Diego Bergues es un apasionado de las tecnologías. En particular, de la robótica. Así fue que después de estudiar la carrera de Analista en Sistemas, trabajar en una casa de informática y luego comenzar a ejercer como docente, surgió la idea de crear el Club de Robótica Casares en la Escuela de Educación Secundaria Técnica N°1, la misma en la que Diego, con 26 años, terminó la secundaria.

En el club, el docente de 43 años fomenta que los alumnos busquen problemas existentes en la sociedad o comunidades en las que viven, y tratar de solucionarlos a través de la automatización y la robótica.

“Buscamos inculcar valores tales como el respeto, la solidaridad y la empatía”, señala Diego, que con tan solo cuatro alumnos -y sin que existiera la materia en la escuela-, comenzó a dictar clases de robótica y automatización los sábados.

Al ver que crecía el grupo de interesados, creó el Club de Robótica Casares, donde los estudiantes aprenden a crear y programar sus propios robots. “Nuestro objetivo es que aquel que no pueda estudiar carreras como la Ingeniería, igualmente tenga una inserción rápida en lo laboral”, explica Diego, “Apuntamos a una sociedad más justa e igualitaria”.

“Es una forma nueva de abordar diferentes contenidos, de fortalecer la capacidad de trabajar en grupo y organizarse”, señala Hernán Arambarri, director de la escuela.

El límite es la imaginación

Los estudiantes que asisten al club de robótica son curiosos, tienen ganas de experimentar y, sobre todo, con ganas de incursionar en cosas nuevas. “La herramienta que yo doy es Laboratorio de Hardware, que es la base de una placa programable: arduino. Salimos de la placa común que ya viene con una función, acá la función se la dan ellos. El límite es su imaginación”, sostiene Diego, uno de los seis finalistas del Premio Docentes que Inspiran.

Hoy, cada vez son más los estudiantes que se suman al club y, en particular, alumnas mujeres. Esto fomenta su participación en el ámbito de la tecnología y las ciencias. “Creo que la robótica es el futuro y quiero llegar a hacer algo que ayude a la sociedad”, señala Delfina Costales, una de las alumnas de la escuela, “Más que competir, lo que hacemos es compartir y tratar de lograr cosas juntos”.

“Siempre están tomando decisiones, ejerciendo un pensamiento crítico para ver por qué el robot no hace lo que uno quiere, y todo eso lo hacen en un espacio de juego”, destaca Diego, y agrega que uno de los aspectos positivos de que los estudiantes experimenten con estas tecnologías es la aplicación de otros conocimientos (matemáticos, físicos y químicos) en la práctica de la programación y la robótica.

“Hizo un click. Encontró su lugar para desarrollar su intelecto”, destaca Carlos Bernardi, el padre de uno de los alumnos del club.

“Nosotros los alentamos para que se ganen a ellos mismos”, concluye Diego, “y que sepan equivocarse para volver a intentarlo porque eso les da el aprendizaje de la superación que los va a ayudar en su futuro”.

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