Como cada semana, la joven escritora concordiense nos invita a compartir un nuevo relato con recuerdos de infancia, experiencias y aventuras convertidas en tesoros.


DÍA 6

La primera bici que tuve la heredé de mi primo Tomás, como heredé también sus buzos y los pantalones que mandábamos a la modista. A mi mamá le encantaba poner pitucones en los jeans, en los pantalones de corderoy, en todos lados. Después de los seis al fin tuve mi primera bici que era una azul más chiquita que la de mi hermana, que era roja y no llegaba a tocar los pedales. Mamá era la que más salía a andar en bici, a mí solo me dejaban dar vueltas manzanas o ir hasta lo de Craco que era el almacén del barrio. La dejaba afuera mientras compraba chipa o bizcochitos, después volvía tambaleándome con el manubrio y las bolsas agarradas entre los dedos.

La de color bordo era de papá, siempre estaba como dormida en el garaje, no la usaba nunca y yo tenía miedo que la termine comiendo una telaraña y chau bici de papá. Intenté subirme muchas veces, al menos para darle una vuelta en el jardín y que no se aburra de pasar tanto tiempo sola pero no había caso, la bici de papá tenía el caño recto y era muy difícil subir y bajar con ese caño entre las piernas. Capaz por eso papá nunca se subía.

Una parte mía sigue siendo nena cuando me subo a una bici.

Ya no sé dónde están todas las bicis que antes teníamos. Quiero decir, no murieron, porque los objetos son de esa clase de seres que se vuelven casi eternos. Nuestras bicis estarán en alguna parte pero no sé dónde y eso también debe ser una forma de morir.

Las bicis que tenemos en la casa nueva, no son mías. El otro día me quedé mirando la verde que está atada con candado al lado de la moto pero nada. No es como el recuerdo que tengo con la bici azul que brillaba al sol y me hacía ir rapidísimo. Igual respiré hondo y como el día estaba lindo le saqué el candado y me subí. Anduve por el barrio nuevo que es todo de color verde y está pegado a la ruta.

Siempre quise que me compraran un caballo y saltar como lo hacía mi abuelo José pero cuando abría los ojos en navidad nunca había un caballo al lado del arbolito. Recién en la navidad número siete apareció algo más grande que los juguetes de la Doctora Juliana y Juliana cocina. Envuelta en papel de regalo estaba la bici azul. Papá dijo que no era un caballo pero que igual podía ir a donde quisiese con ella. No sé si extraño más la idea de tener un caballo o a mi bici azul que me hicieron regalar porque me empezaba a quedar chica y no tenía sentido insistir con un cuerpo semejante, había dicho mamá cuando cumplí los doce. Ahí volví con el tema de la herencia, me tocó la que era de mi hermana. La roja, que si bien no era alta como la de papá, a mi cuerpo le quedaba cómoda.

Me estudiaba los poemas que nos daban en la escuela mientras daba una y otra vueltas en bici, esa era mi manera de memorizar. Siempre me gustó pensar en movimiento, como si mis pies necesitaran ir hacia un lugar para llevar el pensamiento. Todas estas cosas las recuerdo mientras pedaleo. Una parte mía sigue siendo nena cuando me subo a una bici. No importa que bici sea o cuales de los recuerdos sean reales. No sé si puedo confiar en mí de tal modo, pero ¿cómo uno podría juzgar sus propios recuerdos? Cada vez que el viento me pega en la cara siento que los años se hacen chiquitos y puedo volver a ese garaje e intentar que a la bici de papá no se la coma una araña mientras le saco la mugre con un trapito amarillo.

Me pregunto si todavía se seguirán vendiendo pitucones en la tienda Modernell.




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