Creemos equivocadamente que se trata de ganar o perder, cuando en realidad se trata de arribar a una versión más aproximada de la verdad.


De un tiempo a esta parte, en la Argentina se volvió utópica la idea de debatir sobre algo sin que eso genere una grieta. ¿Podríamos construir una vía que nos posibilitara el debate? Sin duda, una buena opción sería tender un puente sobre la grieta. Y ponerse a uno y otro lado, quienes aún en el desacuerdo están dispuestos a escucharse mutuamente. A conversar, incluso en las antípodas. ¿Y si nos diéramos cuenta, en ese trance, de que no siempre tenemos “la verdad”? ¿Si los otros no estuvieran tan equivocados como creímos?

Uno de los motivos por los cuales se dificulta ceder, escuchar, dudar de la propia creencia, es indudablemente el narcisismo. Creemos equivocadamente que se trata de ganar o perder, cuando en realidad se trata de arribar a una versión más aproximada de la verdad.

Muchas veces confundimos quiénes somos con aquello en lo que creemos, y por ello, nos aferramos a determinada creencia teniendo muchas dificultades para cuestionarla. ¿Qué pasa si aquello en lo que creíamos ya no es tal? ¿En qué nos convertimos? ¿Tal vez en personas autocríticas y con mayores posibilidades de evolucionar?

Todo aquel que se niega a abrirse a nuevas creencias y propuestas, cierra la puerta a la posibilidad de aprender y cambiar. Sin nuevos aprendizajes no habrá cambios, y sin cambios tampoco crecemos.

Ya Freud, en 1921, al escribir sobre psicología de las masas, explicó sobre un comportamiento particular. Según el famoso psicoanalista, en toda masa hay un líder con el cual se identifican todos sus miembros, así como a su vez, dichos miembros se identifican entre sí. ¿Esto qué significa? Que sólo piensa el líder. Los demás adhieren a dicho pensamiento sin cuestionarlo. Renuncian al pensamiento crítico y otorgan al líder las virtudes de un dios.

De más estaría hablar sobre los males que el fanatismo ha causado a la especie humana a lo largo de la historia universal. Porque siempre, absolutamente siempre, en mayor o menor medida, endiosar a alguien o dogmatizar una creencia nos arrastra a la ignorancia porque pasamos a ser víctimas del adoctrinamiento. ¿Del adoctrinamiento de quién? De dirigentes religiosos, políticos, empresariales, místicos, conspiranoicos, etcétera. La lista podría ser interminable.

¿Cómo combatir entonces la tendencia a caer en cualquier forma de fanatismo? A partir de la educación. Pero deberá ser una educación auténtica, es decir, que no tienda al adoctrinamiento. Educar para aprender a dudar de cualquier posible dogma, para tener criterio propio, escuchar y abrirnos a nuevas posibilidades sin tener miedo a perder nuestra identidad. Educar para tender puentes en nuestra comunidad y no cavar más grietas.





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