Mi abuela tenía Alzheimer.

Ya te hablé una vez al respecto.

Recuerdo haberte contado la increíble persona que fue.

Y que nunca se rindió, a pesar de que al final apenas fuera capaz de recordar.

O así fue como interpreté yo que día a día se levantara, se peinara y maquillara, y se enfrentara a la vida como lo había hecho siempre.

Se mantuvo de pie, hasta el último de sus días.

Pensando en el Alzheimer fue que me puse a reflexionar sobre la memoria.

Y sobre lo difícil que es concebir a una persona que la ha perdido.

Como dijo Galeano, más que de átomos estamos hechos de historias.

¿Y qué queda de nosotros si nos sacan lo que vivimos?

¿Qué somos sino la sumatoria de todo lo que nos trajo al día de hoy?

Puede que el pasado duela, pero a él le debemos nuestra versión actual.

Pensar en mi abuela y en su enfermedad me hizo reflexionar sobre lo terrible de perder la capacidad de recorrer esas vivencias que nos definen.

Los recuerdos son magia. Son fragmentos seleccionados de nuestra vida que decidimos llevar con nosotros.

Es en lo que elegimos recordar que está nuestra esencia.

Pues, no recordamos todo sino partes.

Pequeños apartados que unidos recrean nuestras vidas.

Que nos forman y constituyen.

Y más que latidos somos los momentos que nos aceleraron el corazón.

Y más que piel somos las personas que nos la erizaron.

Y más que humanos somos las cosas que vivimos y la manera en la que las afrontamos.

Como te imaginarás, es un tema que me toca mucho.

Pues el Alzheimer se hereda.

Creo que en parte es por eso que escribo.

Para no olvidar.

Por si algún día me quitan todos mis recuerdos.

Para entonces poder leerme y saber que no soy solo una sumatoria de átomos y que, a pesar de no poder recordarlo, yo también estuve vivo.