El enojo se relaciona directamente con la autoestima. En general, las personas tienden a ser complacientes consigo mismas y, muchas veces, no soportan las críticas.


Lo que llamamos “calidad de vida”, en términos psicológicos, está estrechamente relacionado con la denominada “estabilidad emocional”. Y llamamos estabilidad emocional a la ausencia de reactividad frente a las dificultades cotidianas. A la capacidad para soportar frustraciones o atravesar situaciones límites sin quebrarnos ni enfermar. A tener “resto” para ello. Lo que supone, en principio, cierta flexibilidad. Pero en el caso de las personas que se ofenden fácilmente, nos encontramos exactamente con lo contrario: una reactividad repetitiva e inflexible que se presenta, además, siempre justificada.

Apliquemos el zoom. El sentirse ofendido se relaciona directamente con la autoestima. Quien se ofende dice sentirse agredido o descalificado. Cabe la aclaración de que, desde un punto de vista psicológico, lo que se siente nunca es falso. Lo que se siente siempre es verdadero. Ahora bien: que esté justificado lo que se siente por aquello que lo disparó, es otro tema. Son las diferencias individuales. Por lo tanto, las personas que se ofenden rápidamente sienten o esgrimen (ya no necesariamente sienten, sino que se trata de una argumentación) ataques a su autovaloración. Lo que nos remite al bastardeado tema de la emocionalidad.

En principio, si las personas sienten que a cada paso son descalificadas, habría al menos dos posibilidades: o gozan de malas compañías o presentan un problema a la hora de leer la realidad (es frecuente encontrar en múltiples y diferentes situaciones tanto el uso del “siempre” como del “nunca”, lo que remite al menos a lecturas sesgadas de la realidad). Si se lo esgrime como argumento, ya nos acercamos al campo de la manipulación en el universo de las relaciones. Porque la argumentación tras un ataque de ofensa lleva implícitas cuestiones de poder.

Pero cabe un grado más de zoom y una pregunta: ¿Y si tal vez se ofenden fácil y rápidamente porque les resulta difícil (o casi imposible) reconocer sus propios errores? La verdadera autocrítica no es cosa corriente. En general, las personas tienden a ser complacientes consigo mismas.

La verdadera autocrítica supone cuestionarse y, de alguna manera, también un autoataque a la propia estabilidad emocional. Y es más complejo aún el asunto, si esta autocrítica debe ser explicitada, dicha de frente, ante otros seres. Alguien dijo alguna vez que “lo malo de la autocrítica es que los demás son capaces de creérsela”.

Los psicólogos clínicos conocemos las dificultades del cambio personal. No se trata de buena voluntad ni de “querer es poder”, como muchos podrían suponer. El peor enemigo para que una persona cambie es la persona misma. Es muy frecuente encontrar que dos personas reconocen que su relación necesita de un cambio, pero las dos partes esperan que el cambio se inicie del otro lado.

En síntesis, las personas que se ofenden fácilmente, o tienen un problema con su autorregulación emocional y/o tienen un problema con ellas mismas en términos de no poder reconocerse con fallas o dificultades. Esta segunda posibilidad es la que nos remite al viejo mecanismo del autoengaño, a no vernos estúpidos ante nosotros mismos, a aquello de “hacernos trampas jugando al solitario”.





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