Se trata de la historia de Mariana Moreno. Junto a otras madres, piden por una ley de identidad para bebés fallecidos.


Cuando cumplió el noveno mes de embarazo, Mariana Moreno era una futura mamá que esperaba el día del parto con la ansiedad lógica. Ya tenía cuatro de dilatación y le dijeron que vuelva a su casa para regresar al hospital porteño Durand -en un principio, iba a ser en otra clínica- para recibir a su hijo Joaquín. Faltaban 20 días para le fecha probable de parto, pero se adelantó y fue el 2 de abril. De repente, el panorama pasó de claro a oscuro cuando el equipo médico le informó que no había latido y que el bebé había fallecido adentro del vientre. Pero Mariana recibió el golpe final al recibir una fotocopia del certificado de defunción con su nombre: su hijo fue declarado como NN.

“Estaba con cuatro de dilatación, me hicieron irme con mi nena de cinco años. Habíamos quedado que nos veíamos tipo 17, la partera me dijo que se comunicaba con el equipo para recibirme”, dice Mariana.

La historia de Mariana Moreno y su bebé Joaquín.

“Cuando lo osculta en la sala de parto, el latido no se encontraba; a los 10 minutos, escucharon un latido muy bajo. Me decían ‘va a empezar a sonar’, la partera me empezó a tomar el pulso. En ese momento, comenzó el momento de desesperación, los médicos no sabían que decirnos. Nos explicaron que en las muertes que son intrauterinas no pueden hacer nada”, relata la madre del barrio porteño de Parque Chacabuco.

Aunque parezca insólito, los médicos le explicaron a Mariana que es probable que se hayan confundido los latidos del bebé con los de ella. “Los jefes de obstetricia me dijeron que lo que pudo haber pasado es que el ritmo cardíaco de un bebé ronda los 140 latidos y los de una mama taquicárdica van de 110 a 160 en un rango similar”, cuenta.

En la sala de parto, les dijeron que se trataba de un desprendimiento de placenta que causó asfixia intrauterina, motivo por el que falleció Joaquín y que fue confirmado más tarde por la autopsia.

Mariana se tatuó el nombre de su bebé Joaquín.

Parecía que lo peor ya había pasado. Luego de la cesárea de urgencia, Mariana se despertó con Joaquín en brazos, lo besó como nunca a nadie y a los pocos minutos se lo arrebataron de sus manos. Su hijo pasó a ser una cuestión administrativa. ¿Por qué? Es que a las pocas horas recibió un certificado de defunción con una particular descripción: feto masculino NN, acompañado por el nombre de la madre.

No lo consideran una persona, tiene que dar un suspiro afuera del vientre. El corazón le latió durante nueve meses. No necesitas hacer ningún tipo de tramite sobre un feto muerto. Me están diciendo que mi hijo no existió y yo arme una vida en base a eso: le compre la cuna, la ropa y, de pronto, te cambia el panorama”, dice ella con la voz quebrada.

Junto a su marido Gastón, no se dejaron invadir por el sentimentalismo -justificado- y reaccionaron. Ni tener que reconocer a su hijito en condiciones paupérrimas, hizo que se quedaran de brazos cruzados. Todo ese dolor lo convirtieron en lucha para que el caso de Joaquín no sea uno más.

Es por eso que junto a la fundación “Era en abril” presentaron un proyecto de ley de identidad para bebés fallecidos, que primero fue rechazado en el Congreso y luego cajoneado. Desde el ámbito legislativo sugirieron que se reconozca la identidad del bebé desde la semana 20 (si pesa menos de 550 gramos, va a desechos patológicos).

Las madres presentaron una contrapropuesta al reclamar que la identidad del bebé sea reconocida desde la concepción, con el fin de que ninguna familia tenga que ver plasmado el NN en un papel y que los certificados de defunción sean a nombre de los hijos y no de las madres. Pero fue rechazada.

Las cenizas de Joaquín descansan en la parroquia Santa María, que recibe la visita de Mariana los 2 de cada mes. Mientras tanto, el pedido de justicia por los no nacidos sigue en pie.






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