Las cacerías de los primeros pobladores humanos son el tema dominante de las pinturas rupestres halladas en cuevas.


Estos días de encierro, muchos amigos me cuentan sus proezas en la cocina: a los hombres se les da por amasar o preparar frutas en alcohol; a las mujeres por las recetas cordon bleu. O viceversa. Eso me llevó a pensar en la comida y su historia.

Una de las primeras imágenes de la más antigua Biblia ilustrada es la de Eva a punto de morder la manzana; y contiene un doble mensaje: el acto de alimentarse despierta el erotismo, que es el “fruto del pecado”.

Ya en los frisos griegos, Dionisio –o Baco– aparece coronado de pámpanos y mirando al observador con una copa en la mano, como ofreciéndola.

Pero milenios antes, el tema dominante de las figuras rupestres halladas en cuevas eran las cacerías de los primeros pobladores humanos. La cacería, por entonces, no era un deporte depredador sino una honesta obtención de alimento para toda la tribu.

Una pintura considerada entre las más hermosas del arte universal está en el sepulcro del hijo de un faraón. Es la que retrata a las Ocas de Meidum, tres aves majestuosas maravillosamente pintadas unos 2350 años antes de Cristo.

El tema de “La última cena” influyó preponderantemente en la Edad Media y el Renacimiento, precediendo a las llamadas por los latinos “naturalezas muertas” y más elegantemente por los anglosajones “still life” (naturaleza quieta), con sus canastos de frutas o verduras, y alguna pieza de caza y pesca.

Por entonces, reyes, emperadores y los primeros ricos del mundo encargaban tapices y cuadros, copas metálicas, porcelanas de lujo y hasta arte en cristal con esos temas que han llegado hasta nuestros días: el año pasado compré un bonito juego de vidrio con una gran compotera y compoteras individuales con forma de frutilla.

En la literatura, Chaucer, en sus Cuentos de Canterbury, nos habla de comilonas, tabernas y grandes bebedores; y Bocaccio, en el Decamerón, muestra los festines que preludian el fin del mundo, pues la peste, como hoy, estaba tocando la puerta.

Ya en el Renacimiento, Bellini pintó un banquete de los dioses donde sátiros, ninfas y bacantes sirven manjares y bebidas a un grupo de dioses congregados en el bosque, indiferentes al cielo tormentoso que se cierne sobre los árboles anunciando el final de su mundo.

En el Barroco aparecen los bodegones… Cuando no pintaba burgueses adinerados, Vermeer recurrió a escenas de criadas o familias humildes alrededor de la mesa; y de ahí en adelante y por mucho tiempo, las tabernas reinarían en la pintura.

Pero también la carencia de comida transcendió en las letras: Dickens la mostró en sus novelas y la denunció en artículos periodísticos haciendo investigaciones sobre la muerte por hambre de los niños en los espantosos orfelinatos victorianos, o de los enfermos en los hospitales de misericordia.

Y Van Gogh, poco después, pintó el patético cuadro “Los comedores de papas”.

Marguerite Yourcenar ha dedicado a la comida algunas frases increíbles que adjudica a su personaje: en las Memorias de Adriano dice: “Atracarse los días de fiesta ha sido siempre la ambición, la alegría y el orgullo naturales de los pobres.” O este otro dicho que deberíamos adoptar en estos días todavía de encierro: “Una operación que tiene lugar dos o tres veces por día y cuya finalidad es alimentar la vida, merece todos nuestros cuidados.”

Sugerencias:

1) No dejar de ver Un viaje de diez metros, con Helen Mirren y Om Puri.

2) Buscar en Internet los murales de Las Ocas de Meidum.

3) Iniciar a los niños en el dibujo: una manzana o una pera bastarán.





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