El ser humano tiene un don único, puede volver sobre sus recuerdos y pensamientos, analizarlos, y así decidir a voluntad.


Por Lic. Daniel A. Fernández / Psicólogo y autor del libro Los laberintos de la mente (Editorial Vergara).

Se habla mucho de inteligencia artificial en estos tiempos. La tecnología avanza a zancadas y con una velocidad vertiginosa. Frente a esta tendencia, no es descabellado aventurar que tanto avance podría terminar expulsando, a mediano plazo, a gran parte de las personas de sus puestos de trabajo. Es indiscutible que ya hoy en día existen computadoras capaces de resolver en un instante problemas que a una mente humana le llevaría años abordar. Pero no todo puede ser reemplazado por las máquinas, y siempre existirá una diferencia fundamental a nuestro favor.

Para comprender esta bendita diferencia primero debemos mencionar cómo funciona una inteligencia artificial. Sin entrar en complejos detalles, diremos que básicamente analizan la información y deciden por la opción más favorable. Claro que también podrían ser programadas para decidir por lo menos beneficioso e incluso resolver de manera aleatoria.

En contraposición, el ser humano tiene un don único. ¿Cuál? A la hora de enfrentar una decisión, puede deambular entre sus recuerdos y sus pensamientos, analizar las diferentes variables que están en juego y, finalmente, luego de deducir cuál es la elección más conveniente, decidir a voluntad.

Estamos hablando del libre albedrío, de una de las características esenciales y más definitorias del yo consciente. Existen muchas definiciones en psicología sobre este “yo”, pero poco aportan a la hora de comprender de qué estamos hablando.

Por eso, para comprender el concepto, prefiero explicarlo diciendo que el “yo” no es el resultado de nuestros pensamientos sino quien los observa. El “yo” es quien, porque así lo decide, opta por enfocarse en determinados pensamientos y en otros no. No es el resultado de las variables en juego sino quien las ve y las evalúa. El “yo” es el observador, es el testigo de los pensamientos; es quien puede, adrede, llevar a cabo una elección aún a sabiendas de que no le resulta conveniente. Y esto se debe, ni más menos, que a la condición fundamental de la que antes hablamos y que es la libertad.

Es esta condición del yo la que nos permite ser individuos diferenciados. No es casual que, muchas veces, grupos autoritarios han tergiversado filosofías de izquierda proponiendo sacrificar el individualismo en función de la masa social.

Y, desde luego, perder el individualismo es también perder la libertad. Por ello, habiendo cedido la libertad (característica central del “yo”), el sujeto pierde también su capacidad crítica y pasa a formar parte de una masa que comparte el mismo pensamiento. ¿Cuál? El del líder. Ya Sigmund Freud, refiriéndose a la psicología de las masas, explicaba que lo que allí ocurría era que cada uno de los miembros se identificaba con el otro y todos con el líder.

Como es sabido, cuando todos piensan igual evidentemente sólo uno lo está haciendo. Por lo hasta aquí expresado es obvio que ninguna inteligencia artificial puede suplantarnos realmente, no a menos que cedamos nuestra libertad apostando a alguna forma ciega, novedosa, de fanatismo.





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