Si el clima acompaña durante la primavera, el agro se prepara para otro año con una cosecha que podría alcanzar las 140 millones de toneladas.


Al momento de escribir estas líneas, el agro estaba pendiente de la lluvia. La amenaza de falta de agua en zonas de la provincia de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe recortaba el rendimiento previsto de la cosecha fina –trigo y cebada– y condicionaba la siembra del maíz. De todas formas, las perspectivas generales para el sector son positivas en medio de la verdadera tierra arrasada que tienen por delante otras actividades producto de la pandemia y la cuarentena extendida.

Producción de cebada

Si el clima ayuda, la campaña 2020/21 arrojaría muy buenos resultados, con un potencial de cosecha cercano a las 140 millones de toneladas, un nivel similar a la que concluyó este año.

Y precios internacionales que también subían, con la soja en torno a los US$ 375 en Chicago –por recorte de proyecciones en la cosecha estadounidense a raíz de sequía– y el maíz en más US$ 140.

El agro nunca se detuvo a lo largo del confinamiento obligatorio y enfrenta hoy el condicionamiento macro que le plantea la brecha cambiaria, con un dólar oficial debajo de los $ 80 (que se transforma en algo más de $ 50 en el caso de la soja por el efecto de las retenciones) y un dólar paralelo en $ 140.

Esa brecha impulsó en los últimos meses un aumento de las ventas de insumos, ya que los productores se volcaron a la compra adelantada de semillas, fertilizantes y agroquímicos para ganarle a la inflación y posicionarse en dólares a modo de cobertura, explican los expertos.

“Cuando tenés un escenario de tipo de cambio cambiante podés hacer dos cosas: posicionarte en dólares o comprar insumos dolarizados. Lo que han hecho muchos productores es tomar crédito en pesos y posicionarse en insumos porque eso destraba la dependencia del tipo de cambio”, indica Ricardo Negri, ex secretario de Agricultura y hoy director de la Diplomatura en Agroindustria del ITBA.

“En la medida en que adelantan sus compras bajan el riesgo del negocio”, agrega. Negri dice que este mes (septiembre) se define la suerte de la cosecha para toda la campaña, porque empieza la etapa de siembra de maíz temprano primero y después soja.

“Esperamos que llueva para la primavera para sembrar la cosecha gruesa, que determina el futuro de la actividad. El trigo genera alrededor de 20 millones de toneladas, el maíz poco más de 50 millones y la soja otro tanto. Lo importante es que el verano venga bien en términos climáticos. Nuestro riesgo país más grande es el rendimiento del maíz y la soja”, sentencia. Estamos en medio del partido y arranca la siembra de la cosecha gruesa.

Ahí se verá cuál es la apuesta que hace el productor en maíz y en soja”, comparte Mariano Tomatis, socio de PwC Argentina. El especialista en el negocio agropecuario de la Big Four señala que la temporada 2020/21 estará atravesada por algunos factores relevantes.

“El primer concepto importante es que, a diferencia de lo que pasó con otras commodities como el petróleo, las agrícolas no sufrieron el impacto de la pandemia en el nivel de precios. Se mantuvo la demanda de China y de los países importadores de alimentos”, introduce.

“En segundo lugar, será la primera campaña con el nuevo esquema de retenciones (la soja paga un 33 por ciento en el caso de los grandes productores y el maíz y el trigo están gravados con el 12 por ciento)”, añade.

Ese cambio en la ecuación tributaria llevó a un aumento proyectado de las hectáreas destinadas a trigo y maíz, aun cuando estos dos últimos cultivos volvieron a ser penalizados. Es decir, se mantiene el comportamiento observado en la etapa previa. “La carga es tan alta para la soja que por ahora se está viendo una caída en las hectáreas volcadas a soja, de 17,4 millones de hectáreas a 16,8 millones, según la última estimación de la Bolsa de Cereales”, indica Tomatis.

Negri fundamenta ese comportamiento: “Con los precios actuales, es más interesante en términos relativos un maíz de US$ 140 que la soja, aun cuando el costo de sembrar maíz es casi 50 por ciento más que en el caso de la soja”. Para apostar por el maíz, los productores deben considerar el costo de la semilla híbrida (que obliga a comprar una nueva todos los años, lo que no sucede con la soja) y los fertilizantes, más caros que los del otro cultivo.

Pero los rendimientos por hectárea son superiores en el caso del maíz: entre 7000/8000 kilos versus 3000 en el caso de la soja. De todas formas, la presión impositiva obliga, necesariamente, a tener una cosecha favorable, porque las cuentas son muy delgadas, advierte Tomatis. “Donde no hay un buen rinde por hectárea las pérdidas pueden ser importantes. El capital que pone a riesgo el productor para producir maíz y trigo en lugar de soja es mayor”.

En los últimos cuatro años, la superficie destinada a la siembra de maíz creció de 4 millones a 6 millones de hectáreas comerciales, y la producción saltó de 30 millones de toneladas a poco más de 50 millones en la última campaña, destaca Tomatis. Ese salto fue posible por la inversión en tecnología para obtener mejores rindes, aclara. “En todo esto es clave el clima y la falta o no de agua. El productor decide ahí si invierte en maíz temprano y cuánto”, insiste el socio de PwC.

Negri aporta al respecto que aunque las condiciones relativas del maíz son más favorables, las retenciones y las viejas deudas de infraestructura de los lugares más alejados de la zona núcleo pueden jugarle en contra al grano y alentar una sojización a la fuerza.

“Lo importante es la rotación, no solo del maíz. La rotación da una biodiversidad mucho más sustentable. Pero para hacer maíz en algunos lugares hay que tener infraestructura porque los costos logísticos son más grandes. No pasa solo por la fase del productor sino por la integración de toda la cadena”, explica.

El profesor del ITBA cita un reciente estudio elaborado por CREA (Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola, una de las principales entidades del agro) que muestra qué tan viable es la rotación en cada lugar y cómo los resultados económicos varían según los costos logísticos. “Ante el aumento de la presión fiscal por retenciones, muchos lugares no son viables. Y donde sí podría ser interesante hacer una rotación con maíz no da el costo –afirma Negri. Los productores que están en una situación financiera complicada harán más soja que maíz. Es la típica situación del NOA. Tienen menos libertad de acción”.

Cosecha Soja – Reuter.

Además de la preocupación ambiental, el exfuncionario advierte que si se hace soja sobre soja el riesgo productivo es mucho mayor y la productividad va cayendo: “La misma soja con la misma tecnología pero en un suelo rotado entre maíz y soja 50/50 da entre 15 y 20 por ciento más de rendimiento. Y si el año es climática-mente malo, donde no se rotó no se cosecha nada”.

No obstante, tanto Negri como Tomatis coinciden en que están dadas las condiciones para otra buena cosecha que se acerque a los 140 millones de toneladas. “Los productores están haciendo todo para seguir apostando a esos niveles (de 140 millones de toneladas). No hay nadie que esté sentado especulando con no producir”, resume Negri.

En alza alrededor de esa apuesta, gira la actividad de las grandes proveedoras de insumos del agro. Por el mencionado efecto “adelantamiento” en la compra, Syngenta vio crecer sus ventas un 30 por ciento en lo que va del año, cuenta Antonio Aracre, CEO de la filial local de la empresa suiza que en 2017 pasó a manos del gigante ChemChina.

“El temor de los productores a quedarse sin insumos por el coronavirus llevó a un crecimiento del sector en el primer semestre en torno al 25 por ciento. Pero mucho de eso fue adelantamiento. Se supone que en el segundo semestre habrá una ralentización”, afirma el ejecutivo que lleva 10 años al frente de la compañía.

La pandemia no alteró la cadena de abastecimiento de Syngenta y el acceso a sus productos que llegan del exterior fue fluido, aclara. “Ganamos un punto y medio de market share, según los datos oficiales de la cámara de fitosanitarios. El mercado creció un 22 por ciento y nosotros, un 30”, dice. La empresa tiene dos unidades de negocios: fitosanitarios, y semillas y biotecnología.

Su principal competidor en semillas es Don Mario. En fitosanitarios batalla con Bayer, Corteva y Atanor. Los productos que aportan mayor valor –en los que Syngenta pone el foco– son los protectores de cultivos, resalta el CEO. En ese abanico, el glifosato es uno más de su oferta. “Para nosotros es un producto comoditizados, complementario. Lo comercializamos porque el productor lo requiere, no porque a nosotros nos interese demasiado tenerlo en el portafolio por su agregado de valor”, aclara.

“Más valor Ligado en parte a la expansión potencial del maíz y su transformación en proteína animal” reapareció en escena el planteo de que el agro “agregue más valor”. ¿Qué se necesita para alcanzar ese objetivo? Es una de las metas que planteó el Gobierno a través de la vicejefa de Gabinete Cecilia Todesca.

En esa línea, la cría de cerdos a gran escala para abastecer a China –financiada por el país asiático– es una de las iniciativas que se analizan.

“Hay que definir qué es agregar valor. Es preciso abandonar la arcaica idea que confunde valor con manufacturación: no cuenta con mayor valor agregado lo que más pesa (el software perdería ante un tornillo) ni lo que más horas de producción física insume”, acota Marcelo Elizondo, experto en Comercio Internacional y flamante director de la Maestría en Dirección Estratégica y Tecnológica del ITBA.

Y agrega un punto a la discusión: “Un aspecto central que cruza a toda la economía es el del valor que agregan las agro exportaciones a los otros sectores por ser las únicas que generan superávits comerciales que permiten contar con divisas para solventar importaciones.

La Argentina exhibe una estricta división entre actividades económicas que aportan un grueso superávit y otras que generan un déficit constante”. Para Elizondo, el camino para agregar valor pasa por fomentar la inversión para la incorporación de tecnología e infraestructura, junto con un acceso creciente a los mercados externos.

“Hay que mejorar la participación en las llamadas cadenas internacionales de valor. Esto implica avanzar en acuerdos internacionales para reducir la carga arancelaria y los obstáculos para productos y empresas argentinas en mercados externos”, subraya.

La tasa arancelaria aplicada en el mundo –explica– descendió hasta un 5,5 por ciento en 2018 pero buena parte de ese descenso obedece a la puesta en marcha de acuerdos de apertura recíproca entre países, de los que la Argentina no participa. La tasa arancelaria promedio que paga la Argentina es el doble que la de sus competidores principales.




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