugo Moyano cuenta con dos décadas de servicio, y es quien actualmente tiene a cargo la División. De épocas complicadas o estables, del entrenamiento, y lamentablemente también de muertes en acción, le contó a Día a Día en un corte de sus tareas.

– ¿Cómo es la historia de esta brigada?

–Formalmente es una División que depende del Departamento Armas y Explosivos de la Policía, y nació a mediados de los años 50, en una época en la que el país pasaba por momentos complicados, con la ocurrencia periódica de hechos en los que había explosivos. En realidad, surge como una sección de la División Criminalística. Actualmente somos 26 efectivos en el radio de Córdoba Capital, además de un representante en el interior por cada Departamental.

–¿Cuáles son la tareas que cumplen?

–Nuestra misión es la búsqueda, localización y desactivación de artefactos explosivos, su remoción y traslado de la vía pública o sitio en el que se encuentren. Pero también nos encargamos de la investigación de cualquier hecho de carácter delictivo que se cometa con explosivos, y de salvaguardar las vidas que puedan estar en peligro ante la presencia de un artefacto.

–¿Cómo es la preparación y el entrenamiento para la desactivación de bombas?

–Para acceder a la División, primero se realiza un proceso de selección en el que se hacen exámenes minuciosos a nivel físico, psicológico y de contenidos teóricos. Una vez que se aprueban esos pasos, recién ahí comienza un curso muy intensivo de 12 semanas de duración.

–¿Qué se les enseña en ese curso?

–La primera etapa se ven materias como física, química y matemática, y después varias materias directamente vinculadas a los explosivos. Por supuesto que además de la teoría hay una instancia práctica que es vital. Superando todo eso, llega la parte especialmente preparada para capacitar en desactivación, que es la más compleja porque es donde se comienzan a manipular los explosivos. En resumen: adaptación, búsqueda y localización y finalmente desactivación.

–¿Han sufrido la pérdida de efectivos por explosiones?

–En todos los años de la División, en un solo hecho perdieron la vida dos integrantes. Fue el 30 de julio de 1975, por una carga explosiva que habían colocado en el Puente Alvear, y que se activó. Murieron el cabo Moreira y el sargento Rafael Gamero. La década del 70 fue la más complicada, el contexto que se vivía en esos tiempos generaba muchos operativos.

–¿Alguno complicado como partícipe?

–Sí, recuerdo uno en particular en el 2011. Fue en un playón de barrio Ayacucho, y fue difícil no tanto por el tipo de explosivo sino por la cantidad de trampas que se desactivaron, cinco o seis. Quién los colocó es algo que todavía está en investigación.

–¿Cómo se lidia con la presión?

–Con mucha preparación. El riesgo es permanente, ya sea con una granada, con un proyectil, con un artefacto de fabricación casera. La ubicación, la desactivación, el traslado, son momentos en los que no se puede errar. Tenemos por costumbre iniciar nuestros encuentros o capacitaciones con la frase de que el primer error puede ser el último.

–¿Cómo se protegen?

–En primer lugar, la metodología del trabajo dicta que siempre hay que tratar de trabajar a distancia, con un sistema de cuerdas, para evitar la cercanía de la persona con el explosivo. Además contamos con escudos protectores y una serie de elementos para el mismo fin. Pero vuelvo a nuestra frase: en cualquiera de los casos, no hay que permitirse fallar. Es muy delgada la línea entre un operativo exitoso y la posibilidad de sufrir un daño que puede ser fatal.