*Por: Diana Hunsche

El 19 de julio salió en la portada de la revista Time, junto a la foto de Naomi Osaka, la siguiente frase: “Está bien no estar bien” (It’s O.K. to not be O.K.). La ganadora de cuatro torneos de Grand Slam declaró que se tomará un descanso del tenis priorizando, así, su salud mental.

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Esta decisión, que también tomó la gimnasta Simone Biles en los últimos Juegos Olímpicos, nos lleva a preguntarnos si el ideal de sacrificarlo todo por la profesión no está sobrevaluado. Esta pregunta excede ampliamente el ámbito del deporte: nos incumbe a todos en nuestra vida cotidiana.

La portada de la revista "Time" con la frase "Está bien no estar bien".

En las redes el mandato implícito es estar feliz a toda hora, tener éxito siempre, mostrar nuestro mejor perfil. Existe una presión descomunal para presentarse optimista, resiliente, superando todas las dificultades. Alguien podría alegar que nadie quiere postear una foto en la que se ve triste o frustrado, y tendría razón; está bien que cada cual se muestre como quiera. El problema pasa por otro lado y es que los espectadores, los seguidores, los que observan esas escenas llegan a creer que esa es toda la realidad, cuando solo se trata de una parte.

El consultorio psicológico siempre fue y sigue siendo un ámbito en el que la gente se relaja y se anima a manifestar lo que verdaderamente le causa esta “gran vidriera” de las redes. Viven comparando sus propias vidas con las que ven allí; sienten tristeza porque creen ser los únicos que viven desengaños o frustraciones. Están convencidos de que sus amistades o conocidos siempre son felices, que nunca tienen momentos de angustia o de discrepancias.

Las redes sociales suelen mostrar solo momentos de felicidad, pero eso es solo una parte de la realidad.

Este tema transciende las nacionalidades. Hoy atendí a una paciente extranjera que vive en Europa y que dice sentirse anormal por tener días de mal humor, cosa que, según ella, no detecta en nadie más. En momentos así, ella se esfuerza por mostrarse bien y, si no lo logra, se siente culpable e inadaptada.

Además, piensa que en su vida la persigue la mala suerte, mientras que al resto todo le sale bien. Y cuando percibe que las cosas que le suceden le afectan, interpreta esa sensibilidad como debilidad de carácter o fragilidad emocional. Así, entra en un remolino negativo: cada vez se siente peor.

Las emociones merecen que les demos lugar.

Tomar contacto con la tristeza, con la decepción e incluso con la ira no es ser débil: es ser conscientes de lo que nos pasa y darle valor. Estas emociones merecen que les demos lugar, porque son tan humanas como cualquier otra. Somos más fuertes cuando validamos y enfrentamos nuestros problemas; hacerlo nos permite tener una mejor tolerancia a la frustración y ser más empáticos, con nosotros mismos y con los demás.

Además, el malestar cumple una función: sirve como indicador de que ese aspecto de nuestra vida requiere que lo elaboremos. Por ejemplo, supongamos que estamos comparándonos constantemente con alguien cuya vida creemos mejor que la nuestra. Tal vez sea porque quisiéramos hacer algo que esa persona hace y no nos animamos. Entonces, nuestro sentimiento nos advierte de ese deseo y podemos proponernos cumplirlo. Por eso, abordar estos temas nos puede ser útil para avanzar y superarlos.

Si, en cambio, negamos o reprimimos las emociones que consideramos negativas, las consecuencias pueden ser más difíciles: podemos disfrazarlas mediante el consumo de sustancias nocivas, somatizarlas en forma de dolencias físicas o acumularlas hasta que se manifiestan en un estallido abrupto y aparentemente incomprensible.

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El dolor no existe solo para nosotros, sino para todos; es parte de la vida. Lo que ocurre es que no todos lo muestran. Entonces, la idea no es salir de las redes porque lo que allí vemos nos hace mal, o porque no refleja la realidad, sino comprender que eso que vemos es una porción de la realidad y no el panorama completo. Como dice la canción de Caetano Veloso, “de cerca nadie es normal”.

Quién es Diana Hunsche

Hunsche trabajó con el Dr. René Favaloro en el Sanatorio Güemes, en obras sociales (Medicus y DKV), en el Hospital Zubizarreta y para SERPAJ. Su formación es ecléctica: si bien el psicoanálisis fue su punto de partida, también ha incursionado en otras escuelas.

Ella es Diana Hunsche //

Se especializó en Psicogenealogía con el Lic. Tobías Holc en FundaPsi. Allí dirige la revista online “PsicoHerencias” en la que colaboran eminencias internacionales.

Diana Hunsche atiende en cuatro idiomas: castellano, alemán, inglés y portugués, y es psicóloga recomendada por las Embajadas de Alemania y de los Estados Unidos. Hunsche también lanzó su primer libro: “A terapia ¿yo?”.