Una obra que muestra el talento cinematográfico mexicano y varias de las cuestiones sociales que atraviesan el país.


El cine mexicano vive desde hace años una edad dorada, forjada por unos geniecillos a los que Hollywood les puso el mote de “los tres amigos”: Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro, todos ganadores del Oscar a la mejor dirección por obras maestras como Roma, Birdman y La forma del agua.

Detrás de ellos está al acecho una generación de talentos “treinta y picos” como Luis Fernando Frías de la Parra, creador de la interesantísima y polémica Ya no estoy aquí, que Netflix acaba de sumar a su catálogo. Enmarcada en el estilo del cine social latinoamericano y “con onda” de Ciudad de Dios y Pizza, birra, faso, la película bucea en la cultura “kolombia” que floreció a comienzos del milenio en los suburbios de muchas ciudades mexicanas.

Como pasó acá con la cumbia villera, la “kolombia” es una apropiación de este género originalmente colombiano, en torno del cual se creó una cosa absolutamente nueva, con sus propias formas de bailar y de tocar, con una poética particular y hasta una manera de vestir recontra original.

Ah, y también un argot tan cerrado que les aconsejo que la vean con subtítulos, aunque formalmente sea un filme en castellano. La trama sigue la historia de Ulises, un pibe de bajos recursos y familia deshecha que vive para y por la “kolombia”. Un malentendido con unos narcos hace que se tenga que escapar del barrio. De ahí en más, la peli indaga en la fortuna de encontrar una pasión que da sentido a nuestras existencias. Y en el vacío abismal que implica perderla.





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