PERSONAJES

El hombre que está solo y espera

por Malvina Liberatore

Desde hace casi setenta años, Pascual se sienta a un lado del ventanal de su peluquería y aguarda la llegada de sus clientes. Con el oficio intacto, resiste al paso del tiempo y al frío de una casa que ha quedado vacía.

El hombre de ojos celestes se levanta temprano, pone la pava al fuego y prende el televisor. Vuelve a la habitación, se quita las chinelas, agarra el pantalón de vestir, una camisa a cuadros y hace el nudo de su corbata: cruza la pala pequeña bajo la grande, da la vuelta por detrás, ubica los lazos, anuda, aprieta, corrige el cuello. Vuelve a la cocina. Toma mate, mira las noticias en la televisión y camina hacia el frente de su casa. Atraviesa el pasillo, se pone la chaqueta blanca y levanta la persiana metálica de la peluquería. Sobre una pequeña mesa descansan las tijeras, tres peines y una navaja, él se sienta a un lado del ventanal, clava la mirada en la vereda y allí espera la llegada de su primer cliente. La imagen y la acción se repiten sin descanso desde el 20 de febrero de 1949, el día en que Pascual “Pamperito” Silvani abrió las puertas de su peluquería.

“Soy el ciudadano más viejo de la zona urbanizada de Rafael Obligado, hasta ahora. Tengo un cliente al que le voy a cortar el pelo, vive acá a una cuadra, pero él nació en el campo y el 20 de marzo cumple cien años”. Así se presenta Pascual, peluquero, poeta, el hombre que conoce todos los secretos del pueblo. Nació el 12 de marzo de 1934 en esta pequeña localidad de 800 habitantes del partido de Rojas, provincia de Buenos Aires. A los 84 años, viudo, con dos hijas, cuatro nietos y bisnietos, continúa al frente del negocio, solo cierra a la hora de la siesta y sale a domicilio cuando sus clientes están enfermos o no pueden “por vejez”, tal como lo define: “tengo el cliente que va a cumplir cien años, otro de cincuenta y pico con diabetes y algunos que, cuando no pueden salir por algún motivo, me llaman y voy”.

Las herramientas de trabajo de Pascual, el peluquero más longevo de Rafael Obligado (Valentina Maia Bonzanini)

Cuando lo llaman por teléfono, Pascual toma su valija de cuero con llave, guarda las tijeras, peines, todo lo que haga falta, coloca un cartel escrito a mano en la puerta y se va a pie o en bicicleta. Nunca tuvo auto. “Acá todo queda cerca, no me voy a perder, me voy con esta valijita que es como la que usaba Luis Sandrini en sus películas”, dice Pascual. La valija con restos de polvo entre sus pliegues, el lavamanos de fundición con grifería de mediados del siglo XX y el sillón frente al mueble comprado de segunda mano en los ‘50, hacen de la peluquería un lugar detenido en el tiempo. La figura acompaña al cuadro: peluquero de corbata, chaqueta, zapatos, estrictamente afeitado y de cabello engominado.

Pascual y su otro talento: la poesía (Valentina Maia Bonzanini)

“De chico mi papá me llevó durante dos años a juntar maíz a mano, íbamos a la una de la mañana, con unas heladas terribles, y el tercer año me dijo ‘¿Vas a seguir cortando maíz o vas a aprender algún oficio?’ había un señor que buscaba un chico para que le haga los mandados, que le limpie la peluquería, le barra la vereda, le dije que sí y ahí me metí”, cuenta Pascual y agrega “ahí estuve cuatro años, de los 10 a los 14, a los 14 me largué solo pero en ese ínterin, los domingos pedía una bicicleta y me iba a los boliches de campo donde se juntaban los viejos y les cortaba el pelo. Así fui aprendiendo, siempre estuve rodeado de gente grande”. Antes de cumplir 15, Pascual ya había abierto la peluquería.

Su vida entera transcurrió en el pueblo, no se fue ni por vacaciones. Allí conoció a su mujer y formó su familia. En veranos de apogeo, Pascual atendía clientes desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche. “Los viejos de campo madrugaban, no tanto en invierno, excepto uno que venía en sulky y a las ocho de la mañana ya estaba acá”, recuerda Pascual, “para nosotros hoy es muy difícil ubicarnos porque antes se arreglaba más el hombre que la mujer y hoy es al revés. Los hombres venían, se cortaban el pelo, se afeitaban, se cortaban los bigotes y, al otro sábado, estaban de nuevo sentados en el sillón para afeitarse, arreglarse el bigote, marcarse y sacarse la pelusa. En los mejores tiempos llegue a tener 36 clientes en un día y no había máquina eléctrica, había que hacerlo a peine y tijera. Ahora, con la maquinita voy rápido pero si en aquella época hacíamos un corte de pelo de los que se hacen ahora, nos metían presos”. Pascual se ríe nostálgico, toma la toalla que está sobre la mesa, se seca el lagrimal y vuelve a dejarla.

Además de peluquero, Pascual fue bicicletero, tuvo una perfumería, una zapatería, trabajó en una agencia de seguros, plantó cebollines. “Es que he vivido muchos años, hice de todo, porque la necesidad desarrolla el ingenio”. Y también escribe. Entre sus papeles, Pascual atesora las casi 300 poesías con su firma y una pared de la peluquería está repleta con cuadros de homenajes. Con sus textos pinta el paisaje de un pueblo típico de la pampa húmeda, habitado por comerciantes, niños, maestras, galponeros, peones de campo; todos ellos fueron fuente de inspiración a la hora de escribir. “La gente se sorprende porque hay vocabulario típico de campo en las poesías y yo nunca viví en el que campo, pero los que venían a la peluquería charlaban mientras esperaban su turno y yo escuchaba, entonces todo eso me servía”, cuenta. A veces su mujer se despertaba a la madrugada y, desde la habitación, veía la luz de la cocina encendida: Pascual se había levantado a escribir. “Ella me decía que estaba loco”, recuerda, “pero si no escribía, la idea se iba”. Su mujer murió cuando terminó el último verano y, desde entonces, la casa ha quedado grande.

El hombre de ojos celestes tiene artrosis en las manos y todo lo que sabe lo aprendió mirando. Ahora se levanta para buscar un cuaderno. El paso es lento y hace sonar las chinelas contra un piso de granito. Vuelve a la cocina, se seca el lagrimal con la toalla y la deja de nuevo sobre la mesa. “Acá tengo todos los títulos de mis poesías, en estos días no escribí porque anduve medio embarullado con el tema de que me internaron”. Durante once días Pascual estuvo en una clínica de Junín –una ciudad ubicada a 35 kilómetros de Obligado- y la peluquería, cerrada. Con su vuelta al pueblo, las cosas cambiaron. Su hija ahora levanta la persiana metálica, Pascual amanece un poco más tarde y hace apenas unos días volvió a atender a sus clientes. “Anduve embromado, ahora tengo hambre porque me cambiaron la dieta y no puedo comer nada, qué va a ser… han pasado los años, bueno, te leo los títulos de las poesías”.

El peluquero conoce cada anécdota del pueblo y sus habitantes (Valentina Maia Bonzanini).

En Rafael Obligado, la Capital de la Galleta, “Pamperito” Silvani no es un vecino más. Cada año, en la fiesta del pueblo lo homenajean y los chicos se acercan para preguntarle historias de la localidad. “Los chicos me respetan, yo les cuento que, en los tiempos de antes, la gente de campo venía muy poco al pueblo, entonces les llevaban la carne y el pan, salía temprano el camión tapado con una lona hasta arriba, repleto de galletas para llevar al campo” recuerda Pascual y agrega “supuestamente la hacían de manera tal que duraba una semana sin ponerse fea, entonces decían que la galleta duraba más que el pan, pero no sé si será cierto”. La historia de la galleta es una de tantas, es el vecino más longevo del pueblo y, en casi setenta años, de cara al espejo de su peluquería lo ha escuchado todo. “Si fuera chismoso, podría hacer pelear a familias enteras porque el sillón de la peluquería es como el confesionario de una iglesia, con la experiencia y los años, al cliente le sacás todo lo que querés saber, pero acá es mejor callarse la boca”.

A Pascual le gusta imaginar que Carlos Gardel estuvo sentado en su sillón de la peluquería porque lo compró de segunda mano en Junín y el cantante había visitado la ciudad. Le gusta contar que los hombres de campo aprietan fuerte cuando dan la mano. Le gusta recordar que vendió cebollines de su huerta para pagar la casa y le gusta charlar con sus vecinos. Todos sus días, desde hace setenta años, empiezan junto al ventanal, con la mirada fija en la vereda, esperando clientes. Espera con el peine en la mano izquierda y la tijera en la derecha. Acomoda las batas de tela de sábana, barre el piso y se lava las manos haciendo girar el grifo de los años 50. Luego hace el receso obligado de la siesta y vuelve al salón hasta que su hija, al final de la tarde, pasa de nuevo y baja la persiana metálica de la peluquería.