A priori uno pensaría que los países nórdicos son el último lugar del mundo para que aflore el género policial. Todas naciones globalmente reconocidas por su Estado de bienestar, sus escasísimas tensiones sociales y sus altos niveles de igualdad y seguridad urbana. Y sin embargo… Desde mediados del siglo XX, ahí en el norte de Europa estuvo el semillero de la mejor literatura "negra" de Europa, que influyó profundamente autores de todas partes.

Los pioneros fueron Maj Sjöwall y Per Wahlöö, un matrimonio sueco que escribía a dos manos, creadores de un personaje maravilloso, el comisario Martin Beck (en la Argentina sus libros están editados por RBA). En la década del 60, Sjöwall y Wahlöö definieron el ABC del policial de raíces nórdicas: investigadores apesadumbrados y nobles, con frecuentes problemas de alcoholismo o depresión, crímenes brutales que sacuden la modorra de sociedades poco acostumbradas a los sobresaltos, casos que interpelan las condiciones políticas, sociales y ecológicas de su tiempo y escenarios marcados por los grandes paisajes del Norte, sus bosques, sus estepas, sus lagos y sus pueblitos tan entrañables como solitarios.

Desde esa base se constituyó un tremendo boom literario, protagonizado por autores de la talla de Henning Mankell, Stieg Larsson, Asa Larsson, Camilla Läckberg, Jo Nesbø y tantos más, que conquistaron millones de lectores a lo largo y lo ancho del planeta. Casi de forma natural, la edad dorada de las series de televisión que estamos viviendo en las últimas décadas se nutrió de esta cantera y los policiales nórdicos se convirtieron en uno de los géneros más abundantes de la mayor parte de las plataformas de streamning.

El periodismo cultural, siempre veloz para la creación de etiquetas, le puso el nombre de "escandinoir" a este universo televisivo, un sincretismo entre "escandinavo" y el término "noir", que hace referencia a la "novela negra". A comienzos de siglo XXI, llegaron los primeros bombazos: una serie inspirada en la saga del inspector Kurt Wallander, creado por el gran Henning Mankell, y las magníficas Forbrydelsen y Bron/Broen, que prontamente tuvieron sus adaptaciones para las audiencias "globales": The killing y The bridge, respectivamente. El éxito de estas series pioneras abrió la puerta para que el género se multiplicara al infinito, y tras ellas llegaron un montón de producciones nórdicas y otras tantas británicas, francesas y estadounidenses que les "copian" el estilo, como Hinterland, Zona blanca y Chicas perdidas.

Estos tiempos de encierro pandémico y temperaturas invernales son un gran momento para descubrir algunas perlas del "scandinoir". Netflix, como era de suponer, concentra la mayor cantidad de títulos, entre ellos la islandesa Case, que tiene como protagonista a una investigadora totalmente alejada de los estereotipos detectivescos, que arranca con el suicido de una adolescente, disparador de una trama centrada en las oscuridades de una red de pornografía infantil.

Borderliner, por su parte, es una serie noruega, de ambiente tan asfixiante como atrapante, que bucea en las redes de narcotráfico y corrupción de los boscosos territorios fronterizos entre Noruega y Suecia. Finalmente, mi preferida: Trapped, una maravilla también islandesa, estrenada en 2015, que tiene al mejor personaje de todo el universo "scandinoir", el deliciosamente perdedor policía Andri Ólafsson.