MALVINAS

La plegaria del soldado Canyazo

por Miguel Ángel Reynoso

El padecimiento de uno de los tantos hombres que combatieron en la batalla de Goose Green y Puerto Darwin, una de las más duras de la Guerra de Malvinas. A pesar de ello, nunca recibió la medalla al herido en combate. Por haber sido atendido por médicos ingleses, no figura en los registros de los heridos de la tropa argentina. Ni en la historia. 

El soldado clase 63, Miguel Ángel Canyazo, está en una cama del hospital Alvear de Comodoro Rivadavia. Yace inconsciente, en posición fetal, con los ojos abiertos y apagados; y lleva así casi diez meses.

Una madrugada de julio de 2017, sonó mi teléfono y vi un número conocido. Era Miguel y lo atendí. Pero no era Miguel, era Alejandra, su mujer. Me pidió disculpas, aunque no debía hacerlo, y luego me dijo que Miguel había ingresado en la sala de terapia intensiva; pero antes le susurró que me avisara. Desde entonces el soldado Canyazo no despierta. Íntimamente nadie podría esperar que lo hiciera.

Hay historias que parecieran anacrónicas, inapropiadas, sin mérito para ser recordadas; sobre todo aquellas que parecieran un sueño lejano que preferimos olvidar. Tal vez éste sea el caso de un hecho ocurrido en mayo de 1982 y que tiene como protagonista al hombre que aún sobrevive recostado en la cama del hospital.

Como mencioné era mayo, más precisamente 28 por la mañana. Miguel Ángel Canyazo, tenía 18 años y junto a sus compañeros avanzaba en fila de dos, en formación de cuña por las ondulaciones del istmo de Darwin; esa extensión de terreno de nuestras Islas Malvinas, conocida como Goose Green o Prado del Ganso o Ganso Verde. Tenían como misión encontrar a los paracaidistas ingleses, enfrentarlos y detenerlos, mientras los defensores del poblado se reagrupaban o llegaban refuerzos. Pese a su apariencia, no es esta sólo una anécdota de la guerra.

El 2 de abril de 1982 comenzó el conflicto bélico que duró 74 días y terminó con la Argentina rendida en las Islas.

Los hombres

Los combates en tierra malvinense habían comenzado y el 15 de mayo un grupo de hombres al mando del teniente primero Carlos Esteban, arribaron a la zona de San Carlos, a unos 80 kilómetros de Puerto Argentino y a 35 de Puerto Darwin, en la Isla Oriental; Soledad.

El denominado equipo de combate Güemes, estaba integrado por soldados del regimiento 25 provenientes de Sarmiento (Chubut) con Esteban a la cabeza; una sección de tiradores con 42 hombres que comandaba el subteniente Roberto Reyes y la sección apoyo con 20 efectivos del Regimiento 12 de Villa Mercedes (Corrientes) a cargo del subteniente José Vázquez.

Este grupo de soldados sería el primero en enfrentar cara a cara a los ingleses, luego de aquel inicial contacto con el enemigo que tuvo lugar el 2 de abril. Fueron precisamente los “Bravos del 25” quienes hicieron pie en las islas aquel día de la recuperación.

En cambio, los soldados del 12 habían llegado luego de atravesar una serie de peripecias, que incluyeron órdenes y contra órdenes en el continente. Primero designados a la defensa de la costa de Comodoro Rivadavia (Chubut) hasta el puesto La Lobería hacia el sur y en el corazón del Golfo San Jorge. Luego trasladados “al completo”,como designa la jerga militar, hacia Caleta Olivia y Cañadón Seco en Santa Cruz.

Este destacamento estaba integrado por soldados correntinos y su jefe era el teniente coronel Italo Piaggi, un oficial apegado irremediablemente al reglamento y al apotegma militar de dar y cumplir ordenes.

Cuando logró finalmente organizar su tropa en toda la costa caletense y pensando que esa sería su misión hasta el final del conflicto, un radiograma recibido en la única comisaría local le informó que debía viajar a la ciudad de Río Gallegos aún más al sur. Allí se entrevistaría con un contacto del que tendría detalles en el mismo lugar.

La orden incluía viajar de civil y en vuelo regular, para disimular su condición de militar; algo que de todos modos era imposible dado el porte y la mueca severa que delataba al soldado Piaggi en todo momento.

Era 18 de abril a las 10 de la mañana y apenas si tuvo tiempo para comprar traje y corbata en una tienda local. Tan era el apego al reglamento de Piaggi, que en su equipo personal había evitado incluir alguna prenda que no fuera verde o marrón; de combate o de fajina. Luego supo que con quien debía reunirse era el capitán Armando Sánchez, y que su misión completa era llegar a la capital de Santa Cruz y hacer un relevamiento en la zona de “El Zurdo”, limítrofe con Chile, como él mismo reveló en su libro Ganso Verde, nombre que aludía a él mismo, como me confesara en una charla un par de años antes de su muerte.

Allí me explicó por qué detalló con minuciosidad aquel diario de guerra, en el que ironizaba sobre su condición de militar algo obtuso. Ocurre que Piaggi, fue el único oficial condenado en tribunal militar luego de la guerra y se consideró vilipendiado por el informe Rattembach.

“Por eso me decidí a mostrar que todas esas marchas y contra marchas y la falta de un plan definido, fueron la perdición. Me puedo hacer cargo de cómo combatimos, pero no de un plan superior negligente”, me remarcó aquella vez con enojo. Yo me encontraba en el sur, y él en Buenos Aires y me recomendó leer su libro nuevamente ya que lo había corregido y enmendado al punto de agregarle páginas. En esa segunda lectura creí comprender que el destino de los soldados Canyazo y Piaggi, debían ser redimidos; absueltos al menos con palabras como epitafios.

En el conflicto, que comenzó el 2 de abril de 1982, participaron por el lado argentino 23.428 combatientes, según datos oficiales del Ministerio de Defensa de la Nación

Cuestión de espíritu

Mientras Ítalo viajaba a la ciudad que había sido su primer destino como joven oficial allá por el año 57 en el regimiento de infantería 24; arribaba a Caleta Olivia la última columna de camiones provenientes de Corrientes.

En su mayoría los vehículos presentaban serias averías y el largo camino desde el Litoral a la Patagonia, los había golpeado de manera evidente. Piaggi recuerda que fueron los vecinos, mecánicos, electricistas, chapistas y gomeros los que le tendieron una mano y recompusieron la movilidad de su regimiento.

En apenas dos días, aquellos hombres pasaron de hacer guardia en calles y edificios de la ciudad, a alistarse para volver a marchar hacia la fría frontera con Chile, en el extremo sur de Santa Cruz.

En 48 horas, el regimiento 12 pasó del despliegue al repliegue; y pese a todo, el soldado Piaggi mantenía un espíritu fenomenal, me había aclarado en aquella lejana charla, como si hiciera falta explicarle a un lego de la ciencia militar, que “sin espíritu, no se puede combatir”.

Fue así que a las 20 horas del 22 de abril, ya no quedaban soldados del 12 en Caleta Olivia, y por la ruta nacional 3 se extendía el convoy de camiones, jepp y algún que otro vehículo civil.

Pero las penurias no le daban respiro a Piaggi y su regimiento. En plena marcha hacia el sur, a la altura de Tres Cerros, nuevamente la policía provincial fue la mensajera de más malas nuevas. Ya era de noche y otro radiograma le imponía nuevas acciones: detener el movimiento de la unidad y regresar al punto inicial. Y presentarse antes de la medianoche al comando de brigada en Comodoro Rivadavia para recibir nuevas ordenes”. En un juego de la oca diabólico; Piaggi avanzaba y retrocedía.

Como si caminaran en círculo, el regimiento giró y puso marcha opuesta, mientras se adelantaban dos emisarios para que la ciudad que hace horas los acababa de despedir entre emoción y gritos de “Viva la Patria” le volviera a abrir sus puertas.

Esa madrugada, Piaggi, comunicó a su plana mayor la nueva misión: el regimiento debía ser trasportado a Malvinas por medios aéreos y navales. Esa orden capital para la nueva operación sería comunicada a la tropa a las 9 de la mañana y debería ser ejecutada en 24 horas.

La noche anterior a la partida hacia Malvinas, el teniente coronel aceptó a regañadientes la invitación a cenar que le hizo “El Tano” Rigolli, un viejo veterano de la Segunda Guerra Mundial, que hacia el final de aquella contienda había sido prisionero ruso en la helada Siberia. Tal vez, por esto fue que Piaggi aceptó el convite y no estuvo en aquella última cena en el continente que tendrían sus hombres.

Justamente ese había sido el argumento del Tano para convencerlo. “Venga Jefe; en la guerra nunca se sabe cual va a ser la ultima comida caliente”, le dijo y así fueron juntos hasta el “Capri”, el hotel de Rigolli.

En aquella cena, el viejo veterano italiano le había dejado un comentario como al pasar, que sería siempre recordado por el oficial argentino.”Coronel, puede que sea su última comida decente en el Continente y digo la última porque… ¿acaso usted tiene seguridad que regresará?”, dijo en su español cocoliche, como una sentencia entre presagio y enigma.

Piaggi no olvidó nunca más esas palabras y tampoco esa ciudad junto al mar; a las fuerzas vivas que atendieron a sus soldados, repararon sus camiones y arroparon con bufandas recién tejidas a los “cuchilleros correntinos” como se los mencionaba en el pueblo.

Pero después de un día de idas y vueltas, las complicaciones no terminarían ahí. En Comodoro Rivadavia, no había  contenedores disponibles para cargar el equipo pesado. Además, todo ese material que incluía cocinas de campaña, carros aguateros, pero sobre todo el armamento pesado, debía ser cargado en Puerto Deseado, a casi 400 kilómetros de donde se encontraba; y debía hacerse a las 14 horas. Eran las 12.

Esas ordalías tal vez sirvieron para prepararlo; para amortiguar o inmunizar su espíritu de combate, contra lo que aun debería enfrentar: la batalla de Darwin y Ganso Verde.

El coronel Ítalo Piaggi comandaba a los soldados del regimiento 12. Llegaron a Malvinas tras una serie de peripecias, que incluyeron órdenes y contra órdenes desde el continente.

Los bravos

A diferencias de los de Piaggi, los hombres del 25 llegaban a ese día culmine en otras condiciones. El Jefe de “Los bravos” era – el ya en esa época mítico – Mohamed Alí Seineldín.

El Turco, igual que Piaggi, era teniente coronel; pero era lo opuesto a este estructurado militar. Seineldín era arriesgado, pero no temerario; sabía cumplir ordenes pero no comía vidrio. Si era necesario cumplir la misión lo hacía, pero no a cualquier precio. De todos modos, el precio siempre era cumplir la misión. Y tal vez por esa diferencia tan sutil de percibir la acción, es que sabiendo que “algo grande se estaba preparando”; comenzó a adiestrar a la clase 63, casi apenas cruzaron el Puesto Arco en el ingreso del regimiento 25 de Colonia Sarmiento.

Esta unidad tenía una ventaja sobre otras; los jóvenes oficiales con los que contaba tenían “hambre de gloria”. Estaban “haciendo Patria” en la Patagonia y además tenían de jefe al “Turco”.

Desde el inicio del año, Seineldin los sacó al campo, los curtió en el frío, el barro y el viento. Tiraron con todo lo que tenían y les impuso la mística de los Comandos. Precisamente, él había sido el primer instructor de tropas de elite argentinas y creó el grupo “Halcón 8”. Es por esto que el “galpón –gimnasio” de Puerto Argentino, donde se alojaron las Compañías 601 y 602 se denominó “la halconera”.

Intuitivo como pocos, Seineldín sabía que la hora se acercaba y les dijo a sus oficiales que dieran el ejemplo en todo y que establezcan una relación de hermandad con la tropa. Ese espíritu ( nuevamente el espíritu) de cuerpo, les garantizaría compromiso al ejecutar cualquier misión. Sobre todo aquella que él vislumbraba próxima.

Por eso cuando recibió las ordenes de marchar a Malvinas; solo lo sorprendió la fecha; era pleno invierno. Convocó a sus oficiales, les hizo hacer un juramento de secreto y luego levantó la sabana que cubría el pizarrón en donde había pegado el mapa de las islas.

Luego todo fue una tormenta de acciones encadenadas. Preparar el equipo, enmascarar la misión como si se tratara de una práctica de adiestramiento e instrucción y antes de partir, entregar a todos los soldados la boina verde hasta ese momento solo reservada para oficiales y tropas especiales. Fue el regalo, la condecoración anticipada del Turco a sus hombres; entre ellos, el soldado Canyazo.

La entrada en acción el 2 de abril se demoró porque el helicóptero que debía transportar a los soldados que tomarían la casa del gobernador, se averió durante el viaje de ultramar que la posteridad conoció como “operación Rosario”, nombre también impuesto por Seineldin.

En aquella acción para rendir al gobernador Rex Masterman Hunt, murió el capitán y buzo táctico Pedro Giachino. Recuerdo que Seineldín me dijo que la madre del “comando anfibio” le había espetado: “mi hijo murió cumpliendo una misión que era suya. Usted sabrá qué debe hacer”.

Esa fue la orden entre líneas que le impartió la mujer que parió al primer gran héroe argentino de esa guerra. Como una experta en mayéutica, Delicia Giachino le dio una respuesta con una pregunta: “usted sabrá qué debe hacer”, le dijo y Seineldín hizo lo que debía.

Esa orden de operaciones fantástica, llevó al regimiento 25 a ser la pesadilla de los ingleses. Inspirados por su jefe, Los bravos sabían que hacer y lo demostraron el 21 de mayo.

“Los Bravos”, comandados por Mohamed Alí Seineldín tenían hambre de gloria. Seineldin los sacó al campo, los entrenó entre el frío, el barro y el viento. Entre ellos estaba el soldado Canyazo.

El enemigo

El subteniente José Vázquez iba armado con un fusil Lee-Enfield 303, que pertenecía a su padre y antes a su abuelo. Este “fierro” inglés lo acompañó cuando junto con sus 20 soldados fue designado para apoyar a Esteban en una patrulla que debía dar el alerta temprana en caso de divisar un posible desembarco enemigo.

Fueron sus hombres de la sección apoyo, los que dieron el primer aviso sobre la cabecera de playa en la zona de San Carlos. Al amanecer de ese día, cuando revisaban el armamento un soldado comenzó a llamar a gritos advirtiendo que en la desembocadura del río había al menos cinco fragatas, rodeando y protegiendo un enorme Queen Elizabet desde donde partían incesantemente lanchones de desembarco. No era tan sorprendente ver los barcos de guerra, como a aquel crucero de lujo, en el cual había llegado la tropa enemiga.

En esa acción, el equipo de Combate Güemes derribó tres helicópteros artillados ingleses y sorprendió a los británicos que no esperaban ningún tipo de recepción y menos a los tiros.

Luego de ese contacto con el enemigo y de infligirle bajas inesperadas; los soldados de Esteban comenzaron el repliegue cada uno como pudo.

Fue Reyes, quien sufrió el peor asedio y a lo largo de toda la guerra peregrinó con su grupo de tiradores, chocando una y otra vez con tropas británicas; mientras buscaba un camino seguro a Puerto Argentino.

Sobre el encuentro en San Carlos, Vázquez dijo escuetamente al llegar a Puerto Argentino: “en ese momento solo pensamos en dar la novedad al superior”.

Tal vez fue timidez mas que conmoción por su bautismo de fuego, pero en “la halconera” donde fueron recibidos como héroes, el joven subteniente habló con palabras profundas pero desapasionadamente.

“Con respecto a lo que sentí, fue una emoción muy grande que no se puede describir. Uno ve al enemigo tan de cerca, no se puede describir”, insistió y de inmediato aclaró que lo que sintió fue tranquilidad. Una vez usada la palabra tranquilidad, su relato parecía que iba a cobrar otra fuerza, otra magnitud; pero optó por ser convencional.

“Sentimos tranquilidad porque uno sabe con la gente con la que se trabaja. Pensamos un rato y después actuamos”, describió frente a los primeros corresponsales de guerra que grababan para la televisión argentina.

Aunque el periodista insistía para conocer los detalles, Vázquez se expresó como si diera un discurso a los televidentes que estaban en el continente, a lo mejor preocupados tanto por la guerra como por la proximidad del mundial de fútbol en España.

Tal vez para no alterar la necesidad de calma de los compatriotas que apenas si habían asumido que estábamos en guerra y sus soldados bajo fuego; el joven subteniente lanzó: “la unión que hay en todo el Ejercito hace que los resultados estén a la vista. Este es un grupo de personas muy destacadas y eso nos permitió actuar y golpear al enemigo. Para los que quedan en el continente, que se queden tranquilos, que de acá no van a pasar”, sentenció.

El cronista se impacientaba. Quería una miscelánea del combate, las acciones; disparos, helicópteros estallando por los aires o cayendo en llamas, pero Vázquez lo interrumpió. “Primero tendría que pedir autorización a mis superiores para poder contar como ocurrieron los hechos. Primero debería relatárselos a ellos”, dijo y sonrió a cámara.

Un año después, con un impecable traje gris, el cabello crecido al punto de peinar un elegante jopo; con una imagen muy distante a la de aquel flacucho de pelo ralo oculto en parte por un casquete y bigotito incipiente, Vázquez relató las acciones que luego tuvieron continuidad en los campos de Prado del Ganso.

Desesperados por obtener una victoria o un resultado positivo para comunicar a la opinión pública británica, los jefes de la política de la Corona enviaron desde Londres el mensaje: muévanse y caigan sobre los argentinos.

Para esa fecha las Task Force habían sufrido golpes desde el aire y al menos cuatro barcos de importancia estaban fuera de combate. Entre otros, los aviones argentinos habían hundido el portacontenedores Atlantic Conveyor, reduciendo la capacidad operativa de los ingleses por la pérdida de helicópteros y vehículos de transporte. Eso había ocurrido el 25 de mayo y al día siguiente el general británico Julian Thompson, llamó a Londres con un enlace satelital, no con cierto temor de ser insultado.

Desde el cuartel general de las operaciones Atlánticas Británicas, la orden fue más que clara: había que ir a buscar a los argentinos y vencerlos. De no hacerlo de inmediato sería relevado de su cargo como jefe de los expedicionarios.

El asalto, que en principio se había suspendido por falta de medios disponibles, ya que el objetivo principal para los ingleses era Port Stanley (según lo identificaban ellos) y las pérdidas materiales ya comenzaba a preocupar, finalmente se lanzó el 28 de mayo.

El 30, tras la caída de Puerto Darwin en un combate que duró casi un día y medio, El jefe del estado mayor ingles Sir Edwin Bramall, felicitó al Regimiento de Paracaidistas 2. Allí mencionaba la actuación de “un batallón” que había vencido a una guarnición que los superaba ampliamente en número. “El Batallón ha ejecutado un hecho de armas que enorgullece las glorias del Ejército Británico”, decía el caballero de la Reina.

Solo por el hecho fáctico de la rendición de los argentinos el 29, el resto no se ajustaba a la realidad. A un año de distancia, enfundado en su nueva vestimenta “de civil”, el ya ex subteniente Vázquez contó lo que ocurrió verdaderamente en el campo de batalla y en el pequeño poblado de Darwin.

La maldición

Piaggi finalmente llegaría a Darwin, su destino fatal. Junto a sus soldados había aterrizado el 24 de abril a las 17.20 horas en la pequeña pista de Puerto Argentino, donde todo era un hervidero. No los esperaban.

La maldición anónima pesaba sobre él; esa noche soplaban vientos de mas de cien kilómetros por hora, llovía intensamente y las carpas de campaña volaban por los aires. Debió pasar la noche cavando pozos junto a sus soldados para guarecerse.

Antes de dejar el continente se la había comunicado que sería transportado hacia la isla Gran Malvinas, tal vez a Puerto Howard. Al día siguiente lo supo y no lo sorprendió, había cambio de planes: ocuparía el istmo de Darwin. Goose Green.

“Mi planeamiento preliminar para ese movimiento fue al canasto”, recordaba con fastidio.

El 26 de abril recién se encontraban en la falda sur del Monte Challenger, en donde volvieron a pasar otra noche a la intemperie; alguien había determinado que allí debían esperar. “Maldigo esa orden con toda mi alma y al que la impartió, quien quiera que fuese; no puedo evitarlo”, dijo y escupió al suelo.

El 30, y cuando se dispuso que helicópteros, como ángeles, los llevaran a su destino, Piaggi finalmente hizo pie en Goose Green.

El jefe del 12 había quedado a cargo de la denominada fuerza de tareas Mercedes – por la procedencia de su regimiento – y había incorporado a los efectivos del 25, que estaban allí en ese pueblito desde el inicio de las acciones.

Las primeras medidas que tomó tuvieron que ver con la orden de “bien arriba” de tratar a los isleños como ciudadanos argentinos, por ser habitantes de su territorio insular.

Bajo la responsabilidad de los hombres de Seineldín, los habitantes de Darwin habían sido confinados a un pequeño edificio en donde se les proveía de alimentos y un médico los revisaba periódicamente.

Las casas habían quedado bajo la custodia de los soldados, quienes además las refaccionaron y limpiaron. Según un oficial que tuvo a su cargo esa tarea, aquellos “kelpeer” (algueros) vivían como en el siglo XIX. Todo el poblado estaba como cubierto de una pátina “Eduardiana”.

Pero al llegar Piaggi, literalmente los “liberó”, les restituyó sus hogares ahora renovados y les otorgó los derechos de ciudadanos argentinos.

Por otra parte comenzó a organizar la defensa del lugar, pero sobre todo atendió a la nueva misión que le habían encomendado: ser la reserva de Puerto Argentino, para el caso de necesitar un contragolpe o reforzar la capital de las islas en caso de ataque directo.

Envió al Equipo de combate Guemes para ser los ojos de Puerto Argentino en el estrecho de San Carlos, y puso en marcha el dispositivo de defensa, que se sustentaba principalmente en los soldados del 25.

Desde aquel 15 de mayo que parecía tan lejano hasta las vísperas de la batalla, todo fue incesantes bombardeos aéreos y navales; ir y venir de tropa, disciplina y desplantes intermitentes de un Piaggi que a la distancia recordaba lo que había pensado el día en que salió de Villa Mercedes con sus “jóvenes correntinos” que hoy parecían a veces fantasmas y otras, guerreros. Mas de la mitad de la tropa nueva era analfabeta y ante la premura del llamado a las armas, optó por partir con los recién incorporados clase 63. Quien sabe si no se reprochara no haber desobedecido aquella primera orden, a menos objetarla y esperar que volvieran los soldados formados de la 62.

Tan distintos aquellos hombres del 12 y el 25, tan distintos sus jefes y sus motivaciones, pero compartían el campo de batalla como una jauría.

Los defensores

La defensa real de toda la zona estaba a cargo de poco mas de 300 soldados, con escaso apoyo de armamento pesado. Este era el equipamiento del 12, que había quedado en Puerto Deseado. Lo que ocurrió es que cuando finalmente se logró cargar el material en el buque mercante Córdoba, éste sufrió una avería en el mismo muelle. Aunque no está del todo claro cómo ni por qué, todo aquel equipo posteriormente fue descargado y el buque fue reparado para seguir viaje, pero no hacia las islas.

Incluso después de haber dejado el continente, la suerte de Piaggi, parecía burlarse de él y sus hombres a la distancia.

Uno de esos hombres era Vázquez, quien con su viejo pero efectivo fusil fue junto con el subteniente Ernesto Pelufo, uno de los oficiales del 12 en ser incluidos en la defensa militar de Goose Green.

“Los ingleses atacaron con un batallón de paracaidistas reforzado. En el lugar nosotros teníamos una base de la Fuerza Aérea una compañía de servicios, que serían unas 200 personas mas, pero que no combaten. En realidad para defender había aproximadamente unos 350 combatientes nuestros”, dijo Vázquez buscando precisión en su relato en aquella entrevista en la que se permitió contar lo que durante la guerra había preferido guardar.

Allí recordó que los ingleses tenían artillería de campo, apoyo de armamento pesado, artillería naval, aviones.

“En realidad no hubo choque o enfrentamiento de masas grande. Los paracaidistas no conquistaron, los que lo hicieron fueron los misiles y la artillería naval, eso destrozó a nuestra gente”, dijo para graficar la crueldad de las acciones.

Pero de inmediato aclaró: “nuestros soldados no se movían, resistieron y combatieron. Cuando los ingleses se dieron cuenta que esta gente se resistía a pesar del intenso fuego, recién ahí comienzan a adelantar sus secciones”, describió de manera sencilla el momento en el que se desencadenó el ataque final de los paracaidistas.

En este combate los soldados de infantería serían los actores principales. Entre ellos el soldado Canyazo.

La defensa de la zona estuvo a cargo de 300 soldados con pocas armas y equipamientos. Entre ellos estaba el soldado Miguel Ángel Canyazo.

Campo de batalla

Días después de la escaramuza durante el desembarco inglés, Esteban, que estaba en Puerto Argentino, pidió regresar al campo de batalla.

Al llegar, en compañía de Vázquez vieron el desorden que reinaba; pero en ese contexto nadie podía decir cómo y cuál sería el desenlace.

Durante 39 horas ocurrirían eventos solemnes, teatrales y terribles. Comenzó con la orden de operaciones 507, ataque de disuasión. En el lugar había exactamente 1.093 hombres, unos 852 soldados, 196 oficiales, y 45 oficiales. Se dispararon 1.800 proyectiles, con cañones Oto Melara de 105 milímetros y hubo cuatro ataques aéreos a la tropa enemiga.

El ataque final se inició a las 11.25 del 28 de mayo y de allí en mas todo fue fastidioso para Piaggi.

Al mediodía la zona estaba literalmente “rodeada” por el “Para 2”, pero los jefes de Puerto Argentino le informan que debía contraatacar, y perseguirlos.

“La situación del enemigo está muy lejos de ser una situación operacional que posibilite la ejecución de una operación de esa naturaleza; no estoy en condiciones de perseguir. Me daré muy por satisfecho si logro estabilizar el límite anterior del campo y hacer pie firme en el mismo”, responde Piaggi. Cambio radial: “se repite y confirma la orden; perseguir”.

El teniente coronel, apenas si se logra contener unos segundos antes de estallar un jarro de aluminio contra la pared. Según su opinión, su regimiento “está en pelotas” y además enfrenta una fuerte interna con su plana mayor, en la que debe compartir el mando con el vicecomodoro Wilson Pedrozo.

Tal fue la disidencia entre ambos, que la llevaron más allá del campo de batalla y la transformaron en literatura, en libros que parecen contar dos guerras totalmente distintas.

La diferencia no sólo tenía que ver con que uno era un caballero del aire y el otro de la tierra, sino además su percepción de la historia y su rol en la misma, como ya se verá en el minuto final del combate. Alejados de todas estas intrigas, la tropa resiste e incluso ejecutan peligrosas aproximaciones al enemigo.

Esa mañana, mientras sus “mandos superiores” intercambiaban opiniones, el subteniente Juan José Gómez Centurión va al encuentro de su némesis.

Decisiones

Centurión, estaba al frente de la Sección “Romeo” de la compañía C del 25. Los intensos bombardeos habían comenzado la noche del 27 y el día anterior ellos habían sido enviados a unos 4 kilómetros del caserío junto el puente de Bodie Creek. Ese inoportuno movimiento de hombres cuando ya se sabía que los ingleses acechaban sería en parte producto de un episodio que marcaría definitivamente el curso de la lucha.

Apenas una semana antes, el 22 de mayo, una lancha guarda costa de la Prefectura Naval partió de la capital de las islas con dirección al puerto de Darwin.

Llevaba 15 soldados, tal vez del Regimiento Logístico 9, o del Regimiento 8 de Comodoro Rivadavia, además de un cañó Oto Melara de 105 mm. La pequeña embarcación navegaba casi pegada a la costa y al pasar por la Bahía Choiseul fue atacada por dos aviones Sea Harrier. La incursión de esa patrulla tomó por sorpresa a la dotación, pero sobre todo al Cabo Segundo Julio Omar Benítez que se encontraba “amarrado” a la ametralladora Browning de 12,7 milímetros, y recibió dos impactos mortales. También hubo impactos en el arma que manejaba el Ayudante de Tercera Juan José Baccaro.

En el tambuche de la embarcación estaba el Cabo Segundo Raúl “El Gallo” Ibáñez, que operaba las maquinas. Al ver que el agua comenzaba a ingresar a borbotones a la lancha por los agujeros que habían dejados los proyectiles, decidió salir a cubierta. Lo primero que vio fue a su amigo, Benítez, desplomado pero sostenido por el correaje que lo ataba a la ametralladora. Ibáñez me contó años después que no lo podía creer. Desde que se habían echo a la mar para llegar a las islas, Julio le recomendaba que “anduviera con cuidado” y siempre mirando atento para que no lo sorprendiera el enemigo. Y ahora él estaba allí; había sido sorprendido.

De inmediato tomó el arma y miró al cielo como le había recomendado Benítez y vio venir esa silueta negra e intimidante. Apenas calculó y disparó una ráfaga. “Se comió la cortina de balas”, me explicó con sencillez, la manera en la que puso fuera de combate a ese moderno aparato que despegaba del portaaviones como si fuera una nave espacial.

Espantado el peligro, se inició la tarea de evacuación, mientras el barco se escoraba casi sobre la costa, y se inundaba irremediablemente. Luego llegaron helicópteros del ejército y trasladaron a los heridos y al fallecido, que el 24 de mayo fue enterrado con honores militares.

En la guerra nadie combate un minuto mas de lo que quiere combatir; basta con levantar el fusil y listo.

El resto de la tripulación llegó a Puerto Darwin, y allí un Prefecto le comentó al joven oficial que lo recibió, que en el interior de la nave había además de un cañón, alimentos y ropa.

Fue así que Centurión junto a un par de sus “Bravos” y se dirigió al lugar. Trabajó horas durante casi tres días; sumergiéndose para recuperar el equipo, incluyendo la pieza de artillería completa. Sin más oxigeno que el de sus pulmones, el oficial se lanzaba y en apnea, resistía todo lo que pudiera para vaciar la bodega.

Juan José recuerda que esa sensación límite y sofocante, lo perseguiría por algunos años mientras dormía.  Si bien el cañón era importante, para sus hombres los víveres y los uniformes nuevos recuperados, parecían el botín más valioso, y de hecho se lo apropiaron de inmediato. Ante la noticia, uno de los tantos jefes, apareció en el lugar para despojarlos.

La hazaña de Centurión no había sido del todo bien vista por algunos superiores. Ese entredicho derivó en que el día 26, toda la sección Romero fuera enviada al “patio de atrás” del dispositivo.

Cuando estaban terminando de instalarse en sus nuevas posiciones, los sorprendió el bombardeo naval del 27 de mayo.

Aún nadie los había “invitado” a desplegarse en el terreno y entonces Centurión se invitó solo. Esperó un tiempo prudencial y sin comunicación con sus superiores ordenó marchar de regreso al poblado. Antes dejaron lo que eventualmente les impediría o incomodaría al combatir y cargaron todo el armamento disponible y la munición. Así llegaron con las primeras luces al escenario final.

Cuando se presentó ante los jefes todas fueron malas noticias. La peor, es que había muerto su amigo Roberto “Toto” Estévez, en un enfrentamiento con los paracaidistas producido a la madrugada.

Estévez se transformaría entones en un ícono de la guerra, y la historia de ese combate sería una épica casi homérica. Había luchado hasta el límite, hasta morir junto a varios de sus hombres, entre ellos el soldado cordobés Fabricio Carrascul, quien al quedarse sin superiores inmediatos tomó el control de la sección hasta que también cayó abatido.

Una vez, hablando sobre esos precisos momentos, para intentar entender por qué los soldados en inferioridad de condiciones lucharon hasta morir, o hasta el límite de sus posibilidades, Centurión me dijo: “No se trata de ordenes, se trata de un compromiso con el otro. En la guerra nadie combate un minuto mas de lo que quiere combatir; basta con levantar el fusil y listo”.

En el tablero del diabólico juego de la oca que aprisionaba a Piaggi, alguien había dado un puñetazo y las piezas volaban por los aires, y el teniente coronel ya pensaba en levantar el fusil, su espíritu parecía haberlo abandonado.

Combatir

Aunque, en los planes de Piaggi, un contraataque parecía una fantasía, Centurión y sus poco menos de 40 soldados fueron a bloquear una penetración inglesa hacia el este de monte Darwin.

Desde esa mañana y por casi tres días, los hombres de la sección Romeo, no probarían alimentos y apenas si tomaron agua de sus caramañolas.

La sección de Centurión estaba compuesta por cordobeses y sureños, entre ellos Miguel Canyazo, y dos de sus mejores amigos que esa noche morirían en el campo de batalla.

Los hechos se desencadenan con absoluta rapidez. Nuestros soldados encuentran su objetivo, detienen al enemigo e incluso luego de 30 minutos de combate, Centurión le pide la rendición al “jefe ingles”. No se trata de simplificar la situación, pero a los fines de ser conciso debo decir que así fue como ocurrió.

Para la posteridad quedará que en esos combates murió el teniente coronel Jones, jefe del Regimiento 2 de Paracaidistas y que las crónicas británicas hablarán de uno de los enfrentamientos más duros de aquella guerra.

Como si fuera una película, sin dramatismo pero con pasión, Miguel me contaba que a los ingleses les venían “tirando con todo lo que había”; pero en un momento “no había más con que tirarles”. Y la orden fue replegarse hasta hacer “contacto con la propia tropa”.

Ya atardecía, estaba oscuro y caía una persistente llovizna. Había fogonazos, y el ambiente estaba como envuelto por un rugido constante.

El soldado Canyazo estaba en automático, en esa mecánica del combatiente que se deja llevar y pelea como si esa situación le resultara familiar desde siempre. A esta altura, Malvinas era su casa, sus compañeros eran “sus hermanos”; el subteniente su hermano mayor y mirar la bandera lo hacía conectarse con su Comodoro Rivadavia natal.

Pero ahora estaba metido en el combate y no había tiempo para pensar nada más que en “matar o morir”; así de claro. Por eso, en el instante que un proyectil le impactó en la cabeza y lo tiró al suelo, no le pareció nada raro, era una posibilidad.

Solo momentos antes, “el Chato” José Onorio Ortega, había recibido un impacto mortal, también en la cabeza y Ricardo Andrés Austin, “un tipo increíble” que venía de la zona rural de Teka, recibió una ráfaga de ametralladora cuando intentaba silenciarla. Así los tres amigos yacían entre barro y sangre mientras los sonidos se iban apagando.

El choque con los ingleses había cambiado de rumbo y ahora la sección Romero debía replegarse. Mientras esto ocurría en el poblado, Vázquez junto a lo que quedaba de la Fuerza de Tareas Mercedes, intentaba retomar el control de la situación y la resistencia crecía en proporción al hostigamiento, llegando a extremos. Uno de ellos fue cuando los operadores de la ametralladora antiaérea Oerlickon dejaron de apuntar al cielo y decidieron hacer blanco sobre la tropa inglesa.

“Cuando disparaban sobre los paracaidistas, diez se tiraban al suelo y solo se levantaban algunos”, recordaban Vázquez, nuevamente refutando la versión enemiga respecto a las pocas bajas sufridas.

De todos modos, el sonido de los bitubos se apagó cuando dos aviones ingleses aprovechando la desprotección antiaérea, le lanzaron dos bombas y pusieron fin al flagelo de los paracaidistas.

No todo ocurría simultáneamente, pero de la reconstrucción del combate, los recuerdos y testimonios se superponen. Son cosas de la guerra, me dijo tiempo después Piaggi, mencionando que pese a que el soldado Carrascul había muerto esa madrugada, en el parte de novedades no figuraba su baja. Esa anotación aún está sin corregir en el cuadernillo en el cual se llevó las novedades del combate y permanece en los archivos del Ejército.

Tal vez por eso a nadie le extrañó, que Canyazo no estuviera en la lista de heridos; y quien sabe si lo daban por muerto. En la sección Romeo se habían producido muchas bajas.

Hubo numerosas escaramuzas y choques que incluyeron una sección de infantería del Regimiento 8, que encabezó el subteniente Guillermo Aliaga. También el feroz combate que protagonizó esa mañana el subteniente Ernesto Peluffo, con sus hombres del 12, hasta quedar herido.

Durante el día, los ingleses debieron bajar la intensidad pero a medida que anochecía, el agotamiento de la tropa argentina, les dio la posibilidad de superar los pequeños focos de resistencia.

Una incursión de helicópteros que había tenido lugar para transportar refuerzos para Piaggi, terminó dejando más soldados desperdigados en el campo, pero sin posibilidades de tener una acción definitoria. Pero en esa acción el capitán Jorge Svendsen y el teniente Marcelo Florio, contra todas las recomendaciones, encararon con sus helicópteros hacia el pueblo y casi “levitaron” sobre el terreno para que subieran los heridos. Miguel no fue uno de ellos. Se hacía de noche y volvía a lloviznar.

La memoria

Es probable que haya algunas“inexactitudes y menciones ligeras sobre lo ocurrido esa tarde noche, pero Miguel me dice: “hay veces que no me acuerdo de nada” y otras “es como si lo viviera nuevamente”.

De esa memoria agrietada y frágil, la imagen que sigue es un hospital de campaña ingles, donde abrió los ojos, y luego un buque hospital, probablemente el “Uganda”. De allí al “Norland” para llegar a Montevideo, Uruguay y luego regresar a la Patria.

Las verdaderas dificultades comenzaron allí. En los últimos 35 años, Miguel estuvo al borde de la muerte, pasó por intentos de suicidio, recibió tratamiento psiquiátrico y vivió 3 años en un basural. También se casó, tuvo hijos, trabajó, cobró su pensión de veterano de guerra y siempre hacía “planes nuevos”.

Obviamente, en esta enumeración también hay una simplificación. Pero el día en que abrió los ojos en el hospital de campaña ingles, él suponía que allí terminaría todo. No le molestaba hablar de la guerra, o que le digan “loco” y me repetía siempre: “Que bueno que es estar vivo”. Tenía sus altibajos pero no se veía a si mismo como una víctima; tampoco como un héroe.

Me decía que estaba orgulloso de haber estado en las islas, de sus amigos que quedaron allá y de su hermano mayor en el combate. Sobre todo sentía orgullo cuando algunas personas le agradecían haber peleado allá.

Una vez le pedí que me describiera como había sido aquella experiencia y me dijo: “hermosa”.

Una oración

Era 29 de mayo, el día del Ejército Argentino. Una paradoja del destino y una coincidencia lapidaria para Piaggi. Antes había reunido a la plana mayor, a su comando de operaciones y junto con Pedrozo hizo una suerte de rueda de consultas. El oficial de aviación, dijo que no se podrían rendir, por una cuestión de honor, Piaggi expuso la situación y finalmente se definió “capitular la plaza”, un eufemismo de rendición. Eran las horas finales.

“Yo combatí junto a leones”, me dijo una vez Juan José al recordar aquellos momentos. Estos hombres, a los que pretendieron ocultar, y que perversamente pusieron el sayo de chicos, aún pelean como leones. Entre ellos está el Soldado Canyazo.

Miguel nunca recibió la medalla al herido en combate. Por haber sido atendido por médicos ingleses, no figura en los registros de los heridos de la tropa Argentina. Recuerdo que en el último intento para conseguir que el veterano combatiente recibiera lo que le correspondía por su honor, debí buscar al teniente coronel Piaggi. Tal vez él como el oficial de mayor rango a cargo, podía enmendar el error en el viejo parte de guerra, y sumarlo a la fila de los hombres heridos en combate. Recuerdo que viajamos juntos y al llegar a Buenos Aires, recibimos la noticia, Italo Piaggi había muerto en julio.

Aunque haya participado de la recuperación de las islas, combatido cuerpo a cuerpo hasta derramar su sangre en ese territorio, eso solo formará parte de su gesta personal.  No tendrá una medalla, pero de todos modos, a él no parecía preocuparle.

Cubierto por el barro y la sangre en la cabeza escuchó que alguien le preguntaba: “¿Estas bien Chato?”. Otra voz le susurró: “Cerrá los ojos y rezá un padrenuestro”. Él dijo la oración, pero con los ojos bien abiertos. Tan abiertos como los tiene ahora. Mientras espera acurrucado en una cama de hospital y reza su última plegaria hasta que la batalla termine.