Todo niño sueña con ser adulto.

Quiere crecer y volverse “responsable”.

Tener libertades y poder decidir qué hacer con su vida.

Todo niño está impaciente por crecer, sin saber que, al

hacerlo, va a añorar cada vez más su niñez.

Esos tiempos en los que los problemas eran decidir con quién jugar por la tarde.

O en los que las complicaciones más grandes eran las tareas de matemática.

Un mundo de risas.

De juegos.

De rodillas raspadas y aprendizaje.

En el que los peores dolores podían curarse con chocolatadas.

Y no, no hay tal cosa como un aviso de que estás entrando en la adultez.

Un día te levantás y las cosas se pusieron complicadas.

Hay que tomar decisiones un poco más difíciles.

Aparecen las historias y dolores del corazón.

Ya no todo es juegos, que ahora hay cosas serias que solucionar.

No podés esperar más que todo lo decidan papá y mamá.

Un día te levantás y te das cuenta de que la adultez te cayó encima.

A pesar de que te sientas igual de niño.

No hay vuelta atrás.

Pero, alto, esto no quiere decir que ser adulto no tenga cosas buenas.

Tal vez no sea todo cuentos de hadas y princesas, y haya que hacerse cargo de cosas que no te gusten, transitar duelos, desilusiones y tomar muchas decisiones, pero, ser adulto también significa ser libre.

Y si bien te vas a tener que hacer cargo, podrás elegir vos mismo.

De eso se trata crecer, de que tomes tus decisiones y afrontes las consecuencias.

Los niños creen que ser adultos es solo libertad y locura.

Fiestas, amor, viajes, sexo.

Hay un poco de eso, es cierto.

Pero el verdadero desafío de crecer no es volverse realmente un adulto sino, a pesar de hacerlo, lograr mantener a ese niño inquieto e inocente adentro.

Pues, en un mundo como este, que no logren corromper al niño que llevás en tu interior es todo un reto.

Buen domingo