Un documental que recorre la historia del heavy metal en la Argentina y la forma en que caló sobre todo en los hijos de las clases trabajadoras.


Tribu curiosa la de los heavys. De chico, en mi barrio había tres pibes enormes, fanáticos del metal. Tenían el pelo largo hasta la espalda, muñequeras de cuero y unas camperas de jean con las mangas cortadas. Parecían guerreros medievales. Daba la impresión que te podían partir el cuello con el dedo meñique.

Capaz podían, pero –contra lo que sugería su pinta– eran tranquilos y justos, no entraban en las malicias típicas de otros de su edad. No nos molestaban a los más chicos, no robaban, ni buscaban roña por deporte. Los heavys no se metían con nadie y nadie se metía con ellos. Había como algo parecido a una filosofía que los juntaba.

Algo que recién comencé a entender muchos años más tarde, cuando me topé con “Sucio y desprolijo”, un documental que recorre la historia del heavy metal en la Argentina y reflexiona sobre la forma en que caló sobre todo entre los hijos de las clases trabajadoras. “Ser heavy no es violencia, ni estar vomitando en un rincón”, comienza diciendo una voz en off.

“Es levantarte a las seis de la mañana para ir a laburar o estudiar, porque tus viejos necesitan eso de vos. Y es reconocer en otro heavy a un amigo y a un aliado en esa lucha cotidiana. Es una forma de vida”. Para ser honestos, nunca conecté su música –demasiado estresante para mí–, pero algo muy interesante del documental es ver la influencia que el género tuvo sobre buena parte del rock argentino, desde Manal y Pescado Rabioso hasta Babasónicos y mil más. Está en Youtube, gratis, y no es un mal plan para rockeros en estado de aislamiento. Nostalgias de una época con pogos.





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