Por Javier Álvarez.


El senador nacional Miguel Ángel Pichetto ha sido un en los últimos tres años y medio un aliado clave del presidente Mauricio Macri, dando un respaldo decisivo para leyes impulsadas por el oficialismo -con minoría en ambas cámaras- como las reformas previsional y tributaria.

También ha sido clave Pichetto, en tanto jefe del Bloque Justicialista, para la gobernabilidad y el avance del Gobierno de Cambiemos en iniciativas propias, dando su apoyo a la eliminación del denominado “Fondo Sojero”, el pedido de 56.300 millones de dólares al FMI y el entendimiento con los fondos buitre.

En tándem con el ministro del interior, Rogelio Frigerio, y otro peronista, el presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, Pichetto le ha dado a Macri la posibilidad de articular el diálogo con los gobernadores.

Pichetto ha sido desde diciembre de 2015 -cuando asumió Cambiemos- el vocero de unos diez gobernadores peronistas que le confiaron las negociaciones más ásperas con la plana mayor Cambiemos, principalmente hasta octubre de 2017. La mayoría de ellos hoy apoya la fórmula Fernández-Fernández.

La victoria de Cambiemos en las elecciones legislativas de 2017, con mejora en el resultado electoral respecto de 2015, he hecho que el Gobierno abandone en parte aquella muñeca política que necesitó en los dos primeros años. Y eso resintió la relación con Pichetto.

Incluso no sólo se distanció el senador peronista. En el corazón del Poder Ejecutivo hubo una cierta marginación del Frigerio con la mesa de toma de decisiones; y Monzó terminó anunciando su alejamiento de Cambiemos una vez que finalice su mandato en diciembre próximo.

Pichetto visitó varios estudios de TV a lo largo de 2018 y fue entrevistados en dos oportunidades por Vía País donde hizo esa lectura: al gobierno le falta política. Pero siempre, en todo momento, dejó en claro que su único límite para la construcción de un nuevo espacio político se llamaba Cristina Fernández de Kirchner.

El camino para llevar a ser el vicepresidente de Macri comenzó discutirse el 18 de octubre. Ese día coincidieron en el diario Perfil el senador nacional –por entonces jefe del bloque peronista- y Jaime Durán Barba, publicista y asesor clave de Cambiemos.

El legislador siempre expresó críticas virulentas contra Durán Barba, por su modo de entender la política, con la confrontación como principal arma de batalla. Pero ese día los caminos comenzaron a juntarse.

Allí Pichetto reconoció algunos aciertos del Gobierno pero criticó el rumbo económico. “El Gobierno hizo cosas correctas como la salida del cepo y el blanqueo pero no incentivaron la demanda, no generaron políticas vinculadas al consumo”, dijo.

Otra de las diferencias que al menos hasta ahora han tenido Pichetto y el gobierno es sobre el desafuero de la expresidenta. El ahora precandidato a vice se opone –y siempre lo hizo- a avanzar con eso.

Su explicación es la siguiente: “El futuro de Cristina Kirchner no está en mis manos. (Lo de la votación de desafuero) tiene que ver con el estado de derecho, con las libertades públicas, con que no se puede usar la prisión preventiva como un mecanismo de pena anticipada”.

Por perspicacia o estimando que una novedad como esta podía ocurrir, Pichetto anticipó en el verano que estaba tranquilo, porque en Latinoamérica los procesos políticos se definen en el último año, en los últimos ocho meses.

Así como tiene algunas críticas para el Gobierno, Pichetto está de acuerdo en los trazos gruesos que Macri le ha dado a su gestión. Por ejemplo, la política contra el narcotráfico, la “lucha contra las mafias” y un mayor control al ingreso de extranjeros al país.

Amante de la rosca política y sin problemas para relativizar sus dichos del pasado, Pichetto se fue convirtiendo en el candidato a vicepresidente de Macri. Eligió el camino por el que optó Elisa Carrió cuando pasó de fustigar y denunciar a Macri a ser su socia. Y el mismo que eligió Alberto Fernández cuando olvidó sus cuestionamientos a Cristina Fernández para avanzar en un armado político.






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