El último poblador de Achango

por Natalia Caballero

Hace 18 años Abel Montesino vive solo en un pueblo cordillerano de San Juan. El amor a la tierra que lo vio nacer y su devoción a la Virgen del Carmen, los dos grandes motivos que lo convirtieron en un guardián de tesoros.

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Para llegar a Achango, un pueblito cordillerano ubicado en Iglesia, San Juan, hay que transitar un camino de tierra de poco más de 8 kilómetros. Allí, un cartel les da la bienvenida a los visitantes. Pero esta no es la única bienvenida. Abel Montesino, el último poblador del paraje, recibe a todo aquel que pase por sus pagos y les da una clase de historia sobre la importancia de este pequeñísimo poblado. Desde hace 18 años vive solo en Achango, el lugar que lo atravesó como ser humano y que lo convirtió en el guardián de sus tesoros.

Abel tiene casi 80 años, miente un poco con la edad porque es un coqueto. Tiene su rostro marcado por el sol intenso y por las largas jornadas de trabajo en aquel pueblito en el que hay varias casas deshabitadas. Además de dedicarse a mantener el poco verde que hay en Achango, la principal tarea de este hombre es trasmitir oralmente la importancia de la capilla, que es la más antigua de San Juan y en la que una imagen de la Virgen del Carmen convoca a miles de fieles el único día en el que Achango se convierte en un paraje repleto de personas.

Abel Montesinos, en la capilla de Achango.

La imagen de la Virgen llegó al pueblo casi por casualidad. Los ancestros de Abel emprendieron una travesía sin igual, que persiguió un único fin: cumplir con una promesa religiosa. Desde su Cuzco natal, Don Víctor, como se llamaba su pariente, trajo a pie la imagen de la Virgen del Carmen, custodia de la capilla. Por eso, para Abel, es un deber moral resguardar el lugar que lo vio nacer.

Mientras recorre la capilla y el pintoresco paraje, este hombre cuenta con lujo de detalles cada uno de los secretos del pueblito. No hay rincón de Achango en el que no tenga una historia. Sobre la capilla, se sabe con qué materiales está construida, cuál fue el método, cada cuánto tiempo se le cambia el pelo a la Virgen y hasta cómo se fabricaron las alfombras tejidas que se lucen en la iglesia.

Abel Montesinos, en la capilla de Achango.

Otro de los espacios que maravilla la vista de cualquier mortal son las alamedas colmadas de llaves con deseos. Una empresaria fue la primera que sintió cierta mística y decidió llevar una llave con deseos y colgarlas en los árboles que hay en Achango. Los visitantes la imitaron. El constante viento que hay en el pueblo genera música, melodías compuestas por el replicar de los metales y quizá, de una forma emocional, con los anhelos y deseos depositados en las ramas de aquellos gigantes naturales.

Por último, está el cementerio. Abel conoce también historias de quienes decidieron descansar por siempre en este paraje. Incluso están sus dos hijos, fallecidos en accidentes.

Abel Montesinos, en la capilla de Achango.

La rutina de Abel arranca bien temprano en la mañana. Riega todo mientras comparte con sus perros, su gran compañía. Fuma de vez en cuando. Es que comprar es una odisea porque tiene que caminar más de 25 kilómetros para llegar a la primera zona poblada que hay en las cercanías. Limpia la capilla, recorre el cementerio y se dedica a cosechar las higueras y a sacar la miel de los panales de abeja que se encargó de poner. Este hombre confiesa que nunca se iría de Achango, incluso aseguró que soporta dos o tres días en la Capital sanjuanina porque el movimiento lo agobia. Es un hombre de montaña, de corazón cordillerano, andino de pies a cabeza.

Turistas de distintos lugares del mundo llegan a Achango no sólo para conocer la capilla sino para hablar con Abel. Cada historia, cada dato, lo cuenta como si fuera un poeta. Hasta cuenta historias de duendes, a quienes dice haber visto pero nunca haberles temido. Abel aseguró que es un ávido lector, que le encanta pasar sus ratos libres transportándose a mundos lejanos. De igual modo, su texto de cabecera es la Biblia, la que lee todos los días.

Abel Montesinos, en la capilla de Achango.

¿Quieren escuchar el sonido de las campanas? Preguntó Abel a los visitantes porteños que recorrían su pueblo. Subió hábilmente las escaleras e hizo sonar las campanas, antiguas y llenas de historias, como todo en ese lugar místico protegido por los picos montañosos de la Cordillera de Los Andes. Allí, haciendo patria en solitario, Abel tocó las campanas con el corazón explotando de orgullo y la mirada puesta en su capillita, ese lugar que, asegura, custodiará hasta que muera.

Achango.