HISTORIA ARGENTINA

Simón Radowitzky: la vida por el anarquismo

por Ximena Pascutti

La impactante novela gráfica "155 Simón Radowitzky", de Agustín Comotto, remonta los 21 años en el Presidio de Ushuaia del autor de la muerte con una bomba del coronel Ramón L. Falcón, jefe de la Policía de Buenos Aires. También su lucha en la Guerra Civil española y sus últimos años en México bajo una falsa identidad.  

El aire estaba pesado el 14 de noviembre de 1909 y el carruaje en el que viajaban el coronel Ramón L. Falcón, jefe de la Policía de Buenos Aires, y su secretario, Alberto Lartigau, iba casi a paso de hombre por la avenida Quintana. Venían de despedir en el cementerio de Recoleta los restos del ex director penitenciario Antonio Ballvé, y ya a punto de doblar hacia Callao, cuando se abalanzó sobre el coche un joven de traje azul que agitaba algo en la mano izquierda. El paquete de papel madera voló con envión hasta el regazo de los pasajeros, y estalló.

El anarquista Simón Radowitzky acababa de vengar con ese acto a las víctimas de la Semana Roja, los cinco muertos y 44 heridos que dejó la brutal represión a trabajadores en la Plaza Lorea, ordenada seis meses antes por Falcón.

“Shimele” Radowitzky, 18 años. Llegado a Buenos Aires un año y medio antes, se ganaba la vida como “peón de siete oficios” en las construcciones de Balvanera y vivía en “la pensión de los rusos”, Andes 394. A las pocas cuadras de atentar contra Falcón, quiso dispararse en el pecho, pero la bala no lo mató. Tampoco las patadas en las costillas de los vigilantes Benigno Guzmán y Enrique Müller mientras lo capturaban. A los días de su detención, su tío pudo acercar la partida de nacimiento y se comprobó que era menor de edad. Evitó la pena de muerte y fue trasladado al Presidio de Ushuaia, una cárcel construida en el extremo del mundo por orden del General Julio A. Roca, donde pasó los siguientes 21 años de su vida.

Simón Radowitzky, foto de su prontuario 14 de noviembre de 1909. Archivo General de la Nación.

¿Se puede vivir encerrado en varias cárceles a la vez? ¿Cuánto puede resistir un hombre por un ideal? ¿Por qué Radowitzky no devino mito en un país de mitos como el nuestro? Detrás de estas preguntas, y tantas otras que vinieron después, se embarcó hace siete años el dibujante y narrador argentino Agustín Comotto, siguiendo un hilo interno que lo remontaba a una vieja charla sobre Radowitzky, reveladora, que mantuvo con su padre en la infancia. El resultado de esta búsqueda se materializó ahora, a la vuelta de la vida, en una novela gráfica llamada 155 Simón Radowitzky (Emecé), en la que reconstruye el azaroso rompecabezas del militante anarquista. Un libro interesante por su gran formato y el realismo de sus ilustraciones, pero también por el relato sensible y la minuciosa investigación histórica que llevó al narrador a rastrear archivos de la Argentina, México y España. “Simón me impactó por primera vez a los 10 años, al ver su foto de prontuario y escuchar el comentario de mi padre sobre él. Tuve una sensación ambigua: temor, como niño, y fascinación por cómo miraba a la cámara”, cuenta a VíaDocumentos este artista argentino radicado en Barcelona desde hace 19 años.

Las sutiles acuarelas de Comotto, todas grises y con decisivas intervenciones del rojo, transmiten la desolación de los paisajes fueguinos donde funcionaba el presidio y las marcas de vida en el rostro de Radowitzky. “A la hora de contar 155, me topé con un montón de retos técnicos. Por ejemplo, ¿cómo era una cárcel del 1900? ¿Y una cerrajería rusa de esos años? Pero mi gran preocupación fue hacer crecer al niño Shimele hasta transformarlo en Radowitzky, quien, a su vez, en el libro envejece. La transición debía ser muy lenta, y eso como dibujante cuesta. A veces, no sabés qué cambiar del cuerpo de un niño para que sea ya un adolescente”, comenta Comotto. “Me interesaba el aspecto de la textura de la acuarela, crear clima, como en la parte en que está en el calabozo en Ushuaia. El rojo es un elemento dual. Por una parte, es el color que define junto con el negro al anarquismo, pero también quería usarlo para remarcar partes importantes de la narración: a veces, es una bandera; otras, la sangre o una letra de tango. Es un comodín emocional.”

“Simplemente estaban limpiando la tierra del amo. Quitando las malas hierbas. Tuve suerte esa tarde, Lyudmyla. No me vieron”, página 18 “155 Simón Radowitzky”.

Shimele y el futuro Simón

Buscando entender la historia de Radowitzky, Comotto fue adentrándose en la vida familiar de ese niño pobre que padeció la violencia de los cosacos sobre los judíos de su aldea. Visitó los lugares por donde anduvo y se apoyó en lecturas históricas, documentos del Archivo General de la Nación y entrevistas orales a ancianos que estuvieron, como Simón, en el frente de Aragón durante la Guerra Civil española. Además, como no es judío, fue central el recuerdo de conocidos de origen judío e incluso de sus abuelas que vinieron de Odessa o Kiev. Ahí entran en juego la memoria de dos grandes amigos, Sergio Langer y Daniel Feierstein, que fueron de un valor fundamental para meter a un goi como él en el mundo de la Galitzia, de donde llegaron muchos inmigrantes como Radowitzky.

Lo que más me costó fue saber cómo se comportaba un niño obrero y miserable a principios de siglo XX. No son nuestros niños, evidentemente”, admite. En esa infancia imaginada en el libro, surge naturalmente un personaje que no existió en la vida real: Lyudmyla, la enamorada de Radowitzky. “Según los expertos en genocidios y procesos concentracionarios, como mi amigo Daniel Feierstein, una persona detenida sólo puede tolerar semejante encierro abandonando su cuerpo e insensibilizándolo, para que su ser ‘viaje’ hacia donde quiera proyectarlo: a veces, lo proyecta en su madre, y otras, en la infancia o un amor lejano. Esto último es Lyudmyla. Su nombre no existe, está tomado en homenaje a la canción que Spinetta le canta a una desaparecida. La Lyudmyla original, cuyo nombre desconocemos, fue la hija de un cerrajero. Simón le contó a un amigo en México que ella le enseñó los primeros textos de Piotr Kropotkin, uno de los ideólogos del anarquismo, cuando trabajaba en la cerrajería. Este es su único testimonio”.

-Hay que ir con cuidado. Este hombre tiene tuberculosis.
-Bien. Cuando esté recuperado tengo orden de entregarlo a las autoridades argentinas. Hace días que lo buscan. Pronto enviarán un barco.
(página 121 “155 Simón Radowitzky”)

¿Cómo hizo Radowtizky para soportar 21 años de cautiverio, con castigos y torturas? ¿Qué papel jugó el ideal anarquista en ese aguante? Comotto responde sin dudas: “Este ideal tozudo y tenaz fue la última llave de resistencia de muchos anarquistas sometidos a condiciones extremas de violencia; la llave que cerraba la salida a la locura, la muerte por abandono o la traición –reflexiona-. Simón fue uno de los más puros idealistas que dio el anarquismo. Un pacifista que mató en nombre del ideal de la paz utópica. Esa contradicción es enorme, terrible y difícilmente superable. Pero él lo hizo y ahí queda la polémica.”

¿Notás que hubo una evolución en su pensamiento revolucionario, en su manera de entender cómo el anarquismo debía irrumpir en la realidad social para cambiarla?

El anarquismo de Simón, en sus orígenes, es intuitivo. No tenía la lectura necesaria ni, dada su condición humilde y rural, el tiempo para aprender nada. La vida lo hizo anarquista y los años de prisión le dieron relieve como anarquista. Su resistencia devino un símbolo mundial y eso le condicionó su vida. Era un referente y, en ese sentido, fue “utilizado” por (Diego) Abad de Santillán, quien sí era un cuadro importante del anarquismo rioplatense y español. A Simón cuesta definirlo. Si nos atenemos a su vida, se puede afirmar que fue un anarquista de acción directa: el atentado a Falcón, la Guerra Civil española… Pero, también fue un anarquista en el sentido tolstoiano de la definición: pacifista, respetuoso del género y enemigo tanto de la política como del mito, ese gran cáncer que roe tantas cosas, especialmente en la Argentina. Su aversión al mito fue tal, que decidió en sus últimos años cambiar su nombre: está enterrado como Raúl Gómez Saavedra. Simón entendía que sólo existirá una humanidad fraternal, antiautoritaria y solidaria cuando la anarquía devenga en una forma de pensamiento general. Nótese la ausencia del concepto “política y Estado”.

-Deberías. Has matado, Simón.
-No. No he matado. Hice justicia.
-¿Seguro?
-Si. Pero dejalo. No quiero hablar de eso ahora
(página 132, “155 Simón Radowitzky”)

Dejando a un lado el histórico enfrentamiento con la derecha argentina, ¿qué opinás del debate que había en esas décadas iniciales del S. XX entre el anarquismo y el socialismo?

En realidad, fue y es un debate entre una fracción de la izquierda que acepta el Estado y otra que no. Socialistas y comunistas concebían la organización humana aceptando el poder como una herramienta controlable; mientras que los anarquistas comprendieron que, si existe el poder, nunca habrá fraternidad humana. A tal punto esto suena peligroso –es decir, que existan personas que consideren otras reglas del juego sin el poder como mecanismo central-, que se los exterminó, acosó y, aún hoy se los usa como excusa para accionar cualquier tipo de represión social.

De las trincheras a la fábrica de juguetes

Después de 21 años, el 22 de abril de 1930 Radowitzky salía del Presidio de Ushuaia y el mundo era otro. La Revolución Bolchevique había triunfado en Rusia y Europa había sido diezmada por una guerra mundial. En la foto que queda de ese día, Simón luce un traje cruzado y sombrero Orion, mientras un policía señala a cámara. Enfermo de tuberculosis, estaba muy delgado. El presidente Hipólito Yrigoyen le había otorgado un indulto tras negociar con la dirigencia anarquista una paz social, también presionado por el reclamo insistente de Salvadora Medina Onrubia, esposa del director del diario Crítica, Natalio Botana. Pero esa libertad tenía condiciones: Simón iba a ser deportado a Uruguay, no podía estar en la Argentina.

El carruaje del Coronel Ramón L. Falcón después del atentado.1909, Archivo General de la Nación.

En Montevideo pasaron seis años. Cuando en 1936 estalló la Guerra Civil en España, Simón se sumó al bando de los republicanos. Vale recordar que se trató de una guerra que provocó el compromiso internacional, por eso hubo legiones o las llamadas brigadas internacionales, que llegaron a España para sumarse a las tropas republicanas. Simón viajó a España desde Uruguay, y estuvo primero en la ciudad de Aragón y luego en Valencia. Sin embargo, debido a su frágil salud lo destinaron a tareas de comunicación y prensa, evitando los frentes de combate. Esa tarea la desempeñó en la CNT, Confederación Nacional del Trabajado, la central obrera vinculada al anarquismo.

“Una vez que se vaticinaba la derrota republicana, se lo destinó a custodiar los archivos del CNT, fundamental para el conocimiento de la historia del movimiento obrero”, cuenta el investigador y docente de Historia Ramón Tarruella. “Y además, se sospechaba que el franquismo triunfante destruiría los archivos y material vinculados al anarquismo, y a todo signo de los republicanos. Simón, de esa manera, se hizo cargo de parte de los archivos del CNT y huyó de España, cruzando los Pirineos, con los archivos a salvo, para llegar a Francia”.

Cuando el fascismo avanzó sobre Europa, Simón Radowitzky fue encerrado en el campo francés de Saint-Cyprien, un campo de refugiados españoles que huían del franquismo que se parecía bastante a un campo de concentración. Junto a varios anarquistas españoles logró fugarse y refugiarse en México, bajo una falsa identidad: Raúl Gómez Saavedra. Murió de un infarto el 29 de febrero de 1956. Durante sus últimos años trabajó en una fábrica de juguetes.