Hace unos días atrás recibí un mensaje de Luciana por Facebook:

“Vos, seguro que te acordás, ¿Cómo se llamaba la parejita de abuelos que atendían la cantina de Costa Sud?”

Recordé a Ñata, recordé a Juanita pero el nombre de su marido se me había escapado de la memoria.

Como me sucede generalmente en estos casos, me resulta casi imposible quedarme con la duda y me comuniqué con Víctor, para que me dé una mano: “José Vives” – me respondió.

Ya no hubo vuelta atrás, una ráfaga interminable de recuerdos se fueron superponiendo en mi cabeza, como se superponen los flashes de las cámaras fotográficas frente a una celebridad.

Eran tiempos de bicicletas sin candados, de meriendas apuradas a la salida del colegio para llegar al club, a veces, manotear la raqueta antes de salir de casa, era una mera excusa porque nunca sabíamos que nos encontraríamos o que inventaríamos para entretenernos al llegar.

Era entrar al campo de deportes de Costa Sud y encontrar a Rabiculé cuidando el parque con su rastrillo, y al viejo Vázquez pasándole el rodillo a las canchas de tenis, era entrar a la cantina y calentarnos cerquita de el fogón si era invierno.

Eran fines de semana de partidos de futbol de padres e hijos, con vecinos que se prendían al picado en la vieja cancha de rugby, que aún conservaba las haches, tardes de interminables “campeonatos de vela” en el frontón, de manchas, agarradas y tenis, evitando siempre cruzarnos con “Tatalo” y sus maldades, que a veces nos enojaba y otras nos divertían.

Escuela de Tenis de Costa Sud 1981

Eran esos tiempos en el que jugábamos a “que no suene” la enorme calesita de fierro que giraba y se balanceaba, o de volar como pájaros sosteniendo esas manoplas de un juego que nos llevaba hasta el cielo, o de quedar siempre suspendido de la balanza por ser el más pequeño de todos.

Eran tiempos de tomarnos un recreo entre juego y juego, para hacer una vaquita o anotar en la cuenta de la cantina una coca con limón para compartir.

Eran tiempos de los primeros chistes verdes y de los primeros enamoramientos: “¿Y a vos quien te gusta, Pamela, Mariana, Julia, Celina?”

Eran domingos de subirnos al techo de la cantina, para ver un solo arco de los partidos de fútbol que se jugaban en Huracán.

Era tiempo de la escuelita de tenis, comandada por el entrañable Alberto Ruiz Díaz, “el negro” nuestro profe, nuestro guía, quien siempre tenía la palabra justa para sacar lo mejor de cada uno, secundado por Adrián Jaureguibehere, o por Andrés Mazzitelli o por “Titi” Quiroga.

Tiempos en que la cancha Nº 5 era nuestra Suzanne Lenglen y jugar en la Nº1 la mejor sensación de todas.

Era tiempos de sentirse “bueno” cuando Ruiz Díaz te separaba del grupo y te cambiaba el horario de entrenamiento. Me tocó con Seba Monsec, Mariano Hernández y el “Grappa”, fuimos desde entonces “Los racalafos” el origen de ese apodo, se me escapó para siempre.

Alberto Ruíz Díaz

Eran tiempos en que vimos jugar en la cancha Nº 1 a Horacio De la Peña, Guillermo Pérez Roldán, Franco Davin y nos sentimos pésimos jugadores de tenis, viéndolos jugar a ellos.

Eran fines de semana de torneos, de llegar tempranísimo al club y permanecer firmes hasta entrada la noche, el que ganaba se quedaba para estar atento a su próximo partido; el que perdía se quedaba para alentar a sus compañeros.

Era seguir en banda los partidos de nuestros ídolos, cada cual con el suyo: Mario Doñate, Ricardo Iturralde, Mariano “Coty” Carbajal, Julia Sequeira, Ernesto Bru y, entre ellos el mejor de todos nosotros y el más cercano en edad, Víctor “Cosito” Cedrón a quien íbamos a ver e intentábamos copiarle cosas, cada vez que jugaba esos fantásticos partidos contra Sebastián Iriarte, claro está, que el talento no se puede copiar.

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Eran tiempos de viajes para competir en los Provinciales, y de alojar jugadores foráneos en tu casa, y recibir el mismo gesto de ellos cuando nos tocaba viajar a nosotros. Era la camaradería y la amistad que se iba forjando con “los de afuera” y de escapadas nocturnas que al otro día, a la hora de jugar, nos pasaba factura.

Eran tiempos de interclubes, y cuando a alguno de los nuestros le tocaba jugar en Huracán transitábamos en banda esa interminable cuadra de calle Mitre, hasta el club rival, donde siempre entrábamos con el pie derecho. Claro que, previamente había que avisar, porque no era época de celulares, y siempre alguno llegaba corriendo y agitado para avisarnos que nuestro rival ya nos estaba espeando en la cancha.

Y en Huracán toparnos con los Echegoyen y los Iriarte, y los Aguirre, mirarnos de reojo y a veces rezar para que no nos toque enfrentarlos. Y allí nos recibía el “Mingo” Aguirre siempre con alguna broma o Martín Flores, que también entrenaba a los pibes de Huracán pero siempre tenía a mano su aliento y su consejo para nosotros también, porque “quiero que salgan lindos los partidos” decía siempre con su bonhomía.

Antonio Evangelista, Gastón y Leandro Echegoyen, jugadores de Huracán

Eran tiempos en los cuales nos sentábamos en las tribunas de madera que estaban detrás de las canchas de tenis en Huracán para alentar a los nuestros, tiempos en que no había umpire, ni trampas, ni mala fe.

Y cuando nos “picaba el bagre” de visitante y no había plata para el sanguche, nos bastaba golpearle la puerta a la tía Berta que siempre me recibía con un vaso de jugo y un paquete de galletitas.

Escuela de Tenis del Club Huracán

Las nostalgias me llevaron nuevamente hacia Costa Sud, y al entrar, como detenido en el tiempo me encontré con Raúl Cisneros cargando una carretilla llena de polvo de ladrillo como lo recordaba desde hace más de 30 años.

Y allí estaba “Cosito” Cedrón con sus 46 años de edad y sus 42 de permanencia en el club, ayer como jugador y hoy como profesor, nuestro emblema, a quien más le corre sangre oriverde por las venas.

A cada paso que di, un recuerdo nuevo apareció. Las nostalgias me llevaron a recorrer otra vez aquella interminable cuadra de Mitre, para ingresar (con el pie derecho) a Huracán.

Me encontré con Cecilia y Ezequiel Cattanio y con “Pancho Morán noté que sus recuerdos en el club de sus amores no son tan distintos a los míos.

- ¿Qué hace por acá un “verdolaga” como vos? – me preguntó Ceci, con simpatía.

- Recordando – respondí.

Mis recuerdos fueron contagiosos y Pancho no tuvo que hacer mucho esfuerzo para sumar sus vivencias.

Pasábamos todo el día acá adentro - me dijo - yo jugaba al futbol, arranqué allá por el año 83, el “gordo” Méndez era el entrenador de inferiores en aquel momento y Pavino el encargado del mantenimiento. Me acuerdo que Adolfo Pérez estaba en la cantina. Salíamos de la escuela y nos veníamos corriendo hasta el club, en el piso de arriba, donde ahora está la cancha de Pelota a Paleta, había una pista de autitos eléctricos, ¡horas enteras pasábamos jugando ahí!

Adolfo Luna estaba a cargo del Básquet, sumó Ezequiel Cattanio, te prestaba una pelota para tirar al aro y te espiaba por una puertita, la llegabas a patear y estabas “al horno con papas”

Básquet Huracán

Cecilia, su hermana, no quiso ser menos y con los ojos llenos de esa nostalgia que tienen las cosas buenas me contó que cuando se vino a vivir a Tres Arroyos iba todos los fines de semana a la cancha a ver a Boca, equipo del cual era hincha su familia.

Un día por elección propia vine al club a ver un partido de Huracán, me llamó la atención que había muchas mujeres en la tribuna, entre ellas Berta, a quien amaban en el club. No sé si fue la cancha, o el triunfo, o lo bien recibida que me sentí, pero fue un momento mágico para mí, desde ese día me hice hincha de Huracán y con el tiempo arrastré a toda mi familia – me contó entre risas – empezamos a seguir a las divisiones inferiores por todos lados, mi mamá llevaba las merienda para todos los chicos y se convirtió un poco en la mamá de todos”.

“Huracán es una gran familia para mí, pasé y sigo pasando momentos inolvidables. Hay muchas mujeres que siguen colaborando con el club, Norma Novillo, Alina Marsico, María Rosa Echegoyen, y un montón más. No sé, Gabo, para mi Huracán es mágico, tiene magia en todos los rincones y en su historia”.

Me despedí de ellos pero no de mis nostalgias, que me persiguieron durante todo el día. Tengo el presentimiento que a ellos le ocurrió lo mismo.

La infancia, la adolescencia, los amigos y el club de mis amores, donde la vida pasaba sin apuro, donde fuimos inconscientemente felices.

Cada cual tendrá su historia, cada cual tendrá su corazón pintado de algún color.

Los clubes ayer, hoy y siempre fueron, son y serán refugio y contención, amistad y aprendizaje, alegría y diversión.

¡Que vivan todos y cada uno de los clubes de mi ciudad!