Como cada sábado la joven escritora concordiense nos regala un nuevo capítulo de su arte.


DÍA 3

Todas las cosas que vi en la ruta: Un hombre disfrazado de zorro con una espada en la mano que corría hacia el lado del vivero.

Dos nenes con su abuelo jugando en el parque Liquidambar, la hermana más grande tenía vendados los ojos y el más chico intentaba ser como un mosquito. La tocaba y se alejaba, la tocaba y se alejaba. A otro nene que pasó en bici con su papá le brillaron los ojos cuando vio la escena. Dejó la bici en el piso y les pidió permiso para sumarse al juego.

Un perro negro que me persiguió casi toda la ida y vuelta de la caminata pero no quiso entrar en casa.

San Cayetano arriba de un carrito con algunos fieles que lo seguían atrás caminando. El cura de la iglesia llevaba un megáfono e iba predicando la palabra “San Cayetano esta vez sale a tu encuentro”. Repetía en todas las esquinas.

Un camión de hielos Yelitos, que chocó contra un auto azul. Cubos y bolsas de hielo quedaron desparramadas por toda la ruta. A la vuelta eran charcos de agua.

Un chico rapeando con auriculares, una riñonera y gorrita con el signo de Nike. Me preguntó si tenía hora y le dije que no usaba reloj.

Mis abuelas me enseñaron a rezar.

Un cielo rosado que envolvía todo el horizonte como si fuese uno de esos moños espectaculares que me hacia mi abuela en los vestidos que llevaba a los cumpleaños de mis amigas. Un moño cuidado y lo suficientemente tirante como para que aguante toda la tarde y lo cómodamente suelto para que se mueva conmigo cuando me lanzaba a correr.

Una chica llorando a la que le quise preguntar qué le pasaba, pero no me animé.

Mis abuelas me enseñaron a rezar. Sobre todo, Martha, quería que rece todas las noches y que crea en el niñito Jesús, siempre me repetía que él iba resolverme todos los problemas que tenga en el futuro. Eso que llamaba futuro me daba miedo. En casa no creían tanto, al menos papá solo iba a misa cuando nosotras tomamos la comunión y esas cosas. Mamá se casó embarazada. A la fiesta la hicieron en el Club los Yaros, un mediodía. Ella siempre cuenta que eran más de las ocho de la noche y seguían ahí, hacía muchísimo calor. Paso todos los días caminando porque queda cerca de casa, también sobre la ruta. A veces los veo a mamá y papá bailando en el medio del salón.

Magdalena Giorgio




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