“Hola, yo fui jugador acá y quería pasar a visitar”, preguntó tímida y educadamente Luis Chuzo González al llegar a la entrada del Club Ferro Carril Oeste. “Yo sé quién sos”, le respondió con seguridad y emoción una mujer, sentada en una silla frente a los molinetes, detrás de una mesa redonda en la que tenía talonarios. “Vengo con mi familia, somos seis”, agregó él.

Pasó el molinete desactivado, cruzó el umbral de un lugar que supo ser su primer hogar porteño cuatro décadas atrás cuando Caballito no era lo que es hoy. Lo que sí, este club de Capital Federal competía palmo a palmo con los mejores en el futbol y en básquet se estaba armando para protagonizar los mejores capítulos en los inicios de la Liga Nacional de Básquet, de la mano de León Najnudel, un entrenador visionario que mucho tuvo que ver con la creación de la competencia.

Luis Chuzo GonzálezVía País

La carrera profesional de Chuzo González

Luis “El Chuzo” González partió de Villaguay a sus 17 años a explorar zonas pintadas y canchas de parquet profesionales que en su pueblo entrerriano eran una utopía. Su mamá Maruca tardó en dar el brazo a torcer porque ese gurisito pelo chuzo, que había dado el estirón unos años atrás, seguía siendo el nene de la casa, el más chico de sus seis hijos y el menor de los 4 varones. Cuando llegó a Buenos Aires se instaló en la pensión del club, compartiendo vivencias con jugadores como Darrás y Uranga (basquet), Gallego González, Marchesini y Cúper (fútbol) , aprendiendo de maestros como León Najnudel y Carlos Timoteo Griguol.

No conozco su historia en el básquet en detalle, más bien la voy descubriendo a partir de sus memorias o los recuerdos de su familia/amigos/sobrinos mayores. Si sé que el Chuzo siempre fue el tío más joven, el primo mayor de todos sus sobrinos. En edad y en espíritu. Siempre se relacionó con la redonda anaranjada de una forma inocente y pasional, con recursos sanos que le permitieron ir subiendo peldaños y escalando posiciones en el mundo del deporte.

Club Ferro.Vía País

En las paredes de la casa de Maruca en Villaguay colgaban algunas fotos de su hijo con la chomba del seleccionado argentino juvenil de básquet. La foto de un adolescente con el pelo enrulado suspendido en el aire, el short cortito y las medias altas como se usaba a principios de los ochenta, las botitas blancas elevadas y flotando en el aire. La mirada firme en su objetivo, los brazos en alto sosteniendo con paciencia y elegancia la pelota, casi como sosteniendo en brazos a un bebé, en un instante grabado en la lente de algún fotógrafo de antaño. Esa pelota seguramente habrá entrado limpia en el aro, siendo el Chuzo un jugador de mano caliente, con una capacidad de tiro envidiable. Un tirador, un quema redes, una muñeca sutil que lo llevó a ser goleador de la Liga Nacional de Básquet a mediados de los ochenta jugando para Echagüe y ser buscado por los mejores equipos del país.

De Entre Ríos a Buenos Aires

Entre Ríos es una provincia del litoral argentino, de gente amante de las tortas fritas y el mate amargo. Tierra de las tortas negras (o caras sucias) y los pastelitos. De las tardes de pesca en el río Uruguay y Gualeguay. De personas que aman el deporte y en especial el básquet. El Club Parque de Villaguay fue el primer equipo donde el Chuzo empezó a despuntar el vicio y descubrir su talento. En esta ciudad (Ciudad de Encuentros, como se lee en un cartel de bienvenida) fue donde empecé -yo también- a tirar al aro, motivado por la pasión contagiosa de mi familia. Volviendo al estadio de Ferro Carril Oeste: caminamos unos treinta metros hasta llegar a una puerta donde está pintado en blanco sobre fondo verde el nombre “Estadio Héctor Etchart”.

Es el estadio de básquet. La puerta está abierta y entramos. Es mediodía y el sol ilumina con naturalidad y encanto los distintos rincones al aire libre del club. Unos chicos sentados alrededor de una mesa toman una coca, vestidos con sus uniformes deportivos. A un costado, en una cancha de tierra y césped, hay un partido de futbol amateur. Del otro lado, pegado a la cancha de básquet, se asoma una de las tribunas donde supo jugar el Ferro de Timoteo, que supo ser campeón y le disputó la corona a Boca y River.

Luciano "Chuzito" González y Luis Chuzo González.Vía País

Nosotros mientras tanto vamos descendiendo las escaleras del estadio de básquet. El chuzo va adelante mirando con detenimiento todos los rincones de su primer hogar en la Capital. Al costado de la cancha, arriba de las tribunas, hay una foto grande de León Najnudel y a sus costados camisetas de glorias del equipo: Tourn, Cortijo, Kammerichs, Scola, Oroño, entre otros. Bajamos al escenario de los partidos, pisamos la madera donde tantas veces picó la pelota. Fotos de rigor para el recuerdo. Caminamos hacia los vestuarios que están abiertos. “Están iguales, así eran los vestuarios”, dice. Hasta se pueden insinuar o sugerir sus olores tan particulares, los aromas que esconden esas paredes, que dan a la tribuna visitante. La puerta también está abierta como sabiendo que el Chuzo viene de visita. Nos asomamos.

Entrando a la izquierda se va a las duchas y los baños, al fondo los bancos largos pegados a la pared. Entre la cancha y el vestuario se camina sobre una madera más opaca y antigua que, nos cuenta el tío, ese era el piso de la cancha de antes. “Sabés las rodillas como dolían después”, nos cuenta risueño.

Chuzo volvió a Ferro.Vía País

“Yo soy el papá del Chuzito”

Hubo tiempo para jugar con chicos de las inferiores del club que aparecieron con una pelota. Tiró unos tiros, los primeros quedaron cortos pero luego empezaron a entrar limpios, como en los viejos tiempos. “Yo soy el papá del Chuzito”, les cuenta a los adolescentes. Ante todo empatía y humildad, entender que las generaciones avanzan y el camino transitado por el papá ahora es el camino que el hijo va recorriendo, siguiendo sus pasos, agregándole su propio estilo y andar. Pero el apodo se conserva y se agrega el “Ito”. La pasión es la misma, la estatura y el número de calzado similares, el mismo número 8 en la espalda: Chuzo y Chuzito. Luis Alberto y Luciano. Al salir del estadio y dejar atrás un flashback de 40 años, saluda con cariño a la señora de la entrada que lo reconoció al llegar.

“Yo también tengo mis años… en mi familia somos fanáticos de Ferro y en especial del básquet”, le había dicho ella. Se despiden y ambos, jugador y empleada del club, se agradecen la buena onda. Nos subimos al auto, contentos y felices, por un lindo momento vivido. No lo vi jugar mucho al Chuzo. O al tío Alberto, como le digo yo. Sebastián, mi hermano mayor, lo vio un poco más siendo además fanático del básquet como los primos de su misma edad (Mariano, Martín y Pablito). El tío les lleva menos de 20 años de diferencia y de chicos era su referente deportivo. Mariano y Martín en el Club Sarmiento de Villaguay, Pablito en Racing de Gualeguaychú, Sebastián en el Club Victoria de Buenos Aires. Además, no era un tío, era un primo mayor.

Chuzo González saltos.Vía País

El más jodón y cómplice de los tíos. De su hermano el economista, el veterinario o el ingeniero. De sus hermanas mayores contadora y maestra. Todos, los seis, con espíritu docente y vocación para transmitir sus conocimientos y pasiones. El Chuzo, para transmitir con generosidad las bondades del deporte y la importancia de su práctica para la vida. El básquet, el deporte, es un estilo de vida. No solo le abrió las puertas de un club grande de Buenos Aires como Ferro, sino que le permitió conocer el país y el mundo, conocer personas. Lo hizo crecer (no solo en estatura) sino de la cabeza, con las distintas experiencias que fue teniendo en su carrera deportiva, corta si se piensa en términos de una vida, pero larga en cuanto a momentos, situaciones y experiencias.

La cancha de Ferro le sacó una sonrisa al Chuzo

Siempre pensé que un deportista arranca antes y termina antes, dejando de lado muchas cosas para llegar. Si al talento le agrega disciplina, esfuerzo, dedicación y la cuota de suerte necesaria, puede llegar a destacarse. Uno ve a los deportistas que trascienden por la tele o en el diario (ahora en Instagram) y muchas veces aparentan más edad de la que tienen. Porque las cámaras los “agrandan”. La película de su vida en el deporte avanza rápido y no se detiene.

A veces sobrevienen lesiones y frustraciones, malas decisiones, malas juntas; a veces aparecen oportunidades y saltos de calidad, primeros planos y flashes; al final el día después. Pero ese deportista “famoso” es doblemente “famoso” cuando es humilde y recuerda con nitidez los recuerdos de la infancia, las tardes en familia, las siestas entrerrianas, las tardes de pesca y mosquitos en el balneario. Es doblemente reconocido cuando no pierde su esencia, la misma esencia que le inculcaron en su casa, de ser buena gente y nunca tener la nariz parada, como le dicen a los agrandados. El Chuzo Goleador fue siempre el tío Alberto.

Chuzo y la camiseta de Manu Ginóbili.Vía País

El amante de hacer asados y pescados a la parrilla. El que disfruta el pueblo porque lo desconecta y le permite respirar ese aire tan especial de la sencillez. Cuando el Chuzito (su hijo) entra en una cancha de básquet, no solo veo al basquetbolista, sino al primo con el que jugaba al NBA Jam en el SEGA, en su casa de Paraná. Conserva la mirada y el andar pausado. Conserva la tranquilidad.

Nadie lo apura. Anda a su ritmo, pero va al frente como loco cuando tiene que encarar el aro con fuerza y determinación. Cuando el tío tira al aro con los chicos de Ferro, veo en su mirada la inocencia y el amor por el deporte. El placer de jugar. Porque el deporte es un juego antes que nada, donde se compite y se gana, pero principalmente se juega y se es feliz. Ayer, la cancha de Ferro le sacó una sonrisa al Chuzo. El tío-primo de todos sus sobrinos.