Existen varias versiones sobre el origen de la relación entre Isabel Perón y José López Rega. Pero lo cierto es que ese vínculo se forjó cuando, durante la presidencia de Arturo Illia, ella fue enviada por su marido Juan Domingo Perón -desde su exilio en España- para organizar una reunión en la casa del mayor Bernardo Alberte, delegado de Perón y promotor de varios de los movimientos de la izquierda peronista. En ese entonces, se consolidó una relación repleta de misterios.

Pese a cualquier interpretación, había algo concreto: López Rega se había ganado la confianza de “Isabelita”. Es por eso que “Lopecito”, como le decía Perón en la intimidad, se mudó a España, donde ejerció como custodio y luego como secretario privado del matrimonio. Incluso, se instaló en el chalet 17 de Octubre del barrio de Puerta de Hierro, en Madrid, junto a Isabel Perón y a Juan Domingo, ejerciendo una notable influencia sobre ambos.

José López Rega, junto a Juan Domingo e Isabel Perón. (Archivo)

Tras las elecciones de 1973, en las que triunfó Héctor Cámpora, López Rega fue enviado para ocupar la cartera de Bienestar Social.

Luego, debido a esa confianza que se había ganado, López Rega fue como una especie de presidente de la Nación en las sombras a partir de 1974, teniendo en cuenta los vacilantes 20 meses de gobierno de Isabel Perón, marcado por su incapacidad y debilidad, por la crisis económica y por la violenta presión militar. En ese entonces, le fue confiada la dirección de todas las secretarías bajo la órbita de la Presidencia.

Pero hubo una afición común que también fue protagonista de la relación entre Isabel y López Rega: el espiritismo.

El factor del esperitismo

López Rega tenía debilidad por la astrología, el espiritismo, la magia y el poder de los diferentes zodíacos; de hecho, uno de sus apodos era “El Brujo”. Es que aseguraba que el movimiento de los astros -antes que la política- era preponderante en los cambios sociales e incluso pensaba que la suerte política del peronismo en aquellos tiempos estaba marcada por la alineación de los astros, los colores zodiacales, las horas planetarias y el conocimiento vibratorio de las energías.

Esa fascinación era tal que llegó a decirle al periodista y escritor Tomás Eloy Martínez que en realidad Perón había muerto en 1966 o 1967 y que él lo mantenía con vida para que volviera a ser presidente.

José López Rega fue casi el presidente durante el inestable gobierno de Isabel Perón. (AP)

“Lopecito”, quien era policía, se retiró de la Federal el 2 de abril de 1962 (después del derrocamiento de Arturo Frondizi) y viajó a Brasil donde mantuvo contactos con la macumba, el umbanda y el candomblé. Luego, le transmitió esa pasión a Isabel.

El cadáver de Evita

Luego de que el cuerpo de Evita Perón fuera secuestrado por los golpistas que derrocaron al general en 1955, el cadáver terminó en la mansión de Puerta de Hierro, tras un paso previo por Italia. Ya en Madrid, según el periodista e historiador Marcelo Larraquy, López Rega fue instigador de oscuras ceremonias con la momia de Evita.

Isabelita ayudó a cambiarle la ropa al cadáver -de Evita- y a colocarla en una mesa cubierta con una sábana blanca ubicada en el primer piso… López Rega insistía a Isabel que la presencia del cadáver la ayudaría a afirmar su personalidad, para que pudiera valerse por sí sola cuando el general Perón no estuviera. Ésa era la misión que él se había impuesto desde que la conoció en 1965: lograr que Isabel tuviera una personalidad avasalladora, como la de Evita. Para que Isabel adquiriera el espíritu de Evita… debía desconectarse de la persona que era, dejar de ser ella misma, y ese vacío sería ocupado por el espíritu de Eva. Ella iba a apoderarse de su cuerpo, obraría a través suyo y guiaría sus acciones”, describe Larraquy en el libro “López Rega: el peronismo y la Triple A”.

Juan Domingo Perón, José López Rega, Isabel Perón y Héctor Cámpora en Puerta de Hierro, en Madrid. (Archivo)

“López Rega comenzó a realizar los ejercicios de transferencia del espíritu. Subían a la habitación, Isabel se acostaba sobre una larga mesa, cabeza a cabeza con Eva, y el secretario iniciaba los pases mágicos...”, cuenta.

Además, López Rega le pedía a “Isabelita” -siempre según el periodista- que imitara el peinado de Evita y ella creía: “Isabel podía encontrar en su secretario a un mago que, con el dominio de las fuerzas ocultas y su inspiración divina, podría protegerla espiritualmente y ayudarla a controlar todo lo que para ella resultaba incontrolable: su ansiedad, su inseguridad y, sobre todo, al hombre que tenía a su lado”.