Nos presionamos tanto con que la cosas nos salgan bien.

Que llega un momento en el que ya ni siquiera sabemos qué significa.

¿Qué es que algo salga bien?

¿Qué salga como teníamos pensado?

¿Entonces somos nosotros los que lo determinamos?

¿Por qué es tan importante el resultado?

Cuanta presión y miedo al “fracaso”.

Pero, ¿y si cambiamos la manera de mirarlo?

¿Y si te digo que nada sale mal en realidad?

¿Y si las cosas salen como tienen que salir y ya?

A veces salen como lo esperábamos, otras no.

Cuando lo hacen, nos sentimos satisfechos.

Cuando no lo hacen, en lugar de frustrarnos, deberíamos enfocarnos en aprender.

Mientras se pueda sacar algo de una situación creo que está mal decir que salió mal.

Porque intentarlo ya es bueno.

Porque aprender algo nuevo jamás está de más.

Porque al chocar contra la pared y obtener resultados inesperados es cuando más crecemos.

Tal vez la clave esté en dejar de ver como que las cosas salen mal basándonos en el resultado esperado.

Tal vez todo dependa de cómo estemos dispuestos a mirarlo.

Bueno, cariño, y claro.

De que no nos empeñemos y encaprichemos que las cosas no siempre se dan como esperamos pero SIEMPRE lo hacen PARA algo.