Las historias que antes se narraban, daban alivio por unas horas, por un día festivo a la pobreza, el hambre, a los peligros de vivir que conllevaba pertenecer a los más desvalidos.


No sólo en invierno se hacían estas reuniones. En verano, en época de trabajos como la siega o la vendimia, también se narraban historias… Y a mí, que me encanta la pintura, me emociona ver un cuadro de aldeanos descansando al amparo de una parva que imagino todavía olorosa.

Pero, ¿cuál era la materia de estos cuentos? Dicen los estudiosos que, en primer lugar, venían las historias de guerra, de cacerías y de viajes. Le seguían las de aventuras y de terror, de hombres lobo, de damas que se alimentan de la sangre de sus amantes, de seres sobrenaturales y de encantamientos.

Dicen los que investigan estas cosas, que los cuentos duermen en la memoria de todos, pero que solo algunos pueden darles vida: estos son los que antaño llamábamos juglares y hoy asumen la forma de joven sobrino o tío que ya carga sus años, y que en nuestras reuniones tocan la guitarra, cantan o nos entretienen con anécdotas.

En aquel entonces, solían ser peregrinos o pastores trashumantes y alguien que sabía escribir salvaba sus nombres del olvido.

Las ancianas eran las encargadas de memorizar estos cuentos para contárselos a los niños, que debían ser retenidos en invierno en las casas, pues los lobos hambreados bajaban de los bosques y recorrían las calles de las aldeas. La abuela, mientras se ocupaba de ellos teniéndolos en suspenso con sus relatos, trabajaba con las manos –limpiando guisantes, zurciendo, bruñendo metales– e iniciaba a los más grandecitos en labores que luego les servirían de por vida: en aquel entonces, en la helada Europa, quien no trabajaba moría de hambre.

Y todo se hacía entre cambios de tono según hablara el oso, el leñador, la pastora o el zorro. En casi todos estos relatos aparece la pobreza y los conflictos de “Juan el tonto”, en cuyo país las cosechas eran buenas, las vacas daban leche gorda y las ovejas, hermosa lana… Hasta que llegaba el gigante y destruía todo.

El héroe siempre era el infeliz del pueblo, un campesino pobre, un soldado desertor, un enfermo, quien será ayudado por fuerzas benéficas que lo igualarán a los más privilegiados.

El hada, en los pueblos de Mediterráneo, no era la bella joven de los nórdicos, sino una vieja arrugada y fea que pone a prueba la bondad del anti-héroe antes de premiarlo. En estos cuentos aparecían animales sagrados que guiarán a los perdidos, o los cuervos negros que aconsejan ante un peligro.

Por supuesto, no faltarán talismanes, anillos y capas con poderes extraordinarios para salvar a la ingenua en peligro, pero lo maravilloso de este mundo de cuentos era que lo mágico fuese aceptado como el Credo, pero nadie se dejara engañar: aquellas historias daban alivio –por unas horas, por un día festivo– a la pobreza, el hambre, a los peligros de vivir que conllevaba pertenecer a los más desvalidos.

Casi siempre, el cuento terminaba con hermosas escenas: “Y celebraron una gran boda, y me invitaron a los postres, que eran riquísimos, y me dieron un vino rojo y espeso y después regresé al campo, a seguir trabajando.” Y con esa fórmula se pasaba de la magia a la realidad, que podría haber expresado: “Entonces me desperté y como era de día, me lavé la cara y fui por leña para el fuego.” O, como decía mi abuela, la de Castilla: “Y aquel gallo cantó y el cuento se acabó”.

Sugerencias

  1. Nosotros, los viejos, salvemos para nuestros nietos aquellas historias que nos contaron los abuelos.
  2. No hace falta que sea mágica: una historia familiar se vuelve relato con el tiempo.
  3. Este año “de la peste” será, entonces, historia.


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Cristina Bajo En casa



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