Cuando el fray le llevó a Isabel una imagen de la Virgen, ella tuvo un ataque histérico y tuvieron que exorcizarla


Isabel Herraiz nació en 1755 y a los veinte años se casó con Francisco Villalón, uno de los vecinos más ricos de Villar del Águila, Cuenca, España. Era una joven hermosa y, aunque por entonces no era común que las mujeres estudiaran, Isabel había aprendido a leer y escribir, decían, en menos de un mes.

La joven visitaba mucho la iglesia, compraba libros de rezos y de vidas de santos, y pronto comenzó a leerlos para sus visitas y a repartir consejos. Estos eran tan sensatos, que comenzaron a llamarle “la beata”, a pesar de su juventud.

Pronto llamó la atención de gente culta y de algunos sacerdotes, especialmente del nuevo cura del lugar, quien había llegado al pueblo en compañía de su madre y de su hermana, que hicieron amistad con los Villalón.

En breve, la relación del joven sacerdote con Isabel preocupó a la madre de este, pues era tan cercana que hasta tenían una pieza en la casa sólo para ellos. Tantas discusiones hubo entre madre e hijo, que la señora y su hija decidieron regresar a la ciudad. Todo el pueblo comentaba la situación, pero Isabel tenía en su marido su más ferviente defensor.

No contenta con aquella amistad, Isabel comenzó a frecuentar a un franciscano, lector en Teología, a quien tomó por confesor: él, igual que el sacerdote, admiraba en ella el “conocimiento claro y despejado”, y fue este fray Manuel quien, años después, la defendería ante la Inquisición.

En algún momento, ella le confesó que se sentía desganada, sin fuerzas; que dormía mal, tenía pesadillas y sentía “una grande oscuridad” a su alrededor. El franciscano le trajo una imagen de la Virgen, ella tuvo un ataque histérico y tuvieron que exorcizarla.

En principio mejoró, pero el episodio se repitió y su confesor le aconsejó hacer un retiro espiritual en un convento. Isabel obedeció y al regresar se la notó muy mejorada: confesó que sus pesadillas habían desaparecido.

Poco después, una tarde que fue a la catedral de Cuenca, tuvo una especie de revelación que anotó en un libro de memorias que llevaba: del sagrario salió un rayo luminoso que le atravesó el pecho, dejándola en éxtasis.

Al escucharla, su confesor le dijo que reanudara los ejercicios espirituales, pero ella contestó que si el Señor Jesús había entrado en su cuerpo, no iba a rechazarlo.

Fray Manuel la creía sincera, pero sospechando la presencia del Maligno, la envió a otros sacerdotes para que estudiaran su caso. Doctores de la Iglesia y sabios en teología la escucharon y la creyeron sincera, discutiendo sus visiones y los consejos que decía oír del propio Jesús.

Para 1798, ya con 43 años, dejó de confesarse: “¿Qué tengo yo que confesar?”, preguntaba, convencida de su santidad, cuando debió comprender que la soberbia de creerse santa era totalmente contraria a la verdadera santidad.

Por entonces, se le dio por ayunar durante un mes y sufrió una inflamación de estómago que puso en sus vecinos la sospecha de que estaba embarazada, y no de su marido.

A pesar de esto, el pueblo la amaba, decían que Jesús la poseía y la gente se arrodillaba a su paso cuando, seguida por varios sacerdotes que creían desmedidamente en ella, recorría la ciudad o iba al templo.

Pero alguien hizo una denuncia formal y la Inquisición, finalmente, se fijó en ella.

Sugerencias:

1) Adelina Sarrión Mora, que escribió Beatas y Endemoniadas, es una estudiosa de la Inquisición entre los s. XVI al XIX.

2) Su temática: la mujer, los médicos, la religiosidad y la sexualidad ante los ojos de este tribunal eclesiástico.





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