“Tengo una gran angustia. Muchos dicen que Caruso está loco, que es un bocón... pero nadie dice que estoy diciendo la posta”. Textual de Ricardo Caruso Lombardi en un desahogo, al confirmar en Radio La Red que renunciaba al cargo como entrenador de Belgrano.

Y no se puede calificar de sorpresivo, porque el verborrágico entrenador ya lo había preanunciando. Desde el bochorno de aquel partido con Barracas Central, que el propio Caruso predijo, avisó que si recibía más de cuatro fechas por su expulsión daría un paso al costado.

Toda esa salva de declaraciones de grueso calibre, no hicieron mella en una sospechada estructura dirigencial de AFA, porque hay arbitrajes que continúan siendo escandalosos, por no decir obsenos, y un equipo limitadísimo como Barracas Central está siendo llevado de la mano a los primeros planos. Con impunidad casi absoluta.

Pero toda esa cruzada de Caruso dejó expuesto a Belgrano y a una comisión directiva que no se carecteriza por ser combativa (a contrapunto del entrenador), y menos ahora con pie y medio afuera por las elecciones ya próximas. “Doy un paso al costado para no perjudicar al club”, resumió el DT. Por el calibre de sus dichos y por no poder conducirlo desde el banco.

Captando al vuelo también el resquemor entre los directivos de que puedan caer encima más represalias en un corto plazo. Leáse la “final” en San Juan, donde este domingo el Pirata sostendrá un duelo crucial por la clasificación contra San Martín, otro de los “amigos del poder”, según describió Caruso con su filoso estilo.

Se va Caruso, un técnico que conoce demasiado el juego y sus trasfondos. Que denunció las estructuras más altas del fútbol, desde aquella parodia de sorteo de la Primera Nacional, y a la vez alertó sobre el favoritismo para ciertos clubes como Barracas (el equipo de Claudio Tapia, para algún desprevenido) y de que es un “rehén” por una expulsión que considera injusta y por la cual aún no recibió sanción firme. Más allá de que lo sacó del banco en la definición del torneo. Lo sacó de escena.

Para muchos abrió el paraguas de antemano. Para no pocos, es un “bocón” cómo el mismo se define. La decisión de Caruso Lombardi, en definitiva, aumenta la sensación de que no hay vacunas a la vista para este fútbol enfermo en tiempos de pandemia. Porque si es verdad que dice “la posta”, la impunidad es incurable.