Aprovechando las vacaciones de invierno, un grupo de amigos viajó al Bañado La Estrella, un paraíso formoseño, elegido como una de las maravillas naturales argentinas que queda a 300 kilómetros de la capital de Formosa por la ruta nacional N° 81 y luego a aproximadamente 40 kilómetros por la ruta provincial N° 28.


Conocedores de su provincia, un grupo de amigos tomó un camino un poco más agreste que la ruta asfaltada N° 28 para recorrer por el lapso de dos horas, una vía de tierra y llegar al pueblo de Fortín Soledad, donde los esperaría un guía turístico de los baqueanos.

En medio de la agreste naturaleza del Bañado, el niño se dedico sencillamente a jugar

Considerado por los propios como “el lugar” con las mejores vistas, con postales fotográficas únicas, el punto de partida de Fortín Soledad para el canotaje presenta características únicas.

Sin embargo la experiencia inusual de pasear por lugares mágicos, empezó mucho antes, cuando en su recorrido por los caminos de tierra, se cruzaron con Axel, un niño de la comunidad aborigen Pilagá que jugaba con un barrilete que había fabricado el mismo y que no conseguía hacer volar.

Los parajes embrujados del Bañado La Estrella, generan una mezcla de alegría, serenidad y contemplación de la inmensidad de la naturaleza. Foto: Pablo Córdoba

Apenas hablaba el español y de manera visible “el barrilete”, armado con cañitas, papel y precarias asimetrías en la forma, difícilmente cobrara altura a pesar del continuo viento norte de la zona.

En el auto, el grupo de amigos, traía por una casualidad o quizás por la causalidad de estar en un lugar embrujado, un barrilete comprado con formas aerodinámicas y con un colorido dibujo de un guacamayo. Lo traían para entretenerse por una ocurrencia pero en ese momento el haberse cruzado con el niño aborigen, el “guacamayo” de materiales livianos cobró la importancia de un tesoro invaluable.

Casi sin pensarlo, le regalaron a Axel, el barrilete colorido y con dos o tres indicaciones el pequeño remontó inmediatamente la figura llamativa por los aires y los visitantes pasaron absolutamente a un segundo plano. El juguete impensado completó la alegría inocente del pequeño en medio de una inmensa soledad.

Sergio, Mauro, Romina, José y Diego siguieron su camino rumbo al Bañado La Estrella pero no podían evitar mientras se alejaban, mirar hacia atrás para ver perderse por la nube de polvo del vehículo, al niño más feliz del mundo haciendo lo que cualquiera a su edad, simplemente jugar.

¿Fue una casualidad? Nadie podría asegurarlo, lo cierto es que los amigos siguieron camino, viviendo esa sensación única de mística que rodea los parajes embrujados del Bañado La Estrella, una mezcla de alegría, serenidad y contemplación de la inmensidad de la naturaleza.




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