Sor María Javiera murió en 1922, dejando inconcluso el libro sobre el Monasterio Santa Catalina de Siena, al que dedicó su vida.


Hace unos años, una editorial cordobesa dirigida por Lorena Cervantes editó una obra sobre el Monasterio de Santa Catalina de Siena. Además de la importancia que tiene este sitio para quienes nos interesamos por nuestra historia, al iniciar su lectura me emocionó una voz –tiene la humildad de no firmar– que dice: “Al empezar estos apuntes sobre la historia de nuestro monasterio, hemos preferido hacerlo con los capítulos que dan principio a los antiguos manuscritos históricos que nos suministran datos muy importantes sobre la fundación y fundadoras”, se lee en el libro.

Y continúa: “En cuanto nos ha sido posible, hemos procurado servirnos de ellos y de otros recogidos en documentos originales, prefiriendo siempre la fidelidad histórica y cronológica a la extensión y aún belleza de estos apuntes. Tal vez el autor de los referidos manuscritos se propuso, al narrar en ellos las heroicas hazañas del afamado capitán Tristán de Tejeda, dar a conocer el generoso tronco de donde arrancaron nobles y vigorosas ramas, como lo fueron, en particular, su hijo e hija mayores, y demás descendientes que, con el andar de los años, dieron gloria a Dios y honor a Córdoba, su patria.” Hoy sabemos que la autora de ese libro –Tercer Centenario de la Fundación del Monasterio de Santa Catalina de Siena (1613-1913)–, editado al cumplirse los 3oo años del Monasterio, fue Sor María Javiera del Santísimo Sacramento Cabanillas.

La obra quedó inconclusa a su muerte, en 1922; tenía 70 años y había dedicado casi toda su vida a armar aquella historia oculta, no por deseo de la Orden, sino por las dificultades de aquel emprendimiento.

Sor Javiera descendía de una distinguida familia de Córdoba, fue religiosa de La Caridad del Huerto pero en 1890 profesó en las Catalinas.

Sabemos que escribió una Novena al Niño Milagroso –imagen venerada en esta Casa–, un Mes en honor de Santa Catalina, y el primer tomo del “Tercer Testimonio…” Puedo imaginar a Sor Javiera, en las horas serenas de reclusión, entre muros y jardines, dedicada a armar aquel rompecabeza de viejos documentos, de retazos de cartas, de frases interrumpidas por la fragilidad del papel.

Entre las mujeres de mi familia ha ido y vuelto la vocación religiosa sin concretarse nunca, pero nos ha dejado ciertas nostalgias en el ánimo, que mi madre superó eligiendo una institución dirigida por hermanas para pasar su vejez, alegando que podía ir a la capilla cuanto quisiera, varias veces al día, cantar en el coro, rezar en comunidad, meditar y leer de a ratos sin que nadie la molestara.

Da la casualidad de que mi historia es parecida –me disuadió mi confesor– pero presiento como propio el estado de ánimo de esta religiosa que, a finales del siglo XIX, consiguió dedicarse a aquella tarea de dar a conocer la historia del monasterio con tal entusiasmo, que consiguió el sí de su Superiora y la colaboración de la Iglesia, demostrando que la palabra escrita siempre se las ingenia para sobrevivir y dar testimonio del pasado.

A través de las crónicas escritas en pergaminos o en papel esquela, en documentos perdidos y encontrados, los cordobeses tenemos la posibilidad de conocer los primeros años de la fundación de nuestra ciudad, que daría luego origen a nuestra provincia. La misma a quien, en algún momento, Sor Javiera llama “patria”, como suelo llamar yo a esta tierra mía tan querida. Patria, el lugar donde nacimos o elegimos para vivir; el lugar donde finalmente descansaremos del “mundanal ruido”.

Sugerencias:

1) Visitar el templo.

2) En Semana Santa, hay visitas guiadas a partes del monasterio.

3) Buscar la historia del Niño Milagroso.





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