Con un nuevo relato para Vía Concordia, la joven escritora nos vuelve a emocionar con las imágenes visuales creadas con sus palabras.


DÍA 7 

Mamá puso un respaldo sobre la cama, de esos antiguos. Lo pinto de blanco, es de hierro o algo por el estilo, metal. La única herencia que decidió quedarse del divorcio, eran de mi abuela paterna. Tengo un chichón en la frente, el respaldo cayó en mi cabeza mientras dormía. Todavía no fui a fijarme si sangra, pero si sangrara ya me hubiese dado cuenta, la sangre tiene gusto. Te entra por la nariz por la boca, siempre entra. Igual intento dormir, cierro los ojos. Hay tanto viento en la casa de mamá que parece que estoy en el mar. El silencio, el ruido de las hojas y los árboles yéndose de un lado a otro es casi el mismo sonido que el de un mar. Ya casi no pasan autos por la ruta, puedo sentir como desde el piso de arriba todo está tranquilo, suele temblar por los camiones. Pero ahora todo parece mar. Un mar dulce que sube.

Para volver a dormir intento pensar en imágenes lindas como si pudiese apretar un fondo de pantalla. Elijo entre el montón una salida a merendar con mamá. Ver la carta y elegir algo con nombre raro, una torta cubierta de chocolate, jugos verdes y violetas, pero cuando llega la bandeja automáticamente nos dan ganas de comer lo de la mesa de al lado. Siempre le erramos, hacemos combinaciones raras que después no sabemos cómo o cuánto comer. Las mesas de al lado parecen tan lógicas, tan completas, tan ricas. Quiero ser la mesa de al lado.

Para volver a dormir intento pensar en imágenes lindas como si pudiese apretar un fondo de pantalla.

Me hubiese gustado que mamá haya elegido la biblioteca que estaba en nuestro cuarto, era alta y ponía las muñecas en los estantes. En el de más arriba un frasco, con todos mis ahorros. Monedas y billetes de dos pesos que me daba el abuelo cada vez que iba a su casa. Alfajores Bagley blancos y negros que la abuela compraba, esos que venían por caja de a seis y tenían semillitas arriba, nueces, almendras trituradas. Siempre es momento para un alfajor, decía la abuela, que lindo eso. Yo quería la biblioteca, mamá, tenía una maderita escondida como si al propio mueble le saliera un brazo de repuesto y ahí en ese brazo escribía cartas de amor, largas canciones para los chicos de los que me enamoraba.

No creo que tenga miedo al chichón de mi cabeza creo que tengo miedo a que las cosas sigan pasando y yo no poder hacer nada con eso. Quiero tener el super poder de recordarlo todo. Así puedo justificar, demostrar que algún día fui feliz. Quiero que con eso alcance, tener el certificado de vacunas que me puse a los seis años para entrar a la escuela, que siga sirviendo la BCG, la de la varicela, mira acá esta, yo la tuve. Y recordar como el álbum de fotos que tenía mi abuela, en donde todos éramos felices. Había construido apartados para cada nieto y en algunos la felicidad era más notoria que para otros, pero era un adjetivo que teníamos en común cuando lo sacaba del mueblecito del living y lo ponía sobre su falda.

¿Vos qué pensarías abuela sobre este ruido? ¿Te acordarías del mar? O pensarías en el río, dirías que deje de fantasear. Es solo el viento sur, se nota por las chapas, pero no, estoy segura que coincidirás conmigo. En una de tus siestas, esas que te dabas el lujo después de almorzar y comer la fruta religiosa de postre. Esto es ruido a mar mi santa, dirías, descubriste un mar debajo de nuestra casa.




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