Pocas reseñas vi en los medios sobre la serie The Eddy, estrenada en el omnipresente Netflix. Y ninguna se prodigaba en elogios. “Extraño…”, pensé, dados sus pergaminos: es el desembarco en la pequeña pantalla de Damien Chazelle, el director de la estupenda Whiplash y ganador del Oscar con La La Land. Así que la arranqué como pisando barro.

Rumbos en casa.

Es la historia de un atormentado pianista estadounidense que se refugia en París tras perder a su hijo en un accidente en Nueva York. Allí monta un club de jazz con un socio turco que anda en problemas con unos mafiosos, lo que le da a la trama ciertos humos policiales. Pero el corazón de la serie está en la música, particularmente en la vibrante escena del jazz parisino.

Rumbos en casa.

No son pocos los que consideran a París la verdadera capital del jazz a nivel global. Tras la Segunda Guerra, fue el lugar de peregrinación de artistas de la talla de Miles Davis, Sidney Bechet, Bud Powell, Dexter Gordon y tantísimos más, que se dieron en la “Ciudad Luz” un respiro del racismo en los Estados Unidos.

Desde entonces sus clubes tienen estatura de sitios de culto para los mejores jazzeros del mundo y siguen hoy atrayendo a legiones de jóvenes. Y eso es lo que intenta capturar “The Eddy”, el ambiente de esos “sótanos”, su mística y sus gentes. La mayor parte de su elenco no son actores profesionales sino músicos. Algo que comparte con otra gran serie, “Treme”, dedicada al jazz de Nueva Orleans. Ambas son un delicioso antídoto para la abstinencia de la música en vivo, por cierto.