Un especialista explica cuál es la raíz de esta patología, sus principales síntomas y cómo conviene tratarla.


En la última década, una de las frases más escuchadas por los psicólogos durante la primera consulta de un paciente, suele ser: “Tengo ataques de pánico”. Aparentemente se trataría de una enfermedad de moda. Pero ¿lo es? Por supuesto que no.

Si bien es cierto que, gracias a los medios de comunicación, muchas personas conocen ahora ciertas características de este cuadro, no se trata de una patología nueva, sino que ha existido siempre.

¿De qué hablamos, en realidad, al referirnos a un “ataque de pánico”? Ni más ni menos, de una crisis de angustia. Debemos aclarar que, a diferencia de la tristeza, la angustia suele manifestarse en el cuerpo. Y desde luego, si hablamos de una crisis es porque dicha angustia ha llegado a un punto extremo. Por lo tanto, durante estos episodios, algunos de los síntomas más comunes son las palpitaciones, sudoración, temblores, sensación de ahogo, opresión o malestar torácico, náuseas, mareos o desmayos.

Generalmente la persona experimenta, de manera brusca, varios de estos síntomas a la vez, y con mayor intensidad durante los primeros diez minutos. El cuadro, además, suele venir acompañado de un desmedido temor a enloquecer o morir.

Quien padece estas crisis de angustia debe saber que el mejor modo de abordarlas es a partir de un tratamiento dual, es decir, psicofarmacológico y psicoterapéutico. Muchos pacientes, a partir de que la medicación disminuye sus síntomas, cometen el error de abandonar la terapia. Por eso, es fundamental que tengan en cuenta que la medicación es necesaria, pero su objetivo es preparar al paciente para que pueda trabajar con la palabra.

No casualmente, la mayoría de estas personas son escuetas a la hora de hablar de sí mismas. Suelen insistir en la descripción de sus síntomas, sin añadir mucho más al respecto. Esto se debe a que el paciente no asocia esos síntomas con situaciones determinadas o recuerdos.

De hecho, si pudieran establecer una verdadera conexión entre sucesos puntuales de su vida y esa angustia que sintieron, probablemente ésta no se hubiera manifestado de tamaña manera en el cuerpo.

Por eso, en la labor de un psicoanalista con uno de estos pacientes, no primará aquello de buscar recuerdos reprimidos e intentar volverlos conscientes mediante asociaciones. Lo que se procura, en principio, es propiciar la palabra: que la persona pueda iniciar un camino de expresión y que la palabra circule para ir construyendo un relato con el cual se pueda vincular la angustia.

En general, las personas que han sufrido un ataque de pánico viven con el temor de que vuelva a ocurrir, y esto las sugestiona. Hay quienes incluso tienden a recluirse, y pueden estar años sobrellevando la enfermedad sin buscar solución. Tal vez, tras tanto tiempo de convivir con la angustia, han olvidado que también se puede vivir sin ella. Y el primer paso siempre es pedir ayuda.





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