En dialecto, amarcord significa recuerdo. Así deambulan por uno mismo, sin querer, sin pedir permiso, insolentes, a veces dolorosos, a veces incógnitos y otras veces furtivos. Los recuerdos son eso, el tránsito de las cosas por el corazón una y otra vez, una y otra vez. Algunos recuerdan con dolor, otros con sonrisas, muchos con ruido, y otros en silencio. Es como el color de la piel, uno nunca sabe lo que le toca. Porque a mí me toca recordar las noches y sobre todo las frías.

A Roque lo conocí hace un montón de tiempo, con más cabello, más ilusiones y menos desengaños. En un galpón al fondo de una propiedad convivían el oficio del chapista y la sapiencia del maestro de boxeo. Fragancias a thinner y a transpiración, esfuerzo del trabajo y de entrenamiento, palabras de estímulo sano y proyectos de grandezas…cuanta belleza en aquel hermoso lugar. Conversamos largo rato y como siempre, tiró unos golpes cuyos nombres en aquel tiempo yo no reconocía. EL tiempo lo llevó a otros lugares aún más hermosos, quizás como una especie de justicia invisible y por eso recaló en el Club Ministerio, donde el Puerto, el mecer de las aguas y el tronar de los escarmientos parecen una sola sinfonía. No podría haber otro sitio donde la personalidad de Roque se cobijara, y el destino no falló durante casi treinta años.

Muchos lo habrán conocido en los festivales que el mismo promocionaba, dando oportunidad a los discípulos para lucir los avances que, como artista del cuadrilátero, les transmitía con paciencia de orfebre y sapiencia pastoril. En el rincón, toalla al cuello y el ojo atento a los movimientos ajenos, levantaba la guardia por instinto, como si un hilo invisible pudiera mover los guantes del boxeador. Nunca lo vi combatir, pero siempre lo vi boxear. En tardes frías de algún día del invierno caminamos el gimnasio, las bolsas, el espejo, las enormes ruedas que servían para ejercicios de coordinación, las peras, los guantes, y quizás su satisfacción fuera que yo, había aprendido el nombre de los golpes que insistía en enseñarme.

No hay forma de contradicción, sería imposible que respondiera a sus amagues, a su estilo. Es como si fuera un pretendiente a la palabra sabia, un científico inhábil, un idóneo desubicado…su presencia generaba respeto y eso es un patrimonio invaluable. Ayer hablaron de él en las necrológicas de los diarios. Cosas que pasan, la ley de la vida. Las noches frías y los recuerdos, solamente dirán que sonó la campana y Roque Romero Gastaldo ya no subió al ring.