La provincia exhibe realidades disímiles que quedaron expuestas en el desafío de los maestros por seguir transmitiendo el conocimiento.


A casi cuatro meses de establecida la decisión de suspender las clases presenciales en todos los niveles, los docentes santafesinos tienen para llevarse mucho del crédito por haber sostenido la educación bajo las nuevas reglas que impuso la pandemia de coronavirus.

Aunque no son pocos los reclamos y justo en la mitad del ciclo lectivo tanto el gremio de los maestros públicos como el de los privados mantienen el pedido por la reapertura de paritarias y se quejan por la demora que se detecta en la liquidación de los salarios, surgen las historias individuales de los hombres y mujeres de las aulas que se reinventaron en una provincia extensísima y con realidades muy diferentes entre el norte y el sur, entre las grandes ciudades y los parajes rurales.

Fito Giordano es hace una década el director de las única escuela primaria de Gato Colorado, el poblado ubicado más al norte de “la bota”. Como tantos otros en las zonas limítrofes, viaja desde la provincia de Chaco todos los días para comandar el establecimiento que funciona en una localidad en la que solo un puñado de familias tienen servicio de internet, que es además es caro y funciona mal.

“Aunque hemos tenido una respuesta asombrosa de los padres de los niños, es una realidad completamente distinta a la de la escuela presencial. Tuvimos que acostumbrarnos como maestros a que la respuesta a las actividades varía según cada entorno familiar. En algunos casos hay un solo teléfono al que acceden varios hermanos”, relató Fito en contacto con Vía Santa Fe, su mujer también está abocada a la docencia en la vecina localidad chaqueña de Santa Sylvina.

Casi desafiando el riesgo de contagio, en la Escuela 954 de Gato Colorado hay quienes pasan a buscar cuadernillos y fotocopias que desde la institución realizan en un esfuerzo para garantizarle actividades a quienes no disponen de conectividad.

Fito Giordano viaja todos los días desde Chaco para ponerse al frente de la Escuela 954 de Gato Colorado en el extremo norte de Santa Fe. (Facebook)

A unos 900 kilómetros de allí, en el extremo más austral de Santa Fe, Adriana Eguía repasa una y otra vez hitos de sus 30 años como maestra en la Escuela 6031 de jornada completa en Rufino. Ya inició los tramites de jubilación y la pandemia trastocó los tiempos. “Ya tendría que estar en casa disfrutando del tiempo libre”, cuenta y se le dibuja una sonrisa. Llegó hasta el cargo más alto de la institución en la dirección, y espera por el tiempo de descanso.

Mientras tanto, pasó de recibir todos los días a 400 chicos que además almorzaban en el edificio, a gestionar el envío de la tarea por Whatsapp, aulas virtuales, mail y hasta por fax. “Tenemos muchos alumnos que viven en las estancias de la región y viajaban todos los días. Zonas sin buena señal de celular. Articulamos con los patrones y enviamos textos por fax. Cualquier método es válido para educar“, asegura.

En la escuela que ocupa media manzana entregan alimentos secos en frecuencia quincenal. “Yo soy la encargada de recorrer la ciudad en busca de mercadería. Lo que antes se cocinaba para el comedor ahora se entrega en cajas con alimentos”, menciona con el mismo entusiasmo que cuando inició su profesión en una escuelita de Cañada del Ucle.

“La pandemia nos puso en el desafío creativo más importante de nuestras vidas como docentes”, sostiene Diego Petrelli, maestro de música al frente de dos cátedras en la única escuela secundaria pública con orientación artística que funciona en Rosario.

Diego intenta ser optimista y destaca el esfuerzo de sus colegas y de los alumnos, aunque reconoce que “la cosa se va complicando”. “La educación virtual se mantiene casi por completo gracias a los maestros que ponemos al servicio del sistema nuestros dispositivos y nuestra conexión a internet con lo que ello significa en materia de gasto”, expuso.

La Escuela Provincial de Danzas 5032 “Nigelia Soria” es el espacio de trabajo de Diego Petrelli. La institución sufre serios problemas edilicios. (Archivo)

“Tenía que comprar cinco carpetas para archivar material de estudio. Fui a la librería y costaban 350 pesos cada una. Es decir que adquirir las carpetas significaba gastar el 14 por ciento del sueldo que recibo con 8 horas semanales en el aula con doce años de antigüedad”, ejemplificó, quien como tantos otros se pregunta por el proceso de regreso a las establecimientos. Antes de la llegada al país del COVID-19 eran comunes los reclamos de los alumnos de la Escuela Provincial de Danzas 5032 “Nigelia Soria”, donde trabaja Diego, por la falta de espacio para un cursado eficiente.

Como profesora de educación especial Janet Gómez plantea que la pandemia “nos enfrentó con las nuevas tecnologías a las que muchos esquivábamos”, aunque lamenta que las posibilidades no sean iguales para todos”.

Janet es docente de apoyo a la inclusión en escuelas primarias de Granadero Baigorria y Capitán Bermúdez y como nadie pudo evaluar el esfuerzo de los alumnos por educarse. “Más allá del empeño de maestros y estudiantes los problemas de conectividad hicieron estragos en todos los aspectos“, reflexionó.

Nadie a ciencia cierta sabe cómo será la “nueva normalidad” con los alumnos en las aulas y respetando un protocolo que ya fue consensuado con todos los ministros de Educación de las provincias argentinas, solo está claro que con su inocultable rol el docente una vez más será el principal articulador en la escuela que se viene.




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