Mi viejo siempre me dice que desde chico tuve problemas para quedarme quieto.

Que siempre fui un poco ansioso y demasiado exigente. Y que, desde muy pequeño, tuvieron que estar muy atentos porque incluso cuando estaba apenas dando mis primeros pasos, de soltarme la mano, yo hubiese intentado salir corriendo.

Es domingo 20 de junio y no sólo es el Día de la Bandera en conmemoración de su creador, uno de los padres de la Patria, sino que también se celebra a todas aquellas personas que en su vida cumplen, cumplirán o cumplieron el rol de padres.

Lo sé, cada uno tiene una historia personal y cargada de emociones y sentimientos en cuanto a su relación con su viejo.

Dicen que los niños ven a sus padres como seres perfectos y súper poderosos.

Pero, poco a poco, con los años, se van dando cuenta de que eran tan humanos como el resto.

Uno crece y finalmente comprende que no había ni magia ni súper poderes y que a papá no le habían enseñado nada de paternidad. Un día le tocó tomar una serie de decisiones y seguramente haya intentado hacer lo mejor que pudo mientras iba aprendiendo.

Si es o no un día comercial no es algo que me interese discutir. Creo que es, simplemente, otra buena oportunidad para abrazar fuerte a tu viejo si lo tenés cerca, para hacer las paces con ese niño interior que le sigue exigiendo la perfección a alguien que tiene tantos o más defectos que vos; para alzar la copa y brindar por el recuerdo de tu viejo que ya partió; para agradecerle a quién sin serlo realmente, se atrevió a tomar el desafío y dedicarte su amor y tiempo.

Si me preguntás que significa para mí mi viejo, podría escribir una lista (o tal vez un libro), pero me parece más que suficiente decir que es, fue (y calculo que será hasta el final) uno de mis lugares seguros. Pues, con sus virtudes y defectos, siempre estuvo ahí para agarrarme cuando me caía o para darme un empujón cuando estaba dudando de mi capacidad. Para, en pocas palabras, darme el mejor de los consejos y para tomarme la mano y tranquilizarme cuando me paraliza el miedo.

Es el Día del Padre y es una nueva oportunidad para dejar ir dolores y angustias acumulados.

Para empezar a sanar viejos errores del pasado.

Para comprender que, al final del día, somos todos seres humanos.

No hay padres perfectos porque no hay hijos perfectos.

Pero celebrar a esa persona a la que llamás papá, es celebrar el amor. Porque eso debería ser una condición necesaria para hablar de paternidad. Un amor tan fuerte y inexplicable en palabras como el que se me viene a la mente cada vez que pienso en las cosas que ha hecho por mí mi viejo.

Feliz día de Padre.