Mediante las obras de teatro, el público hacía catarsis, se libraba de culpas y pecados, se purgaba de sus errores.


Muchas veces, la vida diaria se encarga de darme temas para esta columna. El hecho de haber visto la película “Medea”, de Pasolini, me recordó una serie de clases que di, que incluían una breve Historia del Teatro. Para los que no lo saben, este comenzó en la Antigüedad, con las fiestas del dios Baco que se daban para la época de la vendimia, donde los asistentes bailaban y cantaban, sacrificando animales y entregándose a algunos desbordes.

Pasaron siglos hasta que se introdujo en aquel coro un relato, al principio desarrollado por un solo personaje. Luego este acto se separó de la celebración y ganó su propio espacio.

En una Historia del Teatro encontré lo que podríamos llamar la Santísima Trinidad de sus orígenes: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Esquilo fue el creador de la tragedia clásica, quien la revistió de grandeza y le dio un sello épico; Sófocles le insufló el acento dramático, y Eurípides se esforzó en imprimirle un carácter patético.

Patético. Mala palabra en nuestros días, peor aún que nostalgia. Pero no siempre debió ser así, pues no tendríamos sinfonías y sonatas de grandes músicos que llevan el subtítulo de “Patéticas”, así que fui al diccionario y encontré esta definición: “Dícese de lo que es capaz de mover y agitar el ánimo infundiéndole afectos vehementes, con particularidad dolor, tristeza o melancolía”.

Por lo tanto, al rechazar lo patético, no sólo rechazamos el teatro griego, sino también a Shakespeare, a Beethoven, a Tchaiskowsky, a Chopin, a José Asunción Silva, a Delmira Agustini, a Tosca, a Dickens

Pero di con la definición de tragedia, que es “la composición dramática cuya acción es de elevado carácter, excita a la compasión y produce terror”.

La compasión trágica es un sentimiento pasivo, de aflicción por los sufrimientos ajenos que no pueden remediarse; el terror trágico, en cambio, implica relacionarse de un modo intuitivo y misterioso con el hecho que lo produce.

No es el espanto y el horror que nos producen las catástrofes reales; es un terror diferente, destinado, según los griegos, a la purificación del alma. Y ese era el objetivo de la tragedia griega; tomar la perturbación y restablecer la armonía moral y social.

La perturbación era producida por extravíos y excesos personales, pero el Destino –no el destino ciego, sino una especie de Providencia que nos impulsa a auto aniquilarnos para domar las pasiones y elevarnos a una esfera superior– hace que nuestra desgracia y el castigo merecido restablezcan la armonía. Desde entonces, la justicia –divina o humana– afinaba el equilibrio en la sociedad lastimada o injuriada por algún hecho atroz.

Encontré unas palabras de Aristófanes que explican por qué el teatro, el antiguo o el nuevo, sigue convocando a tanta gente. Él decía que mediante las obras de teatro, el público hacía catarsis, se libraba de culpas y pecados, se purgaba de sus errores. Y podríamos agregar que los remedios llamados “catárticos” son los que purgan nuestro organismo cuando estamos intoxicados. Otra palabra interesante: catástrofe, el desenlace de la tragedia. Para que se produzca la emoción trágica de que hablábamos, no es necesario que intervengan en la acción grandes personajes históricos o legendarios: basta la verdad y la fuerza de las pasiones: el factor humano del que hablaba Graham Greene.

Sugerencias:

1) Rever alguna obra que hayamos disfrutado.

2) Participar en el teatro de los Centros de Jubilados.

3) Leer El cuarto en que se vive, de Greene, traducida por Victoria Ocampo.





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