La última película del guionista, famoso por sus juegos narrativos, tiene elevados conceptos que se van hundiendo en un pantano seudo-surrealista.


Charlie Kaufman volvió al ruedo con uno de los más recientes estrenos de Netflix: la película “Pienso en el final”. El filme empieza entretenido y, poco a poco, se va convirtiendo en un verdadero ejercicio cerebral -un tanto absurdo y vanidoso-.

¿Qué es “Pienso en el final”? ¿Una obra pretenciosa o iluminadora? ¿Un ejercicio lúdico y fascinante o un juego cerebral gratuito? ¿Una película que espera nuestra comprensión (y nos la hace difícil) o que existe sin ninguna voluntad de que la entendamos? ¿Es una obra maestra del surrealismo. como dicen…?

A ver, tomémosla como de quien viene: Charlie Kaufman, a quien muchos tienen por guionista de “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” (por la que ganó el Oscar correspondiente) y “¿Quieres ser John Malkovich?”. Pero un día, Kaufman decidió que quería dejar de escribir historias para otros. Una lástima, porque imaginaba historias conceptualosas, pero bien engranadas y en última instancia muy entretenidas. Después, cuando quiso empezar a dirigir él mismo, la aventura lo llevó a “Synecdoche, New York – todas las vidas, mi vida”, una película monumental que fue (quizás injustamente) un fracaso, y después la mucho más íntima, pero no menos existencial, “Anomalisa”.

Ahora, quién diría, su último ejercicio de vanidad narratológica se lo ha financiado Netflix y estrenó el viernes pasado. Desde entonces, son muchos los usuarios que la han visto y la han situado entre los 10 contenidos más populares de la plataforma. El termómetro de cómo fue recibida no lo tenemos, pero apenas al 54% de los usuarios de Google les gustó. Así pese a los intentos de la crítica generalizada por venderla como una masterpiece. Que no lo es, obvio.

¿De qué va la cosa? Una pareja viaja al campo a conocer a los padres de él y, en medio de todo, asistimos al turbulento mundo interno de ella, quien se plantea dejarlo y vuelve una y otra vez a esta clase de pensamientos desesperantes.

En medio habrá todo tipo de incertidumbres: un monólogo interior desbordante (¿con guiños joyceanos?), confusión en torno a quién está enunciando, episodios de irrealidad, climas enrarecidos al estilo de David Lynch, algunos episodios mínimos de humor. Y muchos planos más de complejidad, incomodidad y depresión audiovisual, una categoría que seguramente no existe pero que ahora Kaufman tiene el (des)honor de inaugurar. Y encima, porque hay que llenar de paja el saco filosófico que debería cargar esta película, nos pone frente a una telaraña pavorosa de intertextualidades cinematográficas y literarias que no son más que un fanservice al paladar del típico cinéfilo snob que mira convencido de antemano que este artefacto pretencioso es una “obra fascinante y llena de preguntas sin respuestas”.

(FOTO NETFLIX)

En el fondo del tarro hay, dicen, una gran reflexión sobre la existencia y la soledad humana. Pero pocos son los que han logrado llegar hasta ahí y rasparlo. Es que es una lástima que, para decir algo, Kaufman elija nuevamente el camino más ríspido y antipático. Porque a ver, ¿cuántos espectadores tienen el conocimiento necesario y la reflexión post-visionado para decodificar lo que él les pide? El cine de autor, una vez más, como un lenguaje autorreferente, incapaz de generar un diálogo con la inmensa mayoría del público.

A falta de elementos que nos permitan situarnos en un registro verosímil, muchos califican a este esbozo de thriller psicológico como “una obra maestra surrealista”, lo cual es una prueba del fracaso de Kaufman como director. Porque, como en cada película de su carrera, detrás del meollo sí hay un concepto, y de hecho para acceder a él nos deja llaves (claves) diseminadas en las dos horas y cuarto que dura la película. Pero el bosque es tan críptico y distante que, ni aunque tuviéramos cien llaves de la misma puerta, podríamos encontrarla en la turbia maleza que él dispuso. Y en esa incapacidad, que en el fondo no es otra cosa que vanidad artística, asoma su flanco más débil: montar un gran dispositivo audiovisual y retórico, pero no poder comunicar a través de él sus elevados conceptos.

(FOTO NETFLIX)

Definitivamente, Kaufman hacía películas mucho más estimulantes hace diez o quince años. “Synecdoche”, sin ir más lejos, era una película que funcionaba como una puesta en abismo fascinante que, aunque deviniera en un final caótico (y muy poético), sí nos dejaba captar la idea general que motivaba el viaje. Pero en su tercer intento como director de sus propios guiones, dio una película que algunos críticos califican como “un hueso duro de roer”, por no animarse a decir que para la mayoría de las personas será una película completamente estéril, y en el mejor de los casos solo alucinógena. Es un “autor difícil”, parece que se dicen los usuarios de Netflix. Pues es el ejemplo de cómo el cine de autor, a veces, sí es una mala palabra.

Por Daniel Arias Fuenzalida.

*Este texto fue publicado originalmente por Los Andes. Se reproduce aquí con la autorización correspondiente.


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