Consagrada a nivel global con "Evita", la artista habló con Rumbos sobre el feminismo, la ecología y las relaciones de pareja abiertas.


Elena Roger entra al café de Barracas para su entrevista con Rumbos con la naturalidad y la soltura de alguien que se mueve en territorio conocido. Pero aunque ese es el barrio porteño que la vio nacer y el lugar que eligió para vivir junto a su familia, la geografía no es algo que implique límites para esta actriz y cantante que a sus 44 años ya pisó los escenarios más emblemáticos del mundo: fue la Evita de Adrew Lloyd Weber en Broadway, encarnó a Edith Piaf en Madrid, Londres y Buenos Aires y puso su potente voz a los tangos de Piazzolla en Noruega, Francia, Canadá e Israel, por nombrar sólo algunos de sus tantos proyectos.

Ahora, acaba de terminar en el teatro San Martín de Buenos Aires –con entradas agotadísimas– la obra El cartógrafo del dramaturgo Juan Mayorga, estrenada en España en 2016 y dirigida en Argentina por Laura Yusem. Ahí Elena interpreta a Blanca, la mujer de un diplomático instalada en Varsovia que se obsesiona con la búsqueda de un cartógrafo que trazó el mapa del gueto, un mapa que alberga con gran detalle el horror de los peores tiempos en la historia de Polonia.

Elena Roger interpretó a Blanca en la obra El cartógrafo, dirigida en Argentina por Laura Yusem.

“El cartógrafo” fue tu debut en el teatro estatal, ¿te resulta diferente actuar en Argentina o en el exterior?

Como actriz lo que me pasaba mucho afuera es que yo era totalmente libre. Yo sabía que en Londres no había nadie que me conociera que me fuera a ver. Entonces nunca mi cabeza estaba pensando en que había alguien en la audiencia que me conocía y que me estaba viendo. No me gusta mucho saber quién me está mirando. Prefiero ser libre y jugar sin saber bien quién está, porque sino empiezo a pensar si está fulano o mengano y tengo que hacer un trabajo mental todo el tiempo para volver a la obra. Teniendo otro idioma también pasaba que en mi cabeza no era yo misma la que actuaba, había otra persona hablando. Sucedía algo muy raro con eso del “otro idioma”, tenía que estar muy atenta por la dicción, ser clara, no podía estar pensando en otra cosa.

¿Suele pasar en las obras que mientras actuás tu mente piense en algo más?

Es muy loco lo que pasa cuando la obra está tan internalizada, la experiencia de todo lo que puede pensar un actor mientras la hace es increíble. La cabeza se puede dividir en 500 partes. En Piaf, en las últimas funciones mientras hacía la obra al mismo tiempo que actuaba traducía los textos al castellano o pensaba cómo podía traducirse una u otra frase porque sabía que veníamos a presentarla a Argentina. Eso es muy loco.

Cuando estuviste en Broadway o Londres, ¿te fueron a ver famosos?

Yo no me sentía observada, pero me acuerdo que una vez me vino a ver Nicole Kidman. Yo ni sabía que estaba en la sala, y al otro día me mandó una carta y un ramo hermoso de flores. Una vez cuando estaba haciendo Evita me vino a ver Kim Cattrall que luego se acercó a saludarme, y también vino Joel Grey, el actor de la película Cabaret. Pero no me ponía nerviosa, porque no eran personas que yo conocía, eran famosos, pero son tan lejanos a uno que al final es lo mismo que estén o que no estén.

¿Te pone nerviosa que te vaya a ver tu familia, por ejemplo?

Me acuerdo que cuando vino mi mamá a verme en Evita casi me olvido toda la letra de “No llores por mí Argentina”. Estaba tan emocionada que ellos estaban ahí, que cuando salí al balcón en un momento me puse a pensar en lo que ellos estaban viviendo y me quedé muda. En el escenario los demás actores me miraban y hubo un par de segundos más que yo tardé en decir las palabras que tenía que decir y tuvieron miedo.

¿Tuviste otros olvidos del estilo?

Sí, tuve. Haciendo Evita una vez dije cualquier cosa en una parte de una canción porque me olvidé la letra. A veces te agarran blancos pero salís del paso, si estás conectado encontrás la forma de volver o algún compañero te tira una mano. Suceden esas cosas en el teatro, te puede pasar con tantas funciones o con los nervios de un estreno. Cuando tuve a mi hija el primer año había quedado como boleada o cansada de no dormir y sentía que no podía concentrarme tanto.

“Cuando actúo prefiero no saber quién me está mirando. Me gusta no saber para ser libre y poder jugar”.

En tu última obra indagás en la historia del gueto de Varsovia y la persecución nazi. ¿Tuviste que estudiar para el papel?

Yo ya me había puesto en conocimiento cuando hice la película Wakolda, donde interpretaba a un personaje que era agente del Mossad y había visto documentales. Para El cartógrafo no me puse a leer libros porque ya de por sí la obra relata mucho y mi personaje no tiene que transitar ese mundo, está en la época actual, no está viviendo en esos años y no tiene por qué saber qué ha sucedido sino ir enterándose durante la obra.

Tu personaje habla mucho de la “memoria”, ¿cómo creés que impacta eso en nuestro país?

Acá hay muchos sobrevivientes y muchos que escaparon de la guerra. Sin ir más lejos, mi abuelo por no sacarse el sombrero cuando pasaba Mussolini tuvo que venir para acá. Todos podríamos llegar a indagar y tendríamos alguna historia de gente que vino en la época de la guerra. El que ayudaba a los nazis por miedo, el que ocultaba al judío con o sin remuneración. En mi casa habían ocultado a un judío haciéndolo pasar por un tío. Todo eso es fuerte pero además tuvimos nuestra propia tragedia, la desaparición de tantas personas. Muchas tragedias siguen sucediendo, eso no se acabó. Lo que sucedió en el gueto de Varsovia no se ha acabado, se enmascara, pero hay guerras, hay desaparecidos, hay gente que se escapa. Es muy triste. No nos olvidemos, pero también intentemos que no suceda más.

Elena Roger pisó los escenarios más emblemáticos del mundo: fue la Evita de Adrew Lloyd Weber en Broadway, encarnó a Edith Piaf en Madrid, Londres y Buenos Aires y puso su potente voz a los tangos de Piazzolla en Noruega, Francia, Canadá e Israel.

Una mujer al natural

Además del canto y la actuación, Elena Roger tuvo siempre gran pasión por los animales y el cuidado del medio ambiente. En 2014 inauguró en Ushuaia junto al actor Mariano Torre (su pareja y padre de sus dos hijos) el proyecto “Nave Tierra”, la primera construcción autosustentable de América Latina, hecha con botellas, neumáticos y paneles de lavarropas. También, como parte de su rutina, hace años que Elena decidió tener una alimentación saludable y dejar de maquillarse.

“No me gusta la obligación de despertarme, ponerme el rimel, el labial y el tapa ojeras porque tenemos que estar bellas, no. Ya somos bellas. Yo me levanto a la mañana y estoy acostumbrada a que mi cara es así y cuando me maquillo no me veo tan bella”, cuenta.

¿Por qué tomaste esa decisión?

Lo que a mí me pasa es que empecé a ser consecuente con lo que yo pienso con respecto al medio ambiente. A mí me parece que todo lo que sea innecesario para mi supervivencia y le hace daño al planeta lo puedo evitar. ¿Necesito un lápiz labial cada dos meses y tirar el recipiente de plástico que queda nuevo? Y ahora que está el asunto del reciclado, de todas maneras el reciclar es contaminante porque se utilizan muchas cosas para reciclar. Menos mal que se recicla, pero igual la gente sigue tirando a la basura cosas que podrían reciclarse.

Para mi la belleza no pasa por el maquillaje. En el escenario algún hombre quizás se maquilla porque le resulta exótico, pero ¿la mujer siempre se tiene que maquillar cuando sube al escenario? Para mí no. Pasa por otro lado. Si hay un juego dramático, dependiendo de lo que querés contar, creo que está bueno maquillarse, sino no.

Cuando te convocan para actuar, ¿les planteás a los directores que preferís no maquillarte?

En Piaf casi no me maquillaba. Y en El cartógrafo no me maquillé. Yo lo hablé con la directora y le encantó. Igual no quita que haya mujeres que sí lo necesiten o sí les gusta. A mi hija le encanta jugar con labiales y yo la dejo porque también es su experiencia. Es algo personal, yo no soporto el perfume. Me gusta oler a limpio, pero no me gusta el perfume. No es que no me cuido, pero no quiero “tener que”.

A veces te juzgan por tus decisiones, como cuando en una nota dijiste que con tu pareja tenían un “amor libre”. ¿Te pesa cuando los demás opinan?

A mi me interesa que dentro de mi casa estemos de acuerdo. Es lo único que me interesa. Mientras Mariano y yo estemos de acuerdo en lo que estemos haciendo, qué me importa el de al lado. Pero como somos gente pública, al decir algo el otro siente que tiene derecho a opinar. Más que de “amor libre” de lo que se habla es del amor incondicional y del no engaño, del respeto y la verdad en la pareja. Es eso de lo que hablamos nosotros. Hablamos de la verdad y de la comprensión, es amor, lo otro es posesión, es posesión y control.

¿Y seguís trabajando con el reciclaje y el cuidado del ambiente?

Nuestra casa tiene mucho de reciclaje. Todo el tiempo pensamos en eso. Pero siempre estamos pensando en cómo vivimos nosotros, que para mi es un paso importante que tiene que tomar la sociedad. Hay mucha gente que dice: para qué reciclar si el gobierno lo tira en cualquier lado. Ya por el hecho de saber que hay cartoneros que revuelven la basura, ya si vos la dividís es un montón. No sé, pedís comida por ejemplo, el envase de plástico lo enjuagas y está nuevo. Eso va a la basura y hay comedores que necesitan eso, o cubiertos descartables. La era de lo descartable se tiene que terminar, realmente hacemos demasiada basura. Vamos al supermercado y ni sabemos lo que estamos comiendo.

“No me gusta la obligación de despertarme y maquillarme. No es que no me cuido, pero no quiero ‘tener que’”.

¿Se cuidan con la alimentación?

Sí, compramos siempre verdura orgánica y al supermecado hace mil que no vamos. Pero bueno, todo tiene productos tremendos. A esta vida venimos y cada uno elije qué experiencia quiere vivir y de qué manera. Tenemos opciones. Nosotros tenemos mucha sensibilidad por la natrualeza. Mariano nació en Ushuaia, a mi siempre me produjeron una sensiblidad especial los animales. Y más de grande empecé a ser más consecuente. Quiero vivir de otra manera.

Hablando de causas, el año pasado se presentó un proyecto de cupo femenino para festivales de música. Como cantante, ¿lo apoyás?

Me parece que es súper interesante, es una pena que tengamos que poner una ley. El otro día fui a hacer el programa La hora del tango, que hace Sandra Mihanovich, y había dos bandoneonistas mujeres y varias mujeres en la orquesta. Yo creo que todos ya empiezan a darle el lugar, porque es así y está bueno. Empiezan todos a entender que no hay mujeres y que debería haber. Pero es muy interesante lo que dijo Rita Segato: “Ojalá que la mujer del futuro no sea el hombre que estamos dejando atrás”. Muy interesante, porque siento que la mujer tiene que tener su lugar pero no tiene que ser igual al hombre, menos al hombre actual. No nos podemos convertir en esas bestias porque sino estaríamos haciendo lo mismo. Algunas bestias, porque hay hombres que son hermosas personas.

¿Sentiste el machismo a lo largo de tu carrera?

Ahora me doy cuenta de algunas cosas, que en ese momento quizás no. Mismo en mi casa. Yo nunca sentí que era machismo, pero por ejemplo mi abuela a mi hermano no lo dejaba levantar la mesa, y nadie le dijo que él tenía que hacerlo, como sí lo hacíamos nosotras.

¿Creés que el femenismo logrará instalar varios cambios?

Sí, se van a lograr muchos más cambios. Pero tenemos que hacerlo desde el amor. Sino estamos utilizando esa energía del hombre que no nos gusta. ¿Queremos tener poder? No, queremos ser iguales. Sino estamos haciendo lo mismo. 





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