Por Mariano Iannaccone

El autódromo de camino a Alta Gracia, uno de los más trascendentales en la historia del deporte motor en nuestro país, le rinde un permanente homenaje llevando su nombre, enalteciendo sus huellas, recordando quién fue, qué hizo y por qué forma parte del legado cultual de nuestra provincia, más allá del deportivo.

Si se entiende al deporte como una de las manifestaciones de la cultura en el sentido más amplio de la palabra.

Oscar Cabalén no era cordobés de nacimiento, pero esta provincia lo recibió generosa y alentó su pasión, a través de la prolífica actividad que desde el interior de Argentina se generaba alrededor de los autos, y todo lo que tuviera ver con ellos.

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Y en ese magnífico universo de técnica y tecnología, las carreras. Por nuestras sierras y también por caminos de llanura. Pero no sólo eso; también, la representación de esta tierra por el Turco, en el país y en varios escenarios internacionales.

La destreza del pilotaje; el valor frente al peligro. La avidez por los negocios que le permitieran correr, siempre correr. Cabalén hizo todo por eso.

Cuentan que el Califa, como también lo apodaban, era locuaz, muy expresivo, de sonrisa amplia. Un tipo macanudo. De esas personas simples, modestas, humildes; grandes en serio.

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Indudablemente, si no pasó inadvertido por la historia de este deporte no solo fue por sus resultados deportivos, sino fundamentalmente por su carisma. Le reconocen el haber valorado siempre el trabajo de los mecánicos, el mérito de cada uno en sus equipos.

Incluso, antes que el propio cuando se trataba de celebrar una victoria. “Cuando ganamos, mi alegría más grande es ver a los muchachos felices”, le escucharon muchas veces. Así quedó registrado en los archivos.

De abajo. Cabalén nació el 4 de febrero de 1924 en Chabás, provincia de Santa Fe; a menos de 90 kilómetros de Rosario y muy cerca de Casilda. Aprendió a manejar a los 8; su padre le enseñó.

Su vocación por los fierros se manifestó enseguida, en una Argentina que veía florecer de manera grandiosa el deporte motor gracias al impulso que significó la inmigración europea.

Para darse una idea de aquella generación de figuras, Cabalén era 13 años menor que Fangio; Oscar Gálvez había nacido en 1913; tres años después, su hermano Juan; y Pirín Gradassi, nacido en Córdoba, menos de una década después que Cabalén.

Oscar vivió un tiempo con su familia en Cañada de Gómez, antes de radicarse en nuestra provincia, puntualmente, en Ballesteros. En lo primero que corrió fue en motos; con una HRD Vincent, vivió su primer triunfo. Más adelante vendría su debut en el automovilismo, en Bell Ville, con inolvidable victoria.

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Paralelamente, seguía corriendo en motos, pero un palo importante en el ´49 lo hizo dedicarse por completo a las cuatro ruedas. La Vuelta del TC, en nuestro suelo, fue la competencia en la que ya se lo consideró uno más entre los grandes del automovilismo nacional de la época, entre los que estaban el también santafesino Eusebio Marsilla o el cordobés Ricardo Risatti, de Laboulaye (bisabuelo de Caito).

Con ayuda de amigos, compró un Ford y se presentó en la Carrera Panamericana, en México; terminó tercero y con el mejor coche del óvalo clasificado.

En el ´54, volvió a la famosa competencia y la gente de Ford en aquel país lo recibió con todo, además de con un auto para que volviera a representarlos; ganó dos etapas, lideró provisionalmente y repitió el hecho de ser el mejor clasificado de la marca, además de terminar como el mejor argentino de la general.

En Europa, nos representó en las 1000 Millas italianas; también, en las 10 horas de Messina, donde fue segundo. Pilotó coches Alfa Romeo, Ferrari y Maserati en el Viejo Mundo. Peleaba por las oportunidades; conseguía que se le dieran las cosas, más allá de las circunstancias.

De regreso a Argentina, se sentó al volante de un Chevrolet 39. Tuvo una actuación memorable en el ´58, en el Gran Premio, la carrera nacional que recorría miles de kilómetros, a la manera de un extensísimo rally y por polvorientos caminos uniendo pueblitos, localidades, ciudades; y con la radio, como gran difusor.

Con Ford, la despedida. Al vínculo con Ford lo renovó a comienzos de los ’60. Un triunfazo en Carlos Paz fue parte de la cosecha que a fines del ´61 lo mostraba con el número 2 en el ranking argentino. Perdió el tan ansiado “1” por un piñón sucedido en una etapa que unía Mercedes con Mendoza. Su Ford volcó y, antes de que se incendiara, Cabalén pudo ser rescatado…

Los siguientes años, siguió ganando o peleando siempre por el triunfo. Volvió a Europa cada vez que pudo y sumó a Lancia y Peugeot a la lista de marcas con las que compitió. Pero con Ford insistiría acá; con Falcon, con Mustang, con el motor F-100…

La temporada de 1967 lo tenía como claro candidato. Subió a lo más alto del podio en Arrecifes, en La Pampa; peleaba el título con los representantes de Torino, Gradassi y Copello. Ford Motor Argentina le ofreció un prototipo; entusiasmado lo aceptó, pero necesitaba probarlo y probarlo. Con un auto gemelo, Atilio Viale se pegó en el autódromo de Buenos Aires el 17 de agosto de ese año; el coche se incendió; su copiloto, Pepito Giménez fue devorado por las llamas.

Cabalén vio aterrado los fierros retorcidos, calcinados. Ocho días después, en una prueba de las que a Oscar le darían más confianza con su nuevo Ford, se salió del camino. Dicen que lo vieron pasar a fondo.

Fue en San Nicolás, donde iba a competir. El bólido, que iba tripulado también por Pachacho Arnaiz, su acompañante, también se incendió. Ambos murieron. Sucedió el 25 de agosto de 1967. Hace exactamente 50 años. Fue cuando Cabalén dio la vida por el automovilismo.

El recuerdo. Los restos de Cabalén se encuentran en el Cementerio San Jerónimo, de nuestra ciudad. Un solemne monumento evoca al gran deportista.

El 16 de marzo del ´68, al año siguiente de la muerte de Cabalén, fue inaugurado el autódromo que lleva su nombre.