Hace unos días, tratando de rescatar los primeros cursos que di veinte años atrás, encontré una nota que hice en recuerdo de un amigo al que conocía desde hacía breve tiempo, a través de otros amigos de la Sociedad Argentina de Escritores de Córdoba: Ernesto Echenique.

A Ernesto lo leí –antes de conocerlo–, en la Revista de la SADE: cada vez que recibía la publicación, lo primero que hacía era buscar sus artículos, que me recordaban mi adolescencia, hecha de noches de martes en el cine de Unquillo, cuando daban tres películas, y domingos de matinés, con series lindísimas como "La flecha verde" y películas como "Mujercitas" o "Nieves del Kilimanjaro" después de las 6 de la tarde.

No lo conocía personalmente, pero a través de sus notas estábamos hermanados en una época: habíamos leído los mismos libros, las mismas revistas de aventuras; disfrutado de las mismas películas y admirado a los mismos actores, aquellos que, a través de tantos años pasados al momento en que lo conocí, no podíamos compartir con gente más joven.

¿Quién recordaría la increíble belleza de Ava Gadner, el carácter de Bárbara Stanwick, la apostura de Gregory Peck, las pistolas de Robert Ryan, la idoneidad actoral de Lawrence Olivier, el mito erótico que interpretó a "Gilda"?

¿Y quién leía por entonces a Ernest Hemingway, con el que yo solía encontrar en este otro Ernesto cierta similitud en la forma de plantearse un cuento y también en su filosofía de vida?

¿Quién se atrevería a pedir "La Patrulla Infernal" en el quiosco de videos, sino personas como ese loco tan querido y otros pocos como nosotros?

Así que, ya ven, antes de conocerlo, ya lo conocía.

Un día, al entrar al Museo Sobremonte, me encontré con él, que me saludó con cordialidad, alguna frase de humor inteligente y la galantería de un dandy de otros tiempos.

Desconcertada le pregunté: "¿Es usted poeta?". El respondió que no, pero que por mis heroínas se volvería poeta. Yo me reí, sorprendida: entre mis lectores abundaban mujeres, pero no varones todavía en edad de merecer.

Ante mi desconcierto, él jugó con la idea de que ya nos conocíamos, y le creí: era como si me hubiera encontrado con un amigo con el que había congeniado en muchas cosas, un amigo perdido y largamente extrañado.

Recién cuando llegué a mi casa, me di cuenta de que era él, el Echenique que escribía en la Revista de la SADE y cuyas notas jamás me perdía.

Como si el destino hubiera abierto una puerta que nunca habíamos visto, comenzamos a encontrarnos, él siempre en compañía de alguien a quien yo apreciaba como escritora y como persona: Ethel Aparicio, que además de esas cualidades, era gente de las Altas Cumbres y con algunos héroes en su linaje.

Cuando escribí esta nota –sin las alusiones que agregué ahora– él acababa de morir y sentíamos que se había ido un amigo a quien no solo apreciábamos, sino con el que teníamos una historia vivida: películas inhallables, autores que pocos leían, revistas viejas –Mundo Argentino, Radiolandia–, sin olvidar su humor inteligente, finamente irónico.

A tantos años, conservo un querido recuerdo que llegó para quedarse, algún cuento genial, la amistad invaluable de Ethel y aquellas notas que, sin saber que un día leería con nostalgia, guardaba de él.

Sugerencias:

  • No dejemos pasar demasiados días, hoy por hoy, para hablar con un amigo, especialmente aquellos que nos acompañan desde la niñez.
  • Escribamos una semblanza de ellos, para que los jóvenes de la familia aprendan de estas cosas y sepan recordar.