Desde siempre la humanidad sueña con inventar la máquina del tiempo. Ir y volver en tiempo y espacio con solo un toque de magia, un chasquido, un abrir y cerrar de ojos. Confieso que yo la he encontrado. Estoy con Ulises a bordo de las naves negras camino a Troya. El viento húmedo del Mar Egeo barre mi cara. Los gritos de los guerreros resuenan cada vez más fuerte mientras avanzamos por las profundas aguas. Mi corazón late desbocado, frente a nosotros la costa troyana.

Salto en tiempo y geografía, aparezco en la Concierge, en la Ile de la Cite en Paris. Siento la opresión en el pecho de la húmeda celda de María Antonieta. La angustia y la adrenalina del final se cuelan al alma. El silencio es brutal, solo interrumpido por las botas de los guardias y los violentos cerrojos de metal. Los pasos se acercan. Es hora. Respiro profundo, huelo agua. Mi cuerpo se bambolea al ritmo del catamarán en el que viajo por el Río Mekong, al sur de Vietnam a comienzos del siglo XX. Diviso entre los pasajeros una enigmática jovencita de piel blanca, prolijas trenzas, labios carmesí. Llegamos al muelle. Ella se apresura a bajar. Un lujoso auto la espera en la calle, un chofer le abre la puerta. Ella sube sin mirar a ningún lado, atrevida, indiscreta.

Guillermina Gómez RomeroGGR

Pestañeo varias veces y cuando abro mis ojos estoy frotando mis manos sobre las llamas de una fogata. La noche es helada en este bosque del Medioevo ingles. El calor del fuego es un alivio para el cuerpo. Un albañil de catedrales y una pelirroja salvaje cuentan que están en busca de un bebe que han perdido hace tiempo. Van esperanzados camino a un monasterio. Salgo rápidamente del gélido bosque para retozar en las playas de Tahití mucho más acá en el tiempo, mucho más allá en el globo terráqueo. Un mango maduro se deshace en mi boca mientras observo a un artista loco llegado desde París. Pinta frenéticamente los colores que lo deslumbraron en este exótico paraíso. El sonido de las pinceladas sobre la tela se entremezcla con el ruido de las palmeras sacudidas por el viento creando su propia melodía.

Cambio de geografía radicalmente, y de ánimo. Acelero a un tiempo que no debiera haber existido. Segunda Guerra Mundial. El silencio de la noche es sepulcral. El olor rancio de la barraca me recuerda que estoy viva. Acaricio lo que queda de mi cuerpo, la piel áspera, los huesos sobresalientes pinchan la palma de mi mano. El tobogán del tiempo me hace retroceder varios siglos atrás. Cabalgo plácidamente por la llanura manchega, comparto un tramo con un dúo desopilante. Nunca pensé que podía divertirme tanto. Tengo la boca empastada de sed, pero sus diálogos geniales hacen olvidar cualquier malestar pasajero. La punta de la lanza del caballero señala el sur. Cruzando el Atlántico, el sur del sur.

Curiosa, dirijo mi mirada... Aterrizo mentalmente en la llanura pampeana y me convierto en una fortinera, justo cuando cae un nuevo reo. Me cuentan que se llama Martín Fierro. Está triste y enojado. Ha dejado a la fuerza su rancho familiar. Le convido un vaso de agua fresca, lo poco que puedo hacer en este confín de la tierra.

Voy y vengo en emociones, tiempo, espacio. Solo tengo que entregarme a mis sentidos, ellos son la puerta para entrar al mundo de las letras, que tan mágicamente combinan los escritores para darle vida a las oraciones, luego a las páginas y finalmente al libro. Un fenómeno de la imaginación que está disponible en diferentes formatos, papel para los tradicionales, e-book para los tecnológicos y audio para aquellos que han perdido la vista o que simplemente prefieren escuchar.

Diferentes posibilidades según las capacidades y gustos de cada uno. Un milagro creado por el hombre hace siglos y que todavía muchos no se han decidido a descubrir. Para mí leer un libro, entregarme a él, es entrar en la máquina del tiempo.

Guillermina Gómez Romero es periodista y autora de Azul, Guía de viaje.