Muchas de ellas no pasaron a la historia como los hombres, pero sus tareas fueron fundamentales.


Olvidadas en el relato, hubo 23 aspirantes navales a enfermeras que cumplieron funciones, a pesar de no estar recibidas, durante la Guerra de Malvinas. Ellas atendieron al primer herido de la guerra, el cabo Ernesto Urbina, y etiquetaron al primer muerto: el mendocino Pedro Giachino, en una base a 24 kilómetros de Bahía Blanca, uno de los principales centros de atención para los soldados.

Una de ellas, María Graciela Trinchín, contó algunas de las frases que recibieron: “Tenés que atender y obedecer, no tenés derecho a preguntar si hay guerra o no”, recordó que le dijeron entonces.

Instrumentistas: Susana Mazza es la segunda de izquierda a derecha (Web)

Sobre la correspondencia que recibían, contó: “Las cartas eran abiertas, tachadas, no se podía comentar lo que se vivía adentro”. “Había un teléfono en la puerta del hospital, pero las llamadas debían ser breves: había que decir dos palabras, cortar y dar paso al puñado de personas que esperaban en fila para usar la línea”, también recordó, en una nota de Marina Vanni.

La incomunicación era tal que incluso no se enteraron del hundimiento del crucero General Belgrano hasta que lo escucharon por Radio Colonia. Y luego tuvieron que atender a los heridos. Una de ellas, Inés, todavía recuerda “el olor a carne quemada mezclada con el petróleo”. “Nadie cuidó que las más chicas no viéramos esas situaciones”, dijo. “Si llorabas, te hacían una reprimenda verbal”, agregó.

Stella Carrión (arriba a la derecha) con sus compañeros (Web)

Mientras tanto, en Punta Quilla, Santa Cruz, Stella Maris Carrión era la única mujer a bordo del buque de ELMA (Empresa Líneas Marítimas Argentinas) Lago Traful. Era oficial de radio y se dedicaba a captar los códigos de los enemigos y enviarlos por escrito a la Armada Argentina.

“Al ser mensajes cercanos, de Chile y de barcos ingleses, se oían a un volumen alto. El desafío era anotarlos: las emisiones eran muy rápidas”, contó la mujer que ingresó a la Escuela de Náutica en 1979.

Sobre el riesgo al que estuvo expuesta, dijo: “No me preocupaba el ataque; si te tiene que tocar, te tiene que tocar. ¿Qué puedo recibir de la radio si estoy con miedo?”.

Desde el mar El 11 de junio de 1982, un equipo de instrumentistas quirúrgicas abordaba el buque rompehielos Almirante Irizar, que funcionó como embarcación-hospital. Eran Susana Mazza, Silvia Barrera, Norma Navarro, María Marta Lemme, María Angélica Sendes y María Cecilia Ricchieri.

“Hubo reticencia en un principio, no sabían cómo acomodarnos, pero luego nos trataron muy bien”, contó Mazza. Su presencia en el buque era especial: eran mujeres y civiles, algo que no abundaba en el lugar.

“No lo tomé como un riesgo, porque no nos estaban atacando a nosotros, pero era impresionante”, recordó Mazza sobre los sonidos de la guerra que les llegaban. A menudo tenían que atender heridos de munición y de metralla, recién salidos del frente. “Ellos querían quedarse y seguir luchando”, recordó.

Susana Mazza es una de las pocas mujeres que figura como “veterana” oficialmente en las listas del Ministerio de Defensa de la Nación. Muchas otras solo cuentan con diplomas de mérito y distinciones fuera del ámbito militar.




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