En la primera nota de los Escritos de la Shoá les presentamos a Jerzy Bielecky y Cyla Cybulska. Una historia de amor en el campo de Auschwitz. La espada encendida.


En la maravilla incuestionable de la creación humana, del arte, de las expresiones de los sujetos parece como un contrasentido la destrucción y la malicia. El odio, la sinrazón y el pretexto de los miserables. Algo así es la guerra, mucho más es el espanto indecible del Holocausto, de sus víctimas, de sus consecuencias aún dolorosas. Nada puede interesar que no sea su reflexión y el incuestionable deseo de que jamás suceda algo así.

Pero aún allí, en las expresiones más dolorosas de la miseria humana, suele florecer un brote como si se tratara de sembrar en el desierto.

Aun en los momentos atroces, en las tempestades más insólitas y en los ácigos momentos de desazón y destrucción un placebo conjuga el verbo del renacimiento. Como bien diría el chileno inmortal Pablo Neruda: La muerte lo enlutó de manera espaciosa como a tierra nocturna, hasta que decidió dedicarse al silencio, a la profundidad desconocida, y buscó tierra para un nuevo reino, aguas azules para lavar la sangre.

Y algo así se trata la historia de hoy. Nacida en las peores instancias a las que se puede someter a un semejante, en la atrocidad y sin embargo…nace.

Escritos de la Shoá

Ellos eran dos. Jerzy y Cyla Jerzy Bielecky apenas tenía 19 años. La vida era dura en los campos polacos, pero sería tan desesperada después de su detención y traslado al campo de exterminio de Auschwitz. Aferrarse a la supervivencia es un acto desesperado, casi último. A eso estaba sometido aquel joven cuyas causales de sospecha eran su raigambre judía, su juventud y la eventualidad de pertenecer a la resistencia polaca. Demasiados y concurrentes causas para esos momentos.

Teniendo en cuenta su perspicacia y su gran ductilidad como así también su dominio del idioma alemán, fue destinado a trabajar en un granero, clasificando y repartiendo los granos en las medidas que se le pedían. A las tropas, a los prisioneros. Semioculto en su actividad, cabizbajo y apenas supérstite, los días de Jerzy en ese lugar maldito eran tan interminables como la atrocidad de la barbarie. Le habían tatuado el número 243, en su brazo.

El azar no existe. Los senderos son paralelos o se cruzan, yuxtapuestos, bifurcados o interminables. Pero el azar no existe, todo está pre establecido en una historia que nos empeñamos en saber y por ello, hacemos transcurrir los días y las horas, expectantes, silentes, a veces hasta resignados. Y entonces las cosas suceden al arbitrio de lo que está escrito, con independencia de aquello que podamos hacer o planear.

Jerzy Bielecky y Cyla Cybulska. Una historia de amor en el campo de Auschwitz

En un nuevo contingente, una joven tímida y veinteañera llegaba junto al resto de su familia. Solo ella y sus dos hermanos varones fueron destinados a trabajos forzados en el campo…el resto fue asesinado. Con el tiempo destinaron a Cyla a trabajar como costurera, en los almacenes del lugar. A ella, le habían tatuado el número 29558, también en el brazo.

El azar no existe, la casualidad es apenas una palabra. Porque Jerzy y Cyla se cruzaron en la misma barraca, en el mismo patio, en el mismo pensamiento o donde fuera. Eso estaba escrito y yo no lo conozco, pero pasó.

El deseo fue inmediato, la instancia fulminante del encuentro y la combinación absoluta. El inicio de la pasión, la confluencia de las ganas y el renacer de la vida. La mirada de la complicidad y el acervo del lenguaje involuntario del cuerpo. Las señales de contacto, el acercamiento desprejuiciado. Debe tener muchos sustantivos, algunos le dicen amor.

¿Cómo hacer sobrevivir un sentimiento noble en la oscuridad de aquellos años? En 1943, en un campo de concentración y siendo judíos las posibilidades eran ínfimas en su cantidad, remotas en su alcance, improbables en su realización.

Quien puede saber cuándo terminan las cosas si todavía no han sucedido. Cuanto valor es necesario para dar un sencillo paso o para emprender un tremendo desafío. ¿Cuánto tiene por perder una pareja de enamorados en un mundo cruel, en guerra y mortal? Quizás todo, quizás apenas. Pero seguramente, siempre valdrá la pena.

Jerzy Bielecky y Cyla Cybulska. Una historia de amor en el campo de Auschwitz

EL plan maestro Jerzy agudizó su ingenio, su astucia, su deseo, el instinto inapelable que conculca el miedo. Y ardor que impulsa. A veces creo que las preguntas son demasiado sencillas para respuestas tan trágicas, pero acaso ¿Cuánto vale la sobrevida sin dignidad, sin la esperanza del renacimiento?

¿Qué sentido podría haber tenido para aquellos dos prisioneros ver como se iría extinguiendo esa naciente llama, contemplando el devenir de la maldad? Sin dudarlo, ninguno.

Motivado por esa reflexión o vaya uno a saber cuántos otros pensamientos, Jerzy planifico un escape. Consiguió un uniforme alemán, fraguó la identificación del mismo y con su conocimiento del idioma se presentó, marcial y con documentos apócrifos, ante la guardia del pabellón donde estaba Cyla, la bella morena.

Le ordenó al guardia que trajese a la prisionera para trasladarla a un interrogatorio. Muerto de miedo, esperó que lo descubrieran o alguien diera la voz de alerta. O que reconocieran su acento, o descifraran los documentos falsificados. Cuando tomó de la mano a Cyla y empezaron a caminar en la nieve de aquel invierno, esperaron siempre (los dos) un disparo en la espalda. Pero eso nunca sucedió.

Ya en los bosques, apretaron el paso y el ritmo de escape. Se alojaron en una casa de amigos, dispuestos cubrirlos y esconderlos mientras pudieran hacerlo. EL peligro no era una metáfora, sino la posibilidad de muerte inmediata. Nada de eufemismo, simplemente eso.

Casi libres, tan cerca. Jerzy se encontró con una partida de sus antiguos camaradas de la resistencia y debió quedarse allí, sin poder comunicarle a Cyla el motivo de su demora. Ella, muerta de miedo y con la acechanza mortal sobre si, escapó en un tren que pudo combinar con su pasaje. El volvió al tiempo, ella se había ido a Estados Unidos. Las casualidades no existen.

Jerzy Bielecky y Cyla Cybulska. Una historia de amor en el campo de Auschwitz

Un hombre y esa mujer, 40 años después Cada uno continuó con su vida. Lejos, desconocidos, sin contacto ni certeza. Con recuerdos, con sensaciones vividas, sin el frio ni el miedo y sin uno con el otro. Ella contaba su historia en la tierra norteamericana; el recordaba esa historia increíble en Polonia liberada de los nazis y de los la URSS. Quiso la suerte o el destino que alguien, supiera de ellos. Y que otro, los relacionara. Y que alguien más hiciera la combinación de eslabones para que de pronto, en el universo infinito y disperso aquel desencuentro del año 1944 se destruyera, en 1983.

Todas las historias tienen un fin. Todas las leyendas se construyen de algún modo. Como esta, la de hoy. Porque Cyla viajó a Cracovia; era viuda y su único contacto con Jerzy había sucedido apenas hacía unos meses, por teléfono. El en cambio no era un hombre libre: tenía familia, esposa, recuerdos, y muchas penas. No sé cuál de todas esas condiciones habrán sido más prisioneras pero cuando Cyla le pidió que se fueran juntos, Jerzy le dijo que no.

Presos o prisioneros, es mucho más que una cuestión semántica. Cyla tenía percepciones, por eso le dijo a Jerzy que ya no volvería nunca. El, en cambio, no pudo concluir jamás con la indecisión que tuvo en ese 1983, y que no había conocido allá en el ’44 cuando un tiro era la posibilidad inmediata.

Él le escribió muchas cartas, ella no volvió a contestar. Cyla falleció en el año 2005 y Jerzy en el año 2011. YO quiero pensar lo que pensó Jerzy, lo que pasó por sus sensaciones después de tanto sufrimiento, y después del amor de Cyla. Después de la soledad, del desencanto, del dolor aplacado. No pude pensar como el pero si de nuevo en Pablo el chileno. Sobre todo cuando decía: Ya no podía nacer de su cuerpo, porque en su cielo no mandaba nadie. Él era su propio cielo verde. El rey de la espesura se convirtió en mendigo. Buscó el amor a tientas en el bosque. Así pasaron las cosas.

Vaya uno a saber que hay después de la oscuridad, después del bosque, después de la espada encendida. Unos dirán que nada, otros que sí, varios insistirán que ya estarán juntos. No lo sé…pero las casualidades no existen.


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