El Dios Olímpico recorría las olas en un carro de oro arrastrado por monstruos marinos y escoltado por delfines y Nereidas.


Tratando de armar un librito sobre mitos griegos para niños, tuve que sumergirme nuevamente en esas bellísimas historias en las cuales ya se planteaba lo que luego, de alguna manera, Freud expondría en sesudos trabajos de psicología.

Y como desde siempre me ha atraído la poesía de las aguas –la lluvia o el diluvio, los mares y los ríos, las cascadas y los lagos– me interesé en la historia del dios de todas las aguas: Poseidón –Posidón para otros estudiosos–, hermano de Zeus, con quien completaba los doce dioses Olímpicos.

Poseidón era tan importante como Zeus, pero no tenía su poder. Su genio era el de un corsario y un revoltoso, siempre dispuesto a quedarse con aquello que le atrajera: una ciudad en la costa del mar, una ninfa de hermosas formas, un buen hato de caballos.

Cuando pensó en tomar esposa, puso la mirada en la ninfa Anfitrite, pero como su carácter era impredecible y tenía fama de pendenciero, la joven huyó y se escondió para que él no pudiera encontrarla: estaba de moda el rapto.

Poseidón no se rindió y le dijo a un delfín que, si la hallaba, lo recompensaría; el pez la encontró en una gruta marina y le habló tan bien del pretendiente, que ella consintió en conocerlo y, para tranquilidad de los humanos –que sufrían sus cambios de humor–, le dio el sí. Su regalo de bodas fue levantar en las profundidades oceánicas un palacio jamás visto: los muros eran cristal, los techos de algas marinas y las ventanas enmarcadas con perlas y corales.

Así como el rayo distinguía a Zeus, a él lo distinguía un tridente marino que tenía poder sobre las olas y las mareas. Su corte estaba compuesta por otros dioses marinos y muchos grupos de ninfas acuáticas, como las Nereidas y las Oceánidas –jóvenes nacidas en las aguas saladas–, que protegían los mares; y las Náyades, que cuidaban de ríos y manantiales de aguas dulces.

Poseidón amaba los caballos, especialmente los blancos, que uncía a un carro de oro adornado con caracolas y monedas rescatadas de los naufragios; con él recorría los mares formando las olas. Cuando la tempestad castigaba las ciudades costeras, arrasando con todo, él subía a su carro y la enfrentaba, doblegando las olas con su tridente y su voz.

Otras veces, Poseidón solía recorrer las olas en compañía de su mujer, Anfitrite, en un carro arrastrado por monstruos marinos a los cuales temían los navegantes. Siempre era seguido por el pez espada y los delfines, las Nereidas y los Tritones, divinidades de los océanos que conformaban el séquito del Rey de los Mares.

Se lo representaba casi siempre parado, con un monstruo marino a sus pies y en la diestra el tridente, señalando el cielo. Su cuerpo es poderoso, sus brazos fuertes, su rostro lleno de vida, y su barba y cabellos algo rizados por el agua salada. A veces, se lo ha representado desnudo, apenas con un taparrabos, pero generalmente tiene un manto largo y suelto sujeto con un nudo a su cintura, como corresponde a los dioses Olímpicos.

La serenidad no era su fuerte: el sonido de la borrasca sobre las rocas costeras estremecía a los aldeanos y a los pescadores. Sin embargo, a pesar de ser tan grande, su poder era limitado: igual que los humanos, él también debía someterse a los caprichos del Destino.

Sugerencias: 1) Si conservamos el Larousse Ilustrado, releer lo que aprendimos en la escuela sobre los mitos griegos; 2) Leer, de Torrente Ballester, El hostal de los dioses amables; y como vengo aconsejando desde que empezó la cuarentena: la risa también es un remedio. Puede comprarse usada por Internet.





Comentarios