PERSONAJES

Los Hermanos Videla, padres del circo

por Guido Piotrkowski

Jorge y Oscar pasaron sus vidas colgados de un trapecio o vestidos de payaso. Son los creadores de la primera Escuela de Circo argentina que se convirtió en una de las mas reconocidas del continente. Esta es su historia. 

Son las seis de la tarde de un día helado del otoño porteño. Ya no debe haber legisladores en las oficinas del señorial edificio ubicado en la calle Perú, que a esta altura es peatonal, y punto de venta de artesanos y manteros. En cambio, quienes hoy deambulan por los pasillos y preguntan dónde y cuándo se llevará a cabo el acto, son un nutrido grupo de artistas, “la gran familia del circo”, hombres que no visten traje y mujeres que no calzan tailleur ni tacos, que andan con jeans gastados y vestidos coloridos, llevan raros peinados nuevos, y se pasean sonrientes, como si estuvieran frente a su público, en una gran carpa, un teatro, o en la calle, que mas da.

Dentro de la Legislatura porteña se respira un clima inusual, festivo. Es que en un rato serán homenajeados los Hermanos Videla, alma maters del circo criollo. Jorge y Oscar Videla, quizás los hombres más respetados y adorados por la tribu circense vernácula, pasarán hoy a la historia oficial de la ciudad de Buenos Aires. En un hecho – ¿o un hito? – inusual, serán nombrados como Personalidades Destacadas de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires. Una noticia ajena a este ámbito: un ámbito en el que malabaristas, acróbatas, contorsionistas, payasos, y un largo etcétera de artistas outsiders de la cultura oficial, son, en general, ninguneados.

El acto se lleva a cabo en el salón Perón, decorado para la ocasión. Hay mesas cubiertas con telas brillantes y aterciopeladas, que tienen elementos propios del circo, como clavas de malabares o cajas chinas; hay paneles con fotos de la extensísima trayectoria de los hermanos, quienes giraron por todo el país, Latinoamérica y más allá. Los Videla deleitaron con su arte en circos tradicionales desde que eran unos purretes, viajando junto a su padre. Ya adultos, participaron en teatros de revistas con figuras como Olmedo, Porcel y Susana Giménez, y en programas de tevé, por ejemplo junto al recordado Pepitito Marrone. Más adelante, en los ochenta, fundaron la Escuela de Circo Criollo, una de las usinas de artistas circenses más reconocidas del continente, la primera en Sudamérica y la segunda en Latinoamérica, después de la escuela cubana. La piedra fundamental que contribuyó en agigantar la leyenda.

Y aquí están los representantes de la agrupación Circo Abierto, impulsores de la declaración y del Frente de Artistas Ambulantes Organizados. También está Julieta Infantino -impulsora del proyecto-, antropóloga e investigadora del Conicet, docente de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, autora del libro Circo en Buenos Aires, cultura, jóvenes y políticas en disputa, junto a la legisladora de Unidad Porteña Victoria Montenegro -coautora del proyecto- quien hablará en nombre de la autora, la diputada por Unión Ciudadana Andrea Conde, ausente con aviso. Hay familiares, amigos, alumnos y ex alumnos de la escuela. La sala Perón está repleta, hay gente de pie y sentada en el suelo.

Y claro, están ellos. En sillas de ruedas, uno al lado del otro, codo a codo, como siempre. Frente a su público, que no deja de aplaudir, silbar, vitorear. Los hermanos están de gala: traje gris, corbata negra con lunares para Jorge, impecable traje negro y corbata al tono para Oscar, que usa anteojos y tiene nariz de boxeador. Ya andan cerca de los ochenta años y acarrean achaques de la edad. Viven juntos, en Lanús y parece que se mimetizaran, en las buenas y en las malas. Dos años atrás, Jorge padeció un ACV, y otras complicaciones; Oscar tiene un cáncer.

Fundaron la Escuela de Circo Criollo, una de las más reconocidas del continente, la primera en Sudamérica y la segunda en Latinoamérica, después de la escuela cubana.

-¿Llegamos para recibir esto? -se pregunta Oscar, micrófono en mano, visiblemente emocionado- ¡Y menos mal que llegamos, porque zafamos ahí!. (risas del público). Este año casi nos vamos los dos ¡Qué cosa! A el le duele la cabeza, al otro día me duele a mi. Alguien dijo: es un pequeño homenaje… ¡No! esto no es un pequeño homenaje. ¡Es un homenaje terrible!”

Y a pesar de los problemas de salud, nada empañará esta jornada de una declaración que se viene gestando hace un par de años ya, una jornada en la que se los ve radiantes, inmensamente felices. Luego de las palabras alusivas de la legisladora Montenegro, toma el micrófono Germán Welchlim, representante del Frente de Artistas Ambulantes Organizados.

-No tuve la suerte de tenerlos como maestros directamente. Pero mis maestros aprendieron con ustedes. Es un día emocionante, me cuesta hablar, pero no tengo mucho más para decir que gracias, gracias; gracias por el legado, por el camino abierto, especialmente para los que no venimos de familias de circo.

Y le pasa la posta a Néstor Martellini el presidente de Circo Abierto, un tipo grandote, de pelos largos.

-Estoy nervioso y conmovido. Hace 25 años fui por primera vez a la Escuela de Circo, una cosa absolutamente exótica. Los maestros eran Jorge y Oscar. Me subí a un trapecio y no me bajé nunca mas. Ahí descubrí la segunda mitad de mi vida y la parte más importante en cuanto a realización personal laboral. Sin ellos ahí no hubiese podido existir esta felicidad en mi vida y de la mayoría que están presentes. Así como yo, hay miles de artistas que salieron de esta escuelas o de escuelas que surgieron de Circo Criollo.

Mientras tanto, los maestros atienden conmovidos, al borde del llanto, y un grupo de acróbatas estira sus músculos atrás de las columnas y entre las mesas de sanguchitos listos para el brindis.

Ahora le toca el turno a Infantino, quien en su libro recorre la historia vernácula circense de punta a punta. En tono más academicista, pero no menos emotivo, lee pasajes de la declaración formal.

-Jorge y Oscar, referentes indiscutidos del circo argentino. Nuestros maestros, nuestros pioneros -evoca, y enseguida pasa a hacer un racconto de la historia de los Videla y su influencia en el circo-. El homenaje que hoy hacemos a los Videla no solo debe ser pensado como un homenaje extenso a todos y todas las artistas de circo, sino como un puntapié para ir por mas. ¡Qué viva el circo!.

El acto formal sigue con la entrega de los diplomas, números de circo -acrobacia, contorsionismo, un payaso- muchos vasos, besos, abrazos y un video emotivo con cirqueros formados en la escuela, diseminados por el mundo, que envían mensajes cargados de afecto y amor.

La Escuela de Circo Criollo está situada en la calle Chile al 1500, en el barrio porteño de Monserrat. Justo a mitad de cuadra, no tiene cómo pasar desapercibida. La puerta de entrada está pintada con dibujos de trapecistas y payasos donde predomina un color rojo furioso. La cortina metálica del centro está abierta y a ambos lados, sobre las cortinas linderas que permanecen bajas, hay dos estrellas rojas. Arriba, en grandes letras manuscritas, se lee: Circo Criollo, y abajo: desde 1980.

Las habilidades, la adrenalina y la destreza que solo refleja el circo en sus habituales funciones.

Adentro, sobre las paredes un tanto raídas y pintadas color salmón, cuelgan fotos color, sepia, blanco y negro, por todos lados: están ellos, sus padres, sus hijos, abuelos, la familia, y las familias de sus familias. También algunos viejos afiches y diplomas. Como uno de la Universidad del Salvador, que llama la atención.

– Mirá, eso no lo tiene nadie en el circo en doscientos años- señala Jorge Videla, que está sentado en un rincón, un pequeño espacio aparte, de espaldas a una televisión encendida. Inglaterra acaba de ganarle a Colombia el partido de octavos de final de la Copa del Mundo. Es una tarde gélida en Buenos Aires y Jorge lleva puesto un gorro de lana con pompón y una frazada sobre sus piernas. Delante de él, un andador, en el que se apoyará para caminar cada vez que precise levantarse.

-Son profesores eméritos de la Universidad del Salvador -aclara Gaby, la hija de Jorge, de pie a su lado.- A mi papá se lo dieron en el 2001 y al tío en 2013.

Gaby tiene un perro Chihuahua apretado contra su pecho, que sostiene dentro de una de esas uauitas peruanas que se usan para llevar a los bebés. Ahora está sentada, frente a su papá, delante de la caja de cartón donde duerme el chihuaua. Atenta a lo que dice él y a los movimientos de la escuela, del teléfono que suena cada dos por tres y hasta un pibe que viene a buscar un pen drive para una presentación. Se disculpa de que Oscar, su tío, no pudo venir porque -dice- no está bien de salud.

Los Hermanos Videla son, además de todo, profesores de la Universidad. Dieron la materia Malabares y Destreza Física dentro la carrera de Arte Dramática desde 1998. Ahora tomó la posta Gaby.

En la escuela se dan clases de circo para niños, clases de parada de manos, de acrobacia en tela, de trapecio en vuelo, entre otras disciplinas. Pero, como recalcará Jorge durante la charla: acá se forman artistas.

Acá se enseña a ser gente. Ar-tis-tas. Acá malas personas no entran -remarca Jorge, enfático, mirando a los ojos.

-¿A qué viene la nota? -pregunta.

Por el premio de la Legislatura -le responde Gaby, en voz alta, casi maternal.

Su madre, Olga, también está ahí. Es una mujer menuda, de cabello corto, blanco, que saluda y se va. También viene de familia de circo y fue artista circense. De hecho, así conoció a Jorge. Y Gaby, su hija, no puede escaparle al circo, que lo heredó por todas partes, hasta sus tatarabuelos maternos fueron artistas circences en México, de donde eran nativos, en la época de la revolución Zapatista. Pero esa es otra historia.

Al fondo, luego de atravesar ese espacio con fotos que hace las veces de recepción, en un gigantesco galpón dividido en dos cuelgan telas de mil colores, trapecios y arneses del techo, aros de las paredes y colchonetas por todos lados, allí se dan las clases. Algunos padres matean y charlan en una mesa mientras esperan, otros permanecen sentados en una tribuna mirando a sus retoños hacer piruetas.

Paola Lalia es artista circencse, docente y pedagoga Waldorf. Conoce a los hermanos Videla desde el año 1999 y entró en el 2001 a la Escuela. Hizo los tres años de formación básica, y comenzó a enseñar cuando la terminó y antes de desarrollar su carrera artística.

-Empecé a dar clases para niños un poco para permanecer en la escuela. No tenía mucha voluntad de salir de ese espacio y Oscar y Jorge me ofrecieron dar las clases para niños -cuenta hoy, a sus 35 años. Paola es una mujer menudita, como buena gimnasta.

-Después salí a girar con circos tradicionales, tuve mi propio espectaculo, viajé mucho y desde 2014 que me estoy dedicando exclusivamente a dar clases para niños en la escuela.

Para Paola, los hermanos Videla son como sus padres. “Son mis padres artísticos, mis padres a nivel humano, a nivel personal. Los considero los padres del circo en la Argentina. La verdad que son mi familia, parte de mis raíces. En los Videla encontré una familia. Y el circo es mi forma y estilo de vida, mi manera de ver el mundo”, cuenta.

Según narra Julieta Infantino en su libro, Jorge y Oscar Videla nacieron al interior de una “familia cirquera” y se enorgullecen de ser tercera generación de cirqueros. Nacer en diferentes provincias, mientras sus padres, tíos y abuelos trabajaban en distintos circos, nos traslada a una época lejana en la que los circos contaban con una primera parte de espectáculo basado en destrezas y lenguajes artísticos que comúnmente se piensan como “circo”: malabares, acrobacia, equilibrios, destrezas aéreas, comicidad; y una segunda parte, compuesta por obras teatrales -principalmente del género gauchesco-. Esa modalidad de espectáculo es conocida como Circo Criollo y surgió a fines del siglo XIX en el Circo de los Hermanos Podestá, a partir de la interpretación del drama emblema de la literatura popular criollista, Juan Moreira, en versión teatral. El Circo Criollo se erigió como modalidad escénica reconocida por muchos como “cuna del teatro nacional” y que continuó caracterizando las propuestas circenses en el país hasta, al menos, 1960″.

La tradicional carpa de circo, con la cual giraban de pueblo en pueblo por el interior del país.

Mi abuelo se escapó con un circo cuando tenía diez, doce años -recuerda Jorge- Se fue con otro chico sanjuanino y ahí se criaron. Aprendieron las técnicas del circo, acrobacia y trapecio, que es la base. Le enseñó a los hijos y después todos los hijos tuvieron circo. Circo Criollo es circo y teatro, ¿vos sabías? -pregunta, y desafía el hombre, siempre encorvándose hacia adelante y mirando fijo a los ojos de su interlocutor. Entonces explica aquello de que el circo criollo es la mezcla de circo y teatro. Y se queja, y dice que no se trata solo de pantomima: que son obras de teatro, comedia y sainetes. Que abarca todo el espectro teatral.

La gente está confundida -rezonga-. Nadie lo explica y nadie nos da el mérito. Ahora tuvimos el premio de la Legislatura, pero sino es como que no existiera el circo en la Argentina, y está antes que el teatro argentino -reivindica.

Entre los años 1940 y fines de los ’60, Jorge y Oscar vivieron en Circos, en ocasiones trabajando en circos propios de la familia y en otras, contratados por otros Circos -escribe en otro tramo de su libro Infantino-. Realizaban distintas especialidades y destrezas y actuaban en las obras teatrales, primero en papeles sencillos y a medida que crecían, en roles más complejos, con más letra. Jorge se especializó en acrobacia y malabares y Oscar en acrobacias y equilibrios. Así, recorrieron el país y se convirtieron en artistas internacionales contratados por circos con los que trabajaron en diversos países Latinoamericanos: Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Brasil, Paraguay, Uruguay.

-Yo nací en Beruti, partido de Trenque Lauquén, en 1940. En La Pampa, donde relincha el peludo, donde había una vieja, con una tremenda flor en el… -dice, pero se frena y redobla el chiste, la apuesta del payaso-. La Pampa tiene el ombú, la Cordillera, los Andes, que culo tendrá el avestruz, que pone los huevos tan grandes! –recita y se mata de risa solo.

Jorge saca a relucir el payaso performer que lleva adentro. Ya en los últimos años, cuando el cuero no le daba tanto para los malabares y las acrobacias, peló su veta payasesca, igual que su padre, quien -dice- murió en el circo.

-Fuimos muy felices, yo recuerdo todo como si fuera ayer. Oscar tiene 78, yo ya me voy a los 80. Ya cagamos ya. Pero logré todo lo que yo quería. ¡Olga! ¿Me alcanzás el álbum?

Y ahí viene Olga con una carpeta de folios que rebasa de fotos y hasta viejos borderós. A través de esas imágenes desordenadas, Jorge intentará hilvanar, de manera caótica también, su historia, la de su hermano, la historia del circo y la familia. Abre el álbum.

-¿Viste? porque todos dicen, yo trabajo de chico. ¡A ver, mostrame!

Y comienza entonces a deslizar los folios. Ahí está con su padre, su hermano, en el viejo circo de lienzo blanco.

-Se pudría con la lluvia. Duraba un año y pico y había que hacer otra. Iba plantada, con pozo. No como ahora que se clava con estaca.

En otro foto se lo ve posando orgulloso y la mirada altiva, con una malla y capa al estilo de Superman. La foto es en blanco y negro pero la capa y la malla están pintadas de rojo. Tendría unos diez años -asegura- y así era como entraba a la pista antes de subirse al trapecio.

-Y este es mi hermano. Mirá, ¿Qué ves ahi? Es un farol, una raqueta. El está en la punta de la raqueta, parado con una mano, con un brazo. En las piernas tiene una pelota grande, en la boca otra pelota chica -Y muestra una más-. Mirá mi hermano parado en un dedo, sobre una lámpara.

Los Videla trabajaron durante más de siete décadas en circo. También llevaron sus destrezas a la televisión y al cine.

¿Cuánto se tarda en aprender a hacer eso? ¿Se aprende? ¿Es fuerza, o maña?

-No tengo idea. Un año, dos años, según las habilidades del alumno. Hay que saber trabar el dedo, hay que saber hacer la vertical en un centímetro. No lo hace cualquiera. Mi hermano dejó de hacer esto y no pudo hacerlo nadie más.

Los Videla trajinaron sesenta y cinco años con el circo Videla Hermanos, según las cuentas de Jorge. Luego vendría la decadencia de los circos tradicionales, frente a la televisión sobre todo y otras formas de entretenimiento.

-Fuimos empleados de Canal 11, Canal 13. Fuimos los pioneros de la televisión. Ya no convenía el negocio (del circo). El ultimo fue en el ’65, andábamos por acá, por la provincia de Buenos Aires.

Jorge desliza las páginas del álbum donde se los ve en televisión, en teatros y hasta en cine, donde protagonizaron una versión del Moreira. Hay una foto a todo color, que se destaca en las que se lo ve junto a los próceres de la revista porteña: Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Susana Gimenez.

Ya en 1967 comenzaron a trabajar en televisión con El circo de Marrone y luego con Carlitos Balá. También hicieron Teatro y Revista, entre el Di Tella, el San Martín, el Teatro Astros. Los contrataban como bailarines y acróbatas pero después se daban cuenta que también sabían actuar, con un estilo realista y con un gran despliegue corporal en escena -escribe Infantino en otro tramo del libro-. Y claramente, cómo no iban a saber actuar si se habían formado en Circos Criollos que llegaban a tener un repertorio de alrededor de 50 obras, que iban intercalando durante sus estadías en los distintos pueblos en los que actuaban y que abarcaban todos los géneros, del gauchesco al sainete y de la comedia al drama.

-Todos los canales tenían espectáculos. No solo de circo: de teatro, de danza, de baile. Ahora es una mierda la televisión. Es una re mierda.

-¿Hasta cuando hicieron televisión?

-Hasta que nos dió el cuerpo. Todos los canales tenían una o dos orquestas. También programa musicales, de teatro. El circo es mi vida, la de mi padre, no hay nada en la vida mejor. Yo hice diez años con Porcel y Olmedo, la revista del Teatro Astros. En el teatro son todos amigos, pero terminó la función y cada uno se va para otro lado. No se saludan los actores. En el circo viven todo el día, ves crecer al hijo de tu vecino, tu compañero, ves crecer a los chicos. Es una vida hermosa -dice mientras sigue hojeando las fotos.

-Mirá acá, con Guy Williams (El protagonista del El Zorro). Están todos muertos. Todos muertos menos yo.