No deberías culparte por levantarte un día y sentirte diferente.

Por darte cuenta de que ya no compartís determinadas cosas con cierta gente.

Nadie dijo que las cosas fueran permanentes.

Todo lo contrario.

La vida es un constante cambiar.

Ir, venir y volver a empezar.

No podés esperar que a lo largo de ella todo lo que te rodea se mantenga igual.

Eventualmente dejarás de coincidir con determinadas personas.

Incluso te va a suceder con algunas que jamás te hubieras imaginado.

Vas a dejar de sentirte a gusto en determinados espacios.

Porque por tu manera de ser y de ver al mundo ya no te vas a sentir cómodo en ellos.

Y vas a empezar a dudar de lo que considerabas irrefutable.

Y vas a empezar a creer en lo que pensaste imposible.

Vas a amar una vez más.

Te van a volver a lastimar.

Vas a prometer no cometer los mismos errores.

Y, aún así, puede que repitas la secuencia una vez más.

Y va a cambiar.

Tu ropa, tu pelo, tu cara, tu cuerpo.

Pero lo que más impacta de una persona es cuando más que lo de afuera le cambia lo de adentro.

No le tengas miedo al cambio, cariño.

Que te lo digo, la vida es eso.

Podés elegir resistirte.

Podés aferrarte a todo e intentar que no se vaya jamás.

Pero, cariño, hagas lo que hagas, no vas a poder evitar que mañana las cosas ya no sean iguales. Lo único que vas a lograr es lastimarte y perderte.

Porque al cambiar es cuando más te encontrás.

Es inevitable cambiar.

Y también es fundamental.

De hábitos, de empleo, de gustos, de amistades o de aspecto.

Cambiar es sinónimo es crecer, evolucionar, buscar ir más allá.

Ya sea que salga bien o mal, no ser el mismo de antes es un hecho a considerar.

Buen domingo,

A